Entre loas virtuales y un velorio solitario, la provincia despidió a uno de sus grandes íconos populares ¿Qué vemos los tucumanos en Don Rojas y qué dice de nosotros su partida? Por Exequiel Svetliza.
Don Rojas a comienzos de la pandemia.
La madrugada del miércoles Tucumán perdió a uno de sus íconos populares: Don Rojas, el señor de los cubanitos. Siempre de traje, zapatos lustrosos, moño y una flor en el ojal; su elegancia característica lo convirtió en parte del paisaje urbano para quienes acostumbraban verlo apostado con su bandeja de cubanitos en la intersección de las galerías La Gran Vía y Muñecas. Si sus golosinas artesanales ya eran parte esencial de la memoria emotiva de muchos tucumanos que supieron edulcorar sus infancias con el siempre generoso dulce de leche de sus productos, en los últimos años, el cubanitero más famoso de la provincia se había canonizado como se canoniza ahora a las grandes figuras de nuestro tiempo: volviéndose esos stickers que se pegan en termos y en los covers de los celulares. A ese personaje entrañable, siempre sonriente y estoico con su bandeja a cuestas, lo homenajearon en estos días en las redes con los honores de un prócer del pueblo. A la persona, a Carlos Oscar Rojas, el hombre que falleció a los 88 años solo y pobre tras trajinar las calles a lo largo de toda una vida, lo despidió un reducido puñado de almas que asistió a su velorio. Todo un símbolo de Tucumán.
El escritor tucumano Lorenzo Verdasco suele contar una caracterización de la provincia que hizo alguna vez su colega Eduardo Perrone. Al pasar por el frente de un prostíbulo que funcionaba por aquellos años en la zona de El Bajo, el autor de “Preso común” le apuntaba que al frente del edificio había un gran cartel que decía Hotel. “¿Ves? Eso es Tucumán”, definía Perrone poniendo énfasis en la máscara; esa distancia ficcional que separa la fachada del contenido y la apariencia de la esencia de las cosas. Ahí en El Bajo, en una pensión de mala muerte, pasó sus últimos años Juan Peralta, mejor conocido como La Loca Teresa, el emblemático personaje reconocido por sus histriónicos bailes en la tribuna de San Martín durante las décadas del 70 y del 80. Juan murió solo y pobre en junio de 2022. A su personaje, el machismo futbolero de la provincia ya lo había condenado al ostracismo mucho antes. Sólo volvía a manera de burla y sorna. El propio Perrone, quien había ostentado el título de best seller literario, dejó su último aliento olvidado en un viejo vagón de tren que fue su casa y su sepulcro. Todas, a su manera, personalidades locales con finales signados por la marginalidad y la soledad, como Don Rojas. Mitos imperecederos que trascienden entre nosotros a la fragilidad humana de su ocaso.
Detrás del esmoquin impoluto y la sonrisa siempre dispuesta de Carlos Oscar Rojas se ocultaba una vida de inclemencias: huérfano de padre y madre a los diez años, trabajó desde niño como ladrillero y tuvo documento de identidad recién a los 18 años. Después vino la muerte de su esposa y del que había criado como su hijo. Cuántas penas, cuántas soledades, cuántas carencias escondidas debajo de la epidermis del personaje como en una gran muñeca rusa. En la ficción, en la fachada, en el ícono, en las fotos, en el sticker Don Rojas siempre está feliz. Eso parece. Para el mito y sus usuarios con parecer alcanza. Así lo sintetizó Jorge Rocha en el velorio del cubanitero: “La ironía de la vida, se sacaban 30 fotos por día con él y aquí solo con Jorge".
En una provincia tan celosa de las apariencias conviene preguntarnos entonces qué veían los tucumanos cuando veían a Don Rojas. O mejor: qué querían ver. Veían acaso a un fiel representante de aquella máxima que reza que el trabajo dignifica. Pero qué dignidad puede haber en llegar a viejo y tener que salir todos los días a patear las calles para mantener una subsistencia por demás precaria. Y qué dignidad hay en morirse sin poder pagarse siquiera el ataúd. Veían tal vez al paradigma del “pobre, pero honrado”; romantizando como honra que una vida se reduzca a poner el lomo desde la cuna al cajón. Quizás veían una ficción demasiado complaciente para nuestra moral burguesa; tan complaciente como para satisfacer al velado Micky Vainilla interior (cada vez más exterior y a tono con este momento histórico): un pobre de traje; un pobre pulcro; un pobre que no parece pobre.
En esta provincia de máscaras y caretas hubo un tiempo en que la pobreza se reducía a un problema estético. Fue durante el gobierno de facto del genocida Domingo Antonio Bussi quien no sólo había hecho tapiar las villas miseria de la capital para que no dieran mal aspecto, sino que también se propuso limpiar la ciudad de mendigos. Fue en el invierno de 1977 cuando ordenó arrojar a 25 mendigos (entre los que había discapacitados y personas con problemas mentales) en los parajes desolados de la ruta nacional 67 de Catamarca para que murieran de hambre y de frio. Cuentan que lo hizo para impresionar al dictador Jorge Rafael Videla que se encontraba de visita en la provincia. Tapar, limpiar, maquillar la realidad son operaciones comunes por estas latitudes donde algunos ven lo que quieren ver mientras otros eligen mirar hacia otro lado.
Años atrás, al comienzo de la pandemia de Covid, hubo una foto viral que conmovió a los tucumanos y despertó su solidaridad con uno de los personajes más queridos de la provincia: Don Rojas, con su saco blanco y la bandeja con cubanitos en las manos, solo en una galería a oscuras que anticipaba el inicio de la cuarentena. Fue antes del miedo colectivo, de la pérdida de familiares y amigos, de los aplausos al personal de salud, de la paralización de la actividad económica, de la llegada de las vacunas, de la fiesta de cumpleaños en la Quinta de Olivos, de las manifestaciones anticuarentena. Fue cuando todavía creíamos que, después del virus, el mundo sería un lugar mucho mejor. Desde entonces, algo se ha roto y todavía no sabemos bien cómo recomponerlo. Seguimos fragmentados; escindidos entre la ficción de eso que llaman la calle on line y la crudeza de la calle real, entre la farsa de los personajes y la fragilidad de las personas, entre el espejismo de las apariencias y esencias que se distorsionan entre tanto ruido y humo que nos rodea.
La madrugada del miércoles Tucumán perdió a uno de sus íconos populares. En las redes, lo homenajearon como a un personaje querido que será recordado por siempre. En la vida real, lo despidieron con indiferencia. Todo un símbolo de lugar y de época.