Opinión

Vino suelto

Una historia de los noventa cuando se vendía vino suelto en un barrio tucumano. De las damajuanas envenenadas del menemismo a la actualidad de una clase media que por ahora descorcha sin nada que festejar. Por Exequiel Svetliza.

24 Feb 2024 - 16:13

Reynaldo era el carpintero del barrio. Reynaldo era pobre y alcohólico. La discusión acerca de qué ocurrió primero es ingrata y también ideológica: si fue el alcohol aquello que lo condenó a la pobreza o si tantas carencias lo arrojaron a la bebida. Soy de los que creen que, cuando la realidad se vuelve un cúmulo de miserias, evadirla es un acto de supervivencia. Y también la más poética y accesible de las justicias. No olvido que al padre de Horacio Guaraní, un sacrificado hachero del monte, el vino le devolvía el canto los domingos. No olvido tampoco que Reynaldo era un borracho noble y que, en nuestra mirada adolescente y clasemediera, hubo una vez que lo creímos ladrón. O acaso algo peor: un cheto. 

A fines de los noventa, todavía a nadie se le había ocurrido llamar a ese vértice de Villa 9 de Julio donde crecí con el eufemismo aspiracional de “Extensión Barrio Norte”. Quizás en el auténtico Barrio Norte se tomaba vino en botella. Para nosotros era toda una extrañeza, habituados como estábamos al tetrabrik más económico que ofrecían los almacenes donde siempre se podía recurrir al fiado y, en casos más urgentes, hasta al empeño de algún objeto de valor. Lo más lujoso que conocimos por aquellos años en materia enológica fueron los Uvita que ya venían terciados. La santísima trinidad del escabio en cajita: Uvita Fiesta, Uvita Sangría y Uvita Clericó. 

Esa vez, desde uno de los bancos de la placita, lo vimos venir a Reynaldo: las ropas gastadas, el paso desgarbado, el cuerpo magro, la piel oscurecida y ajada como una pasa. Caminaba con una botella de vino en la mano como quien carga un botín preciado. Primero fue el prejuicio y la maledicencia de preguntarnos de dónde se la había robado. Después fue gritarle con sorna que se había vuelto demasiado cheto (para nosotros ser cheto era una especie de insulto, aunque entonces no conocíamos a ninguno). Nos devolvió una sonrisa franca y nos dijo: “Vengo de cargarla”. Era noble Reynaldo; un alma noble que vagaba en una era desalmada.  

Cuando cuento que en el barrio vendían vino suelto en los noventa todos creen que es un mito; una especie de relato macondístico que me inventé. Pero recuerdo haber visto a un par de cuadras de mi casa la pizarra negra que anunciaba con tiza la cotización del litro como en una estación de servicio. Tal vez lo que más sorprendía de la historia del vino suelto es que hubiera quien se animara a tomarlo después de lo que había ocurrido en febrero de 1993. En aquellos tiempos del primer menemato 29 personas murieron tras beber las damajuanas de los vinos “Soy Cuyano” y “Mansero”. La bebida había sido estirada con alcohol de quemar en una proporción 200 veces superior a la permitida. Muchos de los que lograron salvarse de la ingesta tóxica se quedaron ciegos. 

Allanamiento de la bodega sanjuanina de los vinos “Soy Cuyano” y “Mansero”.

Tal vez, Reynaldo nunca leyó esa noticia. Tal vez, conocía la historia, pero simplemente no encontró otra alternativa para refugiarse de una realidad que le era hostil. Aquel día que lo vimos con la botella ni siquiera le había alcanzado para enterar un litro de vino suelto. 

Tal vez, Ezequiel Curaba, el joven de 21 años que murió días atrás en Rosario tras haberse electrocutado intentando robar cables para vender el cobre, tampoco encontró otra salida. Sin embargo, para los infames que salieron a celebrar su muerte en las redes, se trató de un acto de justicia. 

La autoestima de cierto sector de la clase media argentina parece tan desmesurada y autocomplaciente que, sin importar lo deteriorada que se encuentren sus condiciones reales de existencia, cree que nunca le va a tocar. No va a comprar vino suelto en su afán de conservar la ficción del buen gusto, aunque se muera de sed. Ni va a caer en la tentación de salir a robar cobre para mantener en alto aquella vieja bandera de una pobreza honrada, aunque sienta el dolor del hambre. Sin dudas, una muestra de fe. 

Quizás a nadie le llamó demasiado la atención cuando, de un tiempo a esta parte, comenzaron a proliferar los comercios dedicados a la venta de productos de limpieza genéricos. En esos locales, uno va, lleva su bidón vacío y vuelve con otro lleno de jabón o suavizante para la ropa a un cuarto del precio que pagaría por el mismo producto de una marca reconocible en el supermercado. De las primeras a las segundas marcas, de las segundas a las terceras y, por último, a comprar suelto como paso previo a no poder hacerlo, es el periplo que indica la caída en espiral de los consumos de la clase media en momentos de crisis. Cada quién sabrá cuál círculo habita en ese infierno por estos días. 

Aunque no tengan demasiado que festejar o se limiten a la cruel celebración de desgracias -sólo por ahora- ajenas, los miembros de la resilente clase media –lo que queda de ella- siguen llenando sus copas después del sonido inigualable que produce un corcho al salir de la botella. Me pregunto hasta cuándo y me pregunto también cuántos de ellos tendrán la nobleza de Reynaldo, quien no habría puesto reparos en compartir su vino, por escaso y barato y sospechoso que fuera. 

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