TRIBUNA ABIERTA

¡Un "Zurdo" en Nueva York!

El mundo ya no es lo que era. Por Sisto Terán Nougués.

13 Nov 2025 - 13:25

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Los seres humanos tenemos la natural tendencia a juzgar los acontecimientos desde nuestras perspectivas subjetivas, y partimos usualmente de premisas que creemos estáticas. Es por eso que solemos incurrir en el error de analizar supuestos presentes con el prisma de conceptos vetustos.

Un ejemplo claro es la distinción política entre “derecha” e “izquierda”. En nuestros cerebros anida ya un preconcepto que nos induce a analizar todos los acontecimientos a la luz de lo que creíamos que cada uno de estos alineamientos significaba.

Otro tanto ocurría con los bloques de países. La distinción entre Oriente y Occidente era tajante, y el esquema geopolítico de alianzas entre naciones parecía monolítico e indestructible.

Pero la realidad es, por sobre todo, profundamente dinámica.

Tras la caída del muro de Berlín, y el desmoronamiento de la Unión Soviética, el advenimiento de la globalización sobrevino con un exagerado optimismo.

Francis Fukuyama en 1992 publicaría “El fin de la Historia” donde decretaba el definitivo triunfo de la democracia liberal y la muerte de las ideologías. Nos esperaba un futuro venturoso, sin guerras y con una pujante globalización que consolidaría un esquema económico universal de libre mercado.

Pero, pasaron cosas…

China e India, con sus poblaciones inmensas, se incorporaron activamente al comercio internacional y desarrollaron violentamente su economía del conocimiento, accediendo a tecnología de avanzada, que inclusive copiaron y desarrollaron por momentos de manera más eficaz y barata.

A una llamativa velocidad la configuración geopolítica cambió para sorpresa de todos. La caída del bloque soviético había dejado solo a los Estados Unidos en un liderazgo mundial que parecía inconmovible. Dictaron ellos las reglas de juego, apertura y globalización, reglas estas que, al cabo de pocos años pusieron en dudas severas la hegemonía de Occidente.

Irrumpió con el fin del viejo milenio y la llegada del nuevo, una revolución tecnológica inacabada, de alcances portentosos. Y las ideologías, en lugar de morir, mutaron, cambiaron.

Y cambió el rostro del mundo conocido hasta entonces.

Resurgieron los nacionalismos y afloraron los separatismos. Extraño contrasentido. La respuesta de las sociedades varió entre encerrarse a sí mismas o propiciar particiones geográficas que dieran a luz la configuración de nuevos estados. El Brexit llevó a Gran Bretaña a salir abruptamente de la zona Euro. Referendums en Escocia o Barcelona amenazaron la integridad territorial del Reino Unido y España.

Una oleada de odio y racismo antiinmigratorio asoló Occidente. La culpa de todos los males la tenía esa gente que venía a quitarnos nuestros trabajos e imponernos parámetros culturales ajenos en nuestra propia tierra. Y el populismo de derecha empezó a calar hondo, a fortificarse políticamente, hasta terminar encumbrando líderes disruptivos, extravagantes, pero que eran hijos dilectos de las circunstancias sociales vigentes.

Estas variaciones tienen un poco de espontaneidad, pero las redes sociales hicieron un aporte formidable para dividir el mundo de manera binaria en facciones que se odian y que se expresan al filo de la violencia, con la inimputabilidad que les confieren los mecanismos virtuales de comunicación masiva.

Comprender la realidad mundial actual es por eso mucho más complejo que antes. Las confrontaciones son dentro de cada país, con una fiereza que asusta, y la subsistencia de guerras internacionales que pretenden reivindicaciones territoriales persiste.

Los argentinos solemos estar muy desinformados en relación a lo que sucede en otros países. Los sectores medios altos tienden a sostener en todo tiempo y lugar una mirada despectiva sobre nuestro propio país, y admiran de manera ingenua lo que ellos presuponen que sucede en las naciones que ellos consideran “serias”, civilizadas y modernas.

Nuestros medios de comunicación formales viven mirando su propio ombligo. Inconscientemente o de manera deliberada, lo que acontece en otros territorios nos llega de manera vaga, difusa. Y cuando llega, lo hace tamizado y distorsionado por la miopía de analizar los sucesos en función de nuestra posición política comarcana.

Por eso me parece tan equivocado Feinman cuando se rasga las vestiduras ante los resultados electorales en Estados Unidos, como algún progresista que celebra como propio el triunfo del nuevo alcalde de Nueva York.

El análisis no puede ser tan superficial. Al contrario, es muy importante profundizarlo.

Donald Trump ha regresado a la presidencia de los Estados Unidos de Norteamérica, con una fiereza inusitada. Sus extravagancias se han potenciado con el paso de los años, y su experiencia previa, lejos de llamarlo a la reflexión, le ha otorgado una brutalidad que sorprende a propios y extraños.

Todos conocemos lo que Trump hace en materia de política exterior

El maltrato al presidente de Ucrania, y la jugada para apropiarse de los minerales raros de ese país, se filmó en vivo y en directo para todo el mundo. Su intervención desembozada en Argentina para afianzar la sumisión de Javier Milei, plena de mala educación y falta de respeto, también se televisó en directo. Su pelea formidable con Canadá, un país históricamente aliado incondicional del suyo, se hizo a cara descubierta. Y la guerra comercial de aranceles cuyo objetivo evidente es limitar la influencia de China en el comercio internacional, se hizo en ostentosas conferencias de prensa propaladas por los medios de comunicación del mundo entero. Y ni hablar de los ataques armados contra Irán o la calificación de “terroristas” aplicadas a los grupos narcotraficantes, utilizada para justificar intervenciones armadas en aguas venezolanas. O la quita de visas de ingreso a los jueces de la Corte Suprema de Justicia del Brasil, como represalia por la condena a Bolsonaro.

Pero lo que muy pocos conocen es que es lo que está pasando puertas adentro del país del norte. Esa misma prepotencia que Trump utiliza para el diagrama de su estrategia geopolítica y comercial, la utiliza dentro de sus propias fronteras.

Y es allí, en el seno de su propia sociedad, donde Trump está encontrando las más severas resistencias.

Su andanada de órdenes ejecutivas (el equivalente de nuestros decretos de necesidad y urgencia), su desprecio por las instituciones y el diálogo, y la descalificación permanente y brutal de quienes piensan distinto, se han hecho intolerables para muchísimos norteamericanos.

El mismo día de su cumpleaños 79, Donald Trump organizó un desfile militar en Washington (cuesta no incurrir en la fácil analogía con el desfile de Adolf Hitler para celebrar su cumpleaños 50). Y para esa misma fecha, se organizaron más de 2.000 movilizaciones en contra de sus políticas en todo el territorio norteamericano, convocadas bajo la consigna “No Kings”.

No a los reyes. Sus opositores ven en sus actitudes un avasallamiento permanente de las garantías constitucionales, y los más extremistas suponen en sus actos intenciones monárquicas. Las manifestaciones fueron impactantes y multitudinarias. La primera de ellas fue en Junio de este año. La segunda, todavía más masiva en Octubre del 2025.

Estas multitudes que reclaman nos indican una sociedad dividida y, lo que es peor aún, son signos de un descontento social profundo. En el país de la abundancia, el más próspero del mundo, las desigualdades sociales se han vuelto insoportables y la opulencia convive con la miseria, con incrementos de pobreza y marginalidad que impresionan.

Pero estas reacciones no tienen solo un contenido económico. Hay un estado de crispación social extremo que desatan actitudes que se asemejan a preparativos para una inminente guerra civil. Tan loco y absurdo como suena la lectura de este párrafo.

Trump ha desatado un ciclo de violencia interna gravísimo. Más allá de la polarización brutal que el presidente aprovecha para profundizar cada vez que puede, convencido de que es el juego de los extremos el que consolida la vigencia de su poder, Trump cuenta con dos herramientas de ataque contra su propio pueblo, que ha desplegado con marcada ostentación: El Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, más conocido por su sigla en inglés ICE, por una parte, y la Guardia Nacional por la otra.

La paradójica fobia antiinmigratoria de la que Trump hace gala, a pesar de que ni su madre ni su abuelo paterno nacieron en Estados Unidos, pasó de ser un mensaje de campaña, a convertirse en una terrorífica maniobra de arrestos ilegales y situaciones inexplicables en perjuicio de su propia población.

El ICE desplega diariamente redadas violentas para atrapar sospechosos de ser inmigrantes, por “portación de piel”. Todos los días del año, cerca de cuatrocientas personas son arrestadas abusivamente, muchas de ellas totalmente inocentes, sin antecedentes penales de ningún tipo. El miedo se ha instalado en el seno de muchas familias de trabajadores latinos que temen salir a las calles para no ser objeto de agresión.

La política antiinmigratoria de Trump le permite usar efectivos policiales que patrullan las ciudades norteamericanas y realizan ampulosas y bruscas detenciones de ciudadanos, lo que contribuye a generar una sensación de miedo y fomenta el racismo siempre a flor de piel en los Estados Unidos.

Las imágenes de los grupos armados, ataviados con uniformes de combate, recorriendo las calles del que presumía ser el país más libre del mundo, resultan intimidantes.

Por si esto fuera poco, el Presidente Trump ha empezado a usar abusivamente sus prerrogativas para convocar y movilizar la Guardia Nacional , la reserva de las Fuerza Armadas, dentro del territorio estadounidense.

Este recurso excepcional solo se puede utilizar para situaciones de extrema gravedad, que impliquen “rebelión o peligro de rebelión” contra el orden institucional.

Washington, Chicago, Los Ángeles y Portland han sido elegidos por Trump para esta sorpresiva incursión militar. Curiosamente los estados a los que pertenecen esas ciudades son manejados por gobernadores demócratas. Es una absurda demostración de fuerza dirigida contra su propio pueblo, destinada a intimidar y acallar los reclamos sociales en su contra en estados gobernados por representantes del partido Demócrata.

Las protestas de los afectados elevaron su volumen, y hubo mítines por todos lados repudiando la decisión presidencial. A mayor abundamiento una Jueza Federal de Distrito, Karem Immegurt, ordenó bloquear la orden presidencial y prohibió formalmente el uso de la fuerza militar por parte de Trump para contener las protestas sociales. El caso llegaría esta semana a la Corte Suprema de Justicia de la Nación.

Lo mismo ocurre con la jueza April Perry que falló también prohibiendo el uso de las fuerzas armadas en el estado de Illinois. Una situación aún más compleja se está dando en California, donde la confrontación con el gobernador demócrata Gavin Newson hizo que este anunciara el despliegue de su propia Guardia Nacional en una misión humanitaria para apoyar a los bancos de alimentos ante los retrasos sufridos en los beneficios alimentarios a raíz del “shutdown” o cierre del Gobierno Federal, mientras un Tribunal de Apelaciones tiene a su cargo fallar sobre la revisión de una sentencia de un juez que había ordenado que se fueran de California los efectivos enviados por Trump.

Por dantesco y diabólico que esto nos parezca, un analista objetivo tendría que estar muy preocupado por estos movimientos de tropas en el interior del territorio norteamericano. Se asemeja bastante a un simulacro de ejércitos que se preparan para una contienda civil.

La situación en los Estados Unidos es extremadamente grave. El país más poderoso del mundo es el epicentro de la polarización más aguda que se haya visto, y conducido por un presidente que lleva los conflictos todos los días, en todos los frentes, a su punto de máxima tensión.

Conocemos periféricamente, por los noticieros, de la prepotencia con que Trump maneja sus relaciones internacionales, pero no llegamos a tener noticias del cóctel explosivo de tensiones internas que azotan el país norteamericano.

Recién por estos días estarían empezando a destrabar el “shutdown”, ya el más largo de la historia. Esta falta de acuerdo parlamentario en torno al presupuesto ha implicado el cierre del gobierno, paralizando pagos y afectando servicios esenciales. El furor de la disputa es gravísimo y la imputación recíproca de responsabilidades se ha transformado en un juego perverso que tiene de rehenes a millones de norteamericanos.

Queriendo perpetuar su poder, Trump solicitó al gobernador de Texas la sanción de una norma muy particular. Se dictó una ley por la que se modificaron los distritos electorales del Estado texano, para garantizar así que en las elecciones de medio término los republicanos obtengan una mayor cantidad de representantes. Busca de esta forma atenuar el impacto de una eventual elección perdidosa. La maniobra, ya consumada, es un despreciable y vulgar acto de “gerrymandering”, término con el que se conocen las trampas electorales burdas que alteran las jurisdicciones para conseguir mantenerse en el poder.

Repasando…

Donald Trump violenta el sentido institucional mediante el dictado casi diario de órdenes ejecutivas que no pasan por el Congreso.

Envía fuerzas de seguridad del ICE para detener personas por el color de su piel dentro del territorio nacional.

Ordena cambiar mapas electorales para favorecerse.

No conforme con el despliegue militar del ICE, dicta medidas para que la Guardia Nacional se active e incursione en jurisdicciones territoriales gobernadas por demócratas, en un acto obvio de intimidación.

Mientras tanto, el gobierno federal está paralizado por un cierre presupuestario muy prolongado, que pone en riesgo inclusive la seguridad pública.

¿Y cuáles son las respuestas de la oposición?

La primera, obvia. Endurecieron sus posturas y la falta de acuerdo en torno al presupuesto, empujó al gobierno al “shutdown”. Luego la extensión de protestas multitudinarias bajo la consigna “No Kings” se vienen repitiendo con intensidad in crescendo.

Más tarde judicializaron las decisiones de Trump, y todos los estados están plagados de actuaciones judiciales que tienden a desarticular y bloquear sus iniciativas consideradas inconstitucionales.

Finalmente empezaron a surgir líderes cada vez más contestatarios, con discursos inflamados, que no dudan en tildar al presidente con epítetos como dictador, tirano, fascista, nazi, etc. Estos líderes son disruptivos, usan un lenguaje confrontativo directo, y no dudan en adjetivar con fiereza al presidente. Veamos tres casos singulares:

Gavin Newson

El Gobernador de California ha elegido confrontar ferozmente con Trump. Utiliza las redes sociales con idéntica agresividad. Se involucra personalmente en una contienda que día tras día incrementa el volumen de violencia retórica.

Si Trump le manda la Guardia Nacional, no vacila Newson en desplegar su propia Guardia, mientras en paralelo consigue órdenes judiciales para impedir los actos inconsultos del presidente en territorio californiano. Viaja a Brasil y se solidariza con Lula por la imposición de aranceles que califica de “abominables” y ridículos. A la maniobra de “gerrymandering” en Texas responde con una similar, mucho más arriesgada y compleja en California. En Texas bastaba una ley para cambiar los mapas electorales a favor del partido Republicano. En California era necesario ley y plebiscito o referéndum popular. Con desparpajo avanzó con la Propuesta 50, diciendo a cara descubierta que se proponía cambiar los distritos electorales de California, para contrarrestar la trampa consumada en Texas. Trump calificó de “estafa monumental” los comicios y Newson replicó: “son divagaciones de un viejo senil que sabe que va a perder”. El 4 de noviembre el pueblo de California aprobó por mayoría abrumadora la modificación de la Propuesta 50.

Vamos a combatir fuego con fuego” es la consigna del gobernador. Adjunto un video donde Newson cuestiona abiertamente las políticas de Trump, quien ha ordenado destruir un ala de la Casa Blanca para construir un salón de baile a un costo de 250 millones de dólares y dispuso de 20.000 millones de dólares para ayudar al “fill in the blanks, maybe a dictator” en Argentina, mientras elimina la provisión de comida para 5 millones y medio de personas en California. La forma despectiva en que se refiere a Milei exime de mayores comentarios.

Brandon Johnson

El alcalde de Chicago definió públicamente a Trump como “la mayor amenaza para la democracia que hemos experimentado en toda la historia de nuestro país”. Su oposición al ingreso de tropas a su ciudad le ha llevado a iniciar acciones judiciales contra el gobierno federal, y dictó resoluciones prohibiendo que las fuerzas federales puedan circular encapuchadas, al mismo tiempo que ordenó a sus propias fuerzas de seguridad no colaborar ni acatar las decisiones de la Guardia Nacional o el ICE. Y va más allá.

En un discurso fogoso ante una multitud dijo cosas tan duras como estas: “Donald Trump está usando ICE como su fuerza de ocupación privada y militarizada. Enfáticamente digo que no queremos tropas en nuestra ciudad y no permitiremos que nuestras ciudades sean ocupadas”.

Sus mensajes incluyen además fuertes palabras contra los “ultraricos y megamillonarios que han sido beneficiados con los mayores recortes de impuestos a expensas de la atención médica, vivienda, transporte y la educación”.

Yendo más a fondo, convoca a una huelga general, rememorando las gestas antiesclavistas de las que se enorgullece, y pide que se luche contra los megaricos y las corporaciones, a los que amenaza con hacerles que paguen “su parte justa de impuestos” para financiar escuelas, trabajos, salud y transporte. Sin pelos en la lengua, invita a su audiencia a “pelear contra la tiranía”. “¿Están listos para luchar contra el fascismo? ¿Están preparados para destruir el autoritarismo de una vez por todas?” La dureza de sus dichos que se pueden verificar en el video adjunto nos habla de un enfrentamiento feroz, expresado en términos casi bélicos.

Zohran Mandami

El flamante alcalde electo de Nueva York. Un personaje singular. Desde el anonimato, se proyectó a través de un manejo fabuloso de las redes sociales hasta convertirse en el candidato demócrata a la alcaldía de la ciudad.

Nacido en Uganda, de religión musulmana, se autoproclama socialista democrático, y promete fijar impuestos a los ricos para financiar la gratuidad del transporte público, la creación de guarderías públicas y viviendas populares. Lejos de eludir el bulto, desde una juventud que contrasta con la gerontocracia de Washington, la confronta con desparpajo y vehemencia.

Trump se involucra personalmente en la elección y amenaza de todas formas a Mandami. Este no solo no se intimida, sino que replica golpe por golpe. En su discurso triunfal, después de arrasar con un porcentaje inusitado de votos, ganando inclusive en Wall Street, Mandami le pide a Trump que “suba el volumen” para que escuche más claramente su desafío personal. “Soy joven, a pesar de mis mejores esfuerzos por crecer, soy musulmán, soy socialista democrático, y lo más grave de todo es que me niego a disculparme por nada de eso”. “Nueva York seguirá siendo una ciudad de inmigrantes, construida por inmigrantes, impulsada por inmigrantes, y, desde esta noche, liderada por un inmigrante”. “¡Así que escúcheme bien Presidente Trump, cuando le digo esto: para llegar a cualquiera de nosotros tendrá que pasar por todos nosotros!”.

Lo más parecido a una declaración de guerra en respuesta a un Trump que lo llama comunista, que dice que recortará recursos a la ciudad de Nueva York, y que sostiene que Mandami debiera ser arrestado y deportado. Adjunto video del discurso del flamante alcalde neoyorquino.

El partido demócrata

De la mano de este tipo de personalidades confrontativas, los demócratas han obtenido en los últimos días victorias electorales contundentes, muchas de ellas inusuales. Esto fuerza a que el partido se vaya realineando hacia posturas más contestatarias, y la caracterización de Trump como dictador fascista es ya parte del vocabulario común, incluso adoptado, en parte ya, por los más moderados. ¡Hasta Barak Obama indignado califica a Trump como un dictador, un aspirante a rey que se está construyendo un palacio a expensas del hambre de su pueblo!

Como vemos, las cosas están muy feas en los Estados Unidos…

La violencia a flor de piel ya ha costado asesinatos públicos. El 14 de junio de este año 2025 la líder demócrata de la Asamblea Legislativa de Minessota Melissa Hortman y su marido fueron asesinados a mansalva, mientras que el senador estatal demócrata por Minessota, John Hoffman y su mujer fueron baleados, pero pudieron sobrevivir al ataque. Más cerca en el tiempo, el 10 de septiembre del 2025, el ultraderechista Charlie Kirk fue asesinado de un balazo por un francotirador mientras participaba de un mitin político. Son muestras concretas de hasta donde puede llegar la exasperación política que se está viviendo en estos tiempos.

La descripción de este artículo quedaría inconclusa si no formulara alguna advertencia que identifique de algún modo las razones ocultas de esta polarización extrema.

Y para ello voy a acudir a un concepto que copio de James Talarico, un joven político demócrata texano, que se ganó mi respeto por haber pronunciado un sentido discurso condenando el asesinato de Kirk, con el que no coincidía en nada, pero que “estaba harto del odio y la violencia que era fomentada por los algoritmos de las redes sociales”.

Talarico nos dice que, a su juicio, la división entre derecha e izquierda, es hoy ya cosa del pasado. Lo que hay es un algoritmo de odio, que nos polariza y nos divide, porque esa división, que se exhibe a ojos vista, impide que nos demos cuenta de que los dueños del algoritmo quieren evitar que veamos que son ellos, los ultramillonarios, propietarios del mundo digital, los que nos dividen para conquistarnos. Enfrascados en nuestras contiendas cotidianas, no advertimos que solo tres hombres, Elon Musk, Jeff Bezos y Mark Zuckelberg, tienen el patrimonio equivalente al de más de 165 millones de ciudadanos de los Estados Unidos. Ellos son el poder detrás del poder. Los que dictan las reglas, reglas que solo benefician sus intereses. Si conviene ser proteccionistas, pues pondremos aranceles para que los autos eléctricos chinos no compitan con los míos, o, como en Argentina, nos despojaremos del ropaje del libre mercado, para pedir a gritos regulación y protección contra la competencia “desleal” de las plataformas chinas. No tienen ideología, solo tienen intereses. Y esos intereses les llevan a profundizar la polarización. Divide y conquistarás. El equilibrio no debe ser priorizado. Lo disruptivo y violento es la moneda que se usará para que no advirtamos el monumental proceso de desigualdad social y concentración de riqueza en poquísimas manos, que se está produciendo ante nuestras narices, en todo el mundo conocido. Nos convencerán mientras tanto de que tenemos que regalar nuestras riquezas y materias primas para beneficio de unos pocos, y que todo sacrificio que impongamos a nuestras poblaciones son señal de sensatez y maduración económica.

Concluyo casi sin concluir estas líneas. La extensión sobrepasa los límites de atención promedio del lector. Continuaré ahondando en otras entregas. La metamorfosis del mundo conocido amerita abordar los temas desde distintos ángulos.

Y conocer lo que verdaderamente pasa en el mundo, nos ayudará a no envidiar a ciegas.

Buenos Aires, 13 de Noviembre del 2025

Sisto Terán Nougués


*Artículo publicado originalmente en https://sistoteran.substack.com/


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