Una historia de las secuelas del menemismo que revive con el anunciado regreso de los tickets canasta y el intento de imponer una nueva forma de esclavismo feudal. Por Exequiel Svetliza.
En los albores del 2000 un discman era todo un portento de la tecnología. Había llegado para reemplazar a los antiguos walkmans a cassette, hasta entonces, el artefacto portátil más cómodo para escuchar música -y eso que algunos pesaban como un ladrillo-, y marcó el salto copernicano del mundo analógico al digital. El pequeño reproductor de CDs era un chiche aspiracional para cualquier joven tucumano de clase media. El primero que tuve y todavía conservo es un Aiwa plateado con antishock (el sistema que evitaba que los discos saltaran). Se lo compré por un precio ridículo a Fósforo, un chango de mi misma generación con problemas de adicción. En su desesperación, me aceptó unos cuantos tickets canasta. Era la borra del menemismo y la antesala del estallido del 2001: un tiempo de hundidos y salvados; de cuasimonedas, oportunistas, garcas y gente rota. Una distopía del pasado con pulsión cíclica de presente.
En aquellos años, en el barrio había un mercado clandestino donde circulaban los más diversos bienes: una camisa John L Cook original, unas zapatillas Adidas Superstar chalucas, la remera negra de alguna banda de rock del momento, los VHS de películas porno que nunca habían sido devueltas al videoclub, alguna bicicleta BMX repintada, una guitarra criolla sin cuerdas, el cargador o el joystick de un Family Game y hasta ciclomotores cansados o flojos de papeles. Algunas cosas habían sido robadas (preferentemente, en barrios vecinos) y otras habían perdido cualquier rastro de su propiedad original como consecuencia de un extenso pasamanos. La regla tácita indicaba que, si el objeto había sido prestado a una persona y, a su vez, esta persona lo había prestado, transado u vendido a otra, el dueño ya no tenía derecho a reclamarlo como propio. Entre los jóvenes y adolescentes del barrio esta forma de comercio no estaba mal vista porque, la mayoría de las veces, era la única manera en que estos hijos sanos de la clase media castigada podían acceder a esos bienes.
El discman que me vendió Fósforo no era afanado. Tenía esa certeza porque él venía de una familia de clase media acomodada que había gozado de las mieles de la convertibilidad: ropa de marca, juguetes importados, artefactos electrónicos recién lanzados al mercado, viajes a Disney y todo el seductor espejismo de consumo que ofrecía el capitalismo menemista. A él le habían podido comprar aquel discman que había salido a rematar al primer postor para poder pegar un bagullo, una piedra o una bolsa. Yo vi mi oportunidad, acaso la única, y la aproveché. No tenía la plata para comprarme el Aiwa plateado reluciente, casi sin uso, apenas unos cuantos de esos papeles imposibles de calificar como moneda. Era lo que había.
De todas las cuasimonedas que circularon en aquellos años (los Bocade autóctonos, los Patacones y los Lecop, entre otros), el ticket canasta era la más trucha y, por lejos, la más oprobiosa. De hecho, ni siquiera calificaba como tal. Los motivos son varios: no la emitía ningún Estado (nacional ni provincial), sino las empresas. Por su diseño y la calidad del papel en que estaba impresa ni siquiera se esforzaba en parecerse al dinero. Tenía cierta anacrónica y cruel reminiscencia a los vales con que los ingenios azucareros de la provincia les pagaban a los obreros del surco hasta mediados del siglo XX. No podía ser cambiada por plata más o menos de verdad sin sufrir un fuerte desagio y siempre debía ser utilizada por su monto total (siempre y cuando el comercio lo aceptara al 100% de su valor). No sé de dónde los sacaba ni quién le pagaba con esos papeles, pero mi viejo solía darnos a mí y a mi hermano esos tickets canasta con los que compré el discman. Era lo que tenía, era lo que había y era mejor que nada.
Como la sombra terrible de Carlos Saúl. Como la figura otrora cautivante de Yuyito González o la catadura siempre sospechosa de Tata Yofre. Como las privatizaciones, los despidos y la flexibilización laboral de los noventa; los antiguos y nunca bien ponderados tickets canasta ahora también piden pista para volver de la mano de otro viejo conocido: Federico Sturzenegger. Según adelantaron distintos medios nacionales en los últimos días, el flamante ministro de Desregulación del Estado del gobierno de Javier Milei aspira a implementar una reforma laboral todavía más profunda a la ya implantada por la famosa Ley Bases de su autoría. Entre los puntos más relevantes de la nueva legislación que vislumbra el desregulador serial, se destacan la posibilidad de ampliar la jornada de trabajo a doce horas diarias y el mentado regreso de los tickets de comida tras 17 años de ausencia en el mercado laboral argentino.
Ningún trabajador que los haya conocido en aquellos años en que supieron poblar la cartera de la dama y la billetera del caballero extraña los tickets canasta, principalmente, porque estaban contabilizados dentro de la suma total de los salarios, pero no eran remunerativos ¿Qué quiere decir esto? Se trataba de montos que eran incorporados a los sueldos, pero que no eran tenidos en cuenta por el empleador a la hora calcular aguinaldos, indemnizaciones, horas extra ni vacaciones. Además, sobre su valor no se descontaban aportes para la jubilación, sindicato ni obra social, por lo que generaron pérdidas millonarias en materia de seguridad social. Se estima que, durante los años en que se implementaron como forma de pago (bajo el paraguas legal del artículo 103 bis de la ley de Contrato de Trabajo), los trabajadores, sus organizaciones sindicales y las obras sociales perdieron alrededor de 21.000.000.000 de dólares.
Quienes seguramente extrañan los tickets más que santiagueño su pago son los empresarios para quienes su incorporación al salario de los trabajadores les implicaba una ganancia de 4.000.000.000 de pesos anuales; lo que se dice una moneda.
La utilización de los tickets fue derogada en 2007 por el Congreso nacional a instancias de un proyecto de ley presentado por el diputado justicialista Héctor Recalde. En esa oportunidad, el legislador denunció un intento de soborno de parte de grupos empresarios que intentaban frenar la votación y el hecho fue captado por una cámara oculta. Gracias a la eliminación de los tickets de comida y su incorporación como parte remunerativa del salario de los trabajadores, entre 2008 y el primer semestre de 2015 la seguridad social, sus obras sociales y sindicatos, acumularon alrededor de 50.766.000.000 pesos.
De la promesa de dolarización de la economía argentina, mascarón de proa de la campaña que llevó a Milei a la presidencia, al plan de incorporar los tickets de comida para el pago de los sueldos en apenas siete meses de mandato. La deriva decadente del gobierno nacional no sólo revela su confesa devoción por la doctrina menemista y la absoluta sumisión a los designios empresariales, sino que también desnuda una filosofía económica muchísimo más arcaica aún que nos retrotrae a las formas más primitivas del capitalismo. En otras palabras: el actual gobierno proyecta un país donde los trabajadores cumplan con jornadas laborales de doce horas, a los que se les pague parte de sus sueldos en tickets (que luego seguramente serán canjeados en comercios de las propias empresas que los emiten) y que puedan jubilarse recién al cumplir los 75 años, mientras los sectores económicos más concentrados se vuelven cada vez más ricos a costa de ese sacrificio; algo así como un neo esclavismo feudal. Aunque haya algunos que todavía no la ven, es más que evidente quiénes son los hundidos y quiénes los salvados de la era libertaria.
“¿Quién lo estará llorando?”, nos preguntábamos de manera jocosa en aquellos años juveniles cada vez que alguien se aparecía en el barrio con algún objeto de dudosa procedencia y ajeno por completo a sus posibilidades económicas. Cada vez que recuerdo cómo obtuve aquel discman no puedo más que sentir bastante vergüenza propia. En términos maradonianos: le tomé la leche al gato; me aproveché de la urgencia de alguien que estaba en una situación de vulnerabilidad para obtener un beneficio personal. A escala, el método no es muy distinto a la estrategia que usó Milei en su ascenso a la presidencia: usufructuar el desencanto de una época signada por trabajadores pobres cuyos sueldos no alcanzaban a cubrir sus expectativas de vida; aprovecharse de los más rotos del sistema para venderles la ilusión de una utopía capitalista que cada día se revela más fraudulenta. A otra escala, quizás lo mismo que hacen los encumbrados agentes del poder económico -para variar, los únicos ganadores en esta farsa- con el propio Milei -el más roto de todos los rotos- al sacar el mayor provecho posible de la idolatría que el líder libertario les profesa.
Entonces yo tampoco la vi y tardé largos años en darme cuenta de lo que el menemismo y sus secuelas –económicas, culturales, filosóficas- hicieron con aquellas generaciones prolíficas en gente rota, oportunistas y garcas dispuestos a todo con tal de mantenerse a flote. Habrá quiénes crean que son apenas las leyes del mercado haciendo lo suyo; jugando aquel viejo juego de la oferta y la demanda. El problema es el precio que estamos dispuestos a pagar y cómo lo hacemos. Ya lo dijo el poeta Vicente Luy: “¿Venderle el alma al diablo? Sí, pero cara”.