Jubilados que no llegan a fin de mes en tiempos donde la crueldad estatal se ha vuelto moneda corriente. Las claves para leer el presente y el futuro en el prodigioso regreso de Charly García. Por Exequiel Svetliza.
Foto de @tomifcuesta
Un policía atropella con su moto a una jubilada en los alrededores del Congreso. Otro oficial gasea en el rostro a una niña de diez años que se encuentra en el suelo junto a su mamá. Una tropa de gendarmes avanza por las calles sin escatimar tiros ni palos a quienes se interponen en su camino. Esas son apenas algunas de las escenas de violencia y represión que se repitieron el miércoles, tras la sesión legislativa donde se avaló el veto presidencial a la reforma jubilatoria. Y ya son postales de una era que encuentra en la crueldad estatal y en el relato sacrificial del gobierno libertario sus principales marcas distintivas. Para verlas (para verla), basta con encender el televisor; tal como relata una vieja canción punk que parece resistir el paso del tiempo: “Prendo la tele/Y lo único que veo/A los jubilados, peleando sus derechos…”. Novedades demasiado anacrónicas que vuelven a ser primicia tres décadas después. Recetas antiguas de ajustes pasados, canciones que no envejecen y viejos que no llegan a fin de mes.
El miércoles afuera del Congreso, mientras las fuerzas de seguridad preparaban su panic show, un jubilado contaba mordiéndose las lágrimas que no había podido comprarse un alfajor de $1500. “¿A vos te parece llegar a los 80 años para tener que privarme de una pavada?”, se preguntaba ante las cámaras. Otro octogenario armado sólo de su bastón en la primera línea que hacía frente a los escudos, palos y gases policiales; confesaba estar dispuesto a inmolarse ahí mismo por la causa antes que seguir sometido a lenta y asfixiante agonía económica: “Nos están matando… No tengo remedios, no tengo comida… Hace dos días que no como”. Rostros y relatos cargados de patetismo que se han vuelto moneda corriente en la era de la motosierra; postales estremecedoras que, sin embargo, parecen inocuas a la hora de penetrar los férreos callos de insensibilidad social de gran parte de la población. Síntomas cada vez más evidentes de un cuerpo social en proceso de descomposición; un cuerpo donde la insensibilidad y la violencia que ejecuta el presidente Javier Milei y su séquito de vana idolatría como praxis política parecen haber hecho metástasis.
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Una réplica contundente del sismo de malestar social se produjo este jueves y tuvo como escenario la legislatura de Santa Fe donde el gobernador Maximiliano Pullaro libró su propia batalla contra el déficit fiscal a costa de los jubilados. Se produjeron graves incidentes entre manifestantes y las fuerzas de seguridad mientras se aprobaba a las apuradas una ley de emergencia y reforma previsional impulsada por el mandatario provincial. Entre distintas medidas polémicas, la reforma sube los aportes jubilatorios -del 14% actual a una escala que va del 15,5% al 21% - y le da la potestad al poder Ejecutivo de aumentar la edad jubilatoria.
Lo cierto es que el aumento que iban a percibir las jubilaciones con la nueva fórmula previsional era apenas un paliativo en un contexto donde la inflación mensual no baja del 4%, con subas exorbitantes en los servicios (hay jubilados tucumanos que tuvieron que sacar créditos para poder pagar la boleta de la luz) y la quita de medicamentos que antes el Pami les brindaba a los pensionados de forma gratuita. Durante el primer semestre del año, las jubilaciones mínimas se ubicaron por debajo del valor de la Canasta Básica Total por adulto. La ley vetada por Milei, establecía que el haber mínimo iba a ser equivalente al 1,09 del valor de esa canasta. Además, contemplaba una compensación del 8,1% para todos los jubilados, dado que el gobierno otorgó un 12,5% de recomposición en abril que no llegaba a cubrir el 20,6% de inflación de enero. Otra trampa de la licuadora libertaria es que, con la fórmula vigente, los ajustes mensuales por inflación que perciben las jubilaciones dejan afuera a los 70.000 pesos del bono (que el gobierno ya confirmó mantendrá congelado en ese monto), es decir que los jubilados continuarán perdiendo poder adquisitivo. Según el informe de la Oficina de Presupuesto del Congreso (OPC), hasta julio el poder de compra promedio de los siete meses de 2024 muestra una caída real de 29,2% en las jubilaciones (la merma es del 18,5% interanual para quienes perciben bono) respecto al mismo período de 2023.
De no haber prosperado el veto presidencial, para septiembre el haber mínimo hubiese quedado en $323.303 (contemplando el bono), en lugar de los $304.540 de bolsillo (bono incluido) de la fórmula vigente. No se trataba de un incremento sustancial, sin embargo, el freno de la nueva ley (al igual que el ya anunciado veto a ley de financiamiento universitario aprobada por amplia mayoría en el Senado) no es más que el reflejo del dogmatismo económico libertario que, con la excusa del superávit fiscal, brinda múltiples beneficios a los sectores más pudientes (como la reducción del impuesto a los bienes personales y el blanqueo de capitales) y ajusta a los más vulnerables del sistema. En otras palabras, la vieja fórmula de un Estado que es fuerte con los débiles y débil con los fuertes. Una política de la crueldad social en beneficio de muy pocos y donde la mayoría (jubilados, docentes, laburantes) se ha convertido en casta susceptible de ajuste.
El impacto de esta política contra los jubilados no se reduce al plano material y a la evidencia de que cada vez más viejos no pueden pagarse los remedios o comer todos los días, sino que es también subjetivo. En la narrativa estatal, los ancianos que han trabajado y aportado durante décadas representan un mero gasto. Y, si protestan por no recibir aquello que les corresponde, también son un enemigo a reprimir en las calles. A fuerza de vetos y palos, el gobierno les dice que su esfuerzo pasado vale hoy demasiado poco; que hay otras prioridades en la agenda (como los fondos reservados para la Side que terminaron siendo rechazados en el Senado); que sus aportes de años y años pueden ser expoliados para que Milei, preso de su dogmatismo onanista, pueda cumplir con el objetivo del tan mentado superávit fiscal. La pregunta es de qué sirve el superávit fiscal en un Estado que no les asegura –más por acción que por omisión- un piso de dignidad a la vida de sus mayores. Un Estado que tampoco se interesa por la educación superior. Un Estado hecho a medida de la angurria de unos poquísimos.
En 1994 salía “Valentín Alsina”, uno de los discos más emblemático del punk nacional y uno de los testimonios artísticos más contundentes de la debacle social propiciada por las políticas del menemismo. Ese álbum incluye la canción “Novedades”; un breve y virulento fresco de época que daba cuenta de las protestas de los jubilados, de las fábricas cerradas, de los obreros desempleados y de una clase política indiferente. Un tema de ya treinta años que, ante las escenas de policías reprimiendo a jubilados afuera del Congreso, suena como si se hubiese escrito esta semana; soundtrack de crisis económicas pasadas que se reactualiza en este ¿nuevo? presente signado por el ajuste bestial a la clase trabajadora (ponderado por el propio presidente en su narrativa sacrificial como el mayor de la historia). Por desgracia, la canción, lejos de envejecer, nos sigue hablando de los viejos que hoy no llegan a parar la olla.
De aquella convulsionada década del 90 han vuelto en estos días a las redes y a la memoria de muchos postales como la de Diego Maradona espetando a los gritos: “¿Cómo no voy a defender a los jubilados? Nosotros tenemos que ser muy cagones para no defender a los jubilados… Lo que les hacen es una vergüenza”. Y también ha regresado el aura justiciera de Norma Pla, quien este septiembre hubiese cumplido 92 años. La Norma Pla que se convirtió en una bandera de la lucha de los jubilados durante el menemismo. La Norma Pla que logró el prodigio de arrancarle algunas lágrimas al entonces ministro de Economía Domingo Cavallo. La Norma Pla que le hacía frente a Mauro Viale en su programa y se plantaba en la mesa de “Polémica en el bar”, aquel viejo bastión del machismo televisivo conducido por Gerardo Sofovich. La Norma Pla homenajeada en la canción “Señor Cobranza”. La Norma Pla que nos dejó aquella frase antológica que hoy conviene no olvidar: “Somos más pueblo que milicos”. Entrañables héroes de los tiempos en que la clase obrera tenía quién los defienda ante los embates del poder de turno.
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Pero todavía tenemos a Charly García. La incandescencia del antiguo y eterno profeta del sentimiento nacional ha vuelto a iluminarnos esta semana con la salida de su esperado disco “La lógica del escorpión”. Vibrato de los sentidos más profundos de nuestra realidad, en su épico regreso artístico y fiel a su costumbre, Charly tira varias postas en claves de presente. Hay acaso una pista de la confusa trama de esta era cruel en esa fábula del escorpión y la rana que nombra al álbum. El escorpión le pide a la rana que lo ayude a cruzar el río en su lomo. Aún consciente del peligro, la rana lo carga hasta que, a mitad de la correntada, recibe la picadura que los condena a ambos a morir bajo las aguas. Grandes sectores de la sociedad, ahora que sienten las punzadas de la motosierra sobre el lomo, puede que compartan el desconcierto de la rana empoderando a su propio verdugo. Tampoco parece casual que García haya incluido una nueva versión de “Juan Represión”, tema que grabó por primera vez con Sui Generis en 1974. La canción cuenta “la historia de un hombre que quiso ser sobrehumano y la realidad entonces se le escapó de las manos”. Con la voz toda rota, inmolada y sublime; Charly lo deja todo para cantar la caída final de ese Juan envenenado de odio que espera la muerte en manos de la sociedad. En ese gesto conmovedor en el que vaticina un futuro hasta se permite la lástima y la redención del tirano. Para quien esté dispuesto a escuchar estos tiempos, ni Charly ni sus canciones han envejecido. ¡Salud por su carácter!