TRIBUNA ABIERTA

Industricidio, despidos....y ¡Viva China!

Inevitables consecuencias de un programa económico de colapso. Por Sisto Terán.

04 Dic 2025 - 11:27

(Foto: sistoteran.substack.com)

Dana Autopartes, provincia de San Luis. Essen, fábrica de ollas en Venado Tuerto. Loimar, cerámica en Tandil. Metalúrgica Cramaco, Santa Fe. Favrega electrodomésticos, Temperley. Corven Amortiguadores y Corven Motos, Venado Tuerto. SKF rodamientos, multinacional sueca, Tortuguitas. Color Living, fábrica de muebles, Pacheco. Frigorífico Beccar de Granja Tres Arroyos, Concepción del Uruguay. Alliance One, multinacional tabacalera, Jujuy. Shimy, fábrica de postres Sancor, Lincoln, provincia de Buenos Aires con centro de distribución en Córdoba. Cadena de Panaderías La Nueva Central, Río Cuarto, Córdoba. Nissan, automóviles, Córdoba. Zapaterías Ferrari, 25 de Mayo, provincia de Buenos Aires. Petroquímica Quilmes. La Suipachense Lácteos, Suipacha, provincia de Buenos Aires. Bodegas Norton, vinos, Mendoza. Ingenio azucarero Ledesma, provincia de Jujuy. Supermercado Caromar, Mar del Plata. Easy, hipermercado San Justo. Textilana, Mar del Plata. Globant, Salesforce, Tienda Nube y Uala, empresas del sector tecnológico. General Motors, automotriz, Alvear, provincia de Santa Fe. Enod y Alplacladd, textiles, La Rioja. Whirlpool, electrodomésticos, Pilar, provincia de Buenos Aires.

El listado de empresas que consigno en estas líneas es muy heterogéneo. Hay multinacionales, pymes, empresas tecnológicas, supermercados, fábricas de muebles, zapaterías, autopartistas, automotrices, bodegas, ingenios azucareros, textiles, lácteos, frigoríficos, tabacaleras, petroquímicas, panaderías, metalúrgicas, fábricas de ollas y fabricantes de electrodomésticos.

¿Y cuál es el común denominador, el hilo invisible que une esta variada enunciación, incompleta por otra parte, que me mueve a ponerlas todas unidas dentro de un mismo párrafo que las contiene?

Pues sucede que todos estos grupos empresarios, en el último mes y medio, o se presentaron en convocatoria, o quebraron, o cerraron sus puertas. Y en todos los casos sus quebrantos o dificultades económicas se transformaron en despidos y suspensiones de trabajadores.

Justo en las inmediaciones del final del año calendario, a vísperas de las fiestas navideñas, miles de familias de argentinos recibieron la más tremenda de las noticias. Se quedaron sin trabajo.

Son hogares de argentinos hoy afectados por la tragedia de haber perdido la fuente de su sustento. Es impensable poder ponerse en el pellejo de esas personas. El desempleo solo puede ser sentido y explicado por quien lo padece. La angustia de no saber de qué manera se afrontará la subsistencia es un drama existencial que conmociona hasta las estructuras familiares más sólidas.

La disparidad de geografías y actividades denota un profundo estado de crisis que pareciera haber detonado súbitamente, casi de la mañana a la noche.

La crisis llega a casi todos los sectores productivos nacionales, esos que generan empleo genuino, masivo y de calidad para nuestros compatriotas.

¿Por qué está ocurriendo esto? ¿Por qué el proceso, si bien se vislumbra desde hace tiempo, parece haberse acelerado de manera muy llamativa?

Cada cual tendrá sus propias opiniones al respecto. La mía es contundente, lo que ocurre es la consecuencia inevitable y fatídica de un programa de gobierno deliberadamente desentendido de todo lo que implique industria nacional y economía productiva generadora de empleos.

Ya en los inicios de la gestión de Milei se planteaba el eufemismo de lograr una “industria nacional competitiva”, se quería aniquilar los empresarios “prebendarios, que vivían de la teta del estado” y obligarlos a competir, producir más, ser eficientes, y reducir costos.

Como enunciado, magnífico. Como propuesta realista, un absurdo. La competencia, para ser justa, requiere simetrías y condiciones iniciales equitativas que nuestra economía no presentaba.

Se decidió una apertura irrestricta de importaciones, subsidiada indirectamente por un dólar contenido de manera artificial, sin desmantelar la asfixiante estructura de presión tributaria que agobia a los sectores productivos.

En paralelo, so pretexto de eficientizar tanto el sector privado como el público, se tomaron decisiones que llevaron a que el sector de empleo formal registrado sufriera una caída de más de 270.000 trabajadores en apenas un año y medio. Mientras tanto, se procedió a cambiar la matriz de imputación porcentual del gasto para la mayoría de los ciudadanos argentinos.

¿Qué significa esto? Pues que, a través de brutales incrementos de las tarifas de combustibles, servicios de agua, luz, gas, transporte, alquileres, expensas, medicamentos, obras sociales y educación privada, todos muy, pero muy superiores a los aumentos salariales percibidos para el mismo período de tiempo, se obligó a todos a reducir su capacidad de consumo, ya que, porcentualmente cada día tenemos que dedicar un porcentaje mayor de nuestros recursos al pago de estos ítems.

Sin ningún tipo de racionalidad ni previsión alguna, adrede a mi juicio, se resolvió avanzar con lo que ya podemos denominar un verdadero “industricidio” de magnitudes épicas, que recién empieza.

En el fondo de la mentalidad libertaria subyace una pregunta engañosa y perversa: ¿Por qué voy a fomentar que se fabriquen bienes que en otros países se producen más barato?

Si abro las importaciones, no me importa. Si los productos son fabricados por mano de obra esclava, o vienen de países dictatoriales, no me importa. Lo que yo quiero son cosas baratas, ya que esos precios luego me harán bajar los índices inflacionarios que constituyen mi verdadera obsesión.

El argumento es falaz e incosistente, ya que no tiene en consideración una serie de postulados que deben ser entendidos por todo aquel que gobierna.

El primer tema es que, antes de discutir si nos parece apropiado o no la existencia de una industria nacional, lo que no podemos obviar es un dato contundente de la realidad: ¡LA INDUSTRIA NACIONAL EXISTE, ESTÁ INSTALADA, TIENE TECNOLOGÍA Y MAQUINARIAS SOFISTICADAS Y COSTOSAS, Y PROPORCIONA TRABAJO A MUCHISIMAS PERSONAS!

Se puede estar a favor o en contra de un mayor o menor desarrollo industrial argentino, puede haber quienes prefieran sostener la economía nacional solo con la producción de materias primas agrícolas o ganaderas y la extracción de recursos minerales no renovables, pero lo que nadie puede omitir es que ya tenemos una pujante industria nacional, con miles y miles de empresarios que invirtieron toneladas de dinero, apostando a una actividad que se consideraba antaño imprescindible para que Argentina alcance el estatus de país desarrollado.

Las industrias existen, están instaladas, en muchos casos suelen ser el epicentro social y económico de la comunidad en la que están radicadas, y no es posible, por ende, desentendernos de su suerte. Elija el rumbo que quiera el gobierno, debe darse una política de transición que permita una adaptación a los nuevos formatos que se quieren imponer. El exabrupto de destruir todo lo ya consolidado es una tontería muy dañina. No cierran industrias, lastiman personas de carne y hueso y se destruyen esperanzas e ilusiones. Los modos del gobierno no implican una invitación a la competencia y la eficiencia, se trata más bien de arrojarlos al foso de los gladiadores donde los esperan las fieras para despedazarlos.

Esa industria nacional tiene una capacidad instalada en maquinarias y tecnología que está hoy siendo solo utilizada en un 45% de sus posibilidades. Y el número, día tras día se desploma.

Un amigo mío me contaba el ejemplo de una fábrica que invirtió muchísimo dinero y contrató personal especializado en San Nicolás, provincia de Buenos Aires, para la fabricación de mallas de acero. Hasta finales del 2023 despachaban siete camiones (no sé si diarios o mensuales, el dato no lo precisé) a Rosario. Hoy están despachando, en el mismo período de tiempo, tan solo un camión, a pesar de tener los precios casi congelados. Obviamente que esta baja en la producción se tradujo en capacidad instalada ociosa, caída de ventas y despidos de personal recientemente contratado.

Un gobernante racional debería comprender que el proceso empresarial industrial requiere tiempo, capital, planificación y previsión. Hay que poner mucho dinero, organizar una logística formidable, y realizar importantes estudios de mercado, todo antes de poder producir el primer tornillo. Por eso los imprevistos y bruscos cambios de las reglas de juego son fatales y ocasionan daños muchas veces irreversibles.

El caso Whirlpool es paradigmático

En Octubre del año 2022, el entonces Presidente de la Nación Alberto Fernández cortaba la cinta simbólica y daba por inaugurada la planta de fabricación de la empresa de electrodomésticos en Pilar. Se proyectaba que la producción serviría no solo para el consumo nacional, sino inclusive había planes de exportación y existía una previsión de contratar unos 1.400 trabajadores. Hace una semana, se anunció el cierre de la planta, el despido de unos 300 trabajadores, y la reconversión de la empresa de fabricante a importadora de lo que fabrica su matriz en México y Brasil.

Como multinacional de origen estadounidense, su actitud nos transmite una serie de mensajes explícitos.

El primero: No me importa lo amigos que sean Trump y Milei, dejamos de producir en la Argentina porque estamos perdiendo plata.

El segundo: El gobierno argentino me genera incentivos para importar y dejar de producir, entonces hago lo que me dicen, importo bienes.

El tercero: Importar bienes implica dólares que se van en un país cuya economía está muy complicada por la falta de divisas genuinas.

Esta actitud explica la contradicción aparente entre un gobierno que se dice promercado, lo que debería ser atractivo para los inversores, y un dato escalofriante que indica todo lo contrario: según los datos oficiales publicados por el Banco Central de la República Argentina, la inversión extranjera directa en Argentina se derrumbó en un 90% el primer trimestre de este año. Adjunto informe de Infobae.

Hasta Paolo Rocca, quizás el más poderoso empresario de la Argentina, ha manifestado su preocupación por la falta de una política consistente en materia industrial por parte del gobierno libertario. Sostiene que la apertura de importaciones debe ser racional, responder a parámetros lógicos que determine en que cadena de valor debe el estado intervenir para evitar colapsos industriales, y pone por ejemplo el tema de los lavarropas. La importación de este electrodoméstico ha pasado de 5.000 unidades mensuales a 87.000 unidades mensuales.

Por el contrario, la ceguera de Milei y Caputo, empeñados tan solo en endeudarse para sobrevivir y cumplir con los pagos de una deuda exponencial, les impide siquiera visualizar lo que está pasando. No les importa nada que se produzcan cierre de empresas. Les tienen sin cuidado las quiebras y las convocatorias de acreedores con su efecto dominó sobre la cadena de pagos. Y se autojustifican diciendo que están haciendo que los argentinos compren cosas más baratas, lo que por otro lado no es del todo cierto, ya que en la mayoría de los casos el productor se transforma en importador e intenta preservar los mayores márgenes de ganancia posibles. Confiados en las mágicas fuerzas del mercado, sueñan que las cosas en algún momento se acomodarán por sí solas, sin entender que están dejando un tendal de damnificados.

Para ellos una fábrica cerrada es un número frío en una planilla de excel. No entienden, ni pueden entender por carencia de empatía social, el sufrimiento y la angustia que están dejando detrás de sí.

Pero el cierre de una industria es mucho más que lo que se ve en la superficie

Implica pérdida de trabajo directo e indirecto. No solo quedan en el camino los trabajadores de la fábrica; sus proveedores y todo lo que se mueve en materia de servicios alrededor suyo, colapsa indefectiblemente. El círculo vicioso es exponencial. Menos trabajo implica menos ingresos, que a su vez se traducen en menor consumo, lo que significa menos ventas que van empujando cuesta abajo a otros sectores de la economía, en particular al comercio.

¿Y, de nuevo, por qué el proceso de descomposición se ha acelerado en las últimas semanas hasta adquirir una magnitud que le otorga una pavorosa visibilidad?

Ocurre que las elecciones de medio término, con el gobierno victorioso, implican un espaldarazo a su programa económico, dándole una posibilidad cronológica concreta de persistir en este camino al menos por dos años más.

Esto obliga a todos los actores económicos a adoptar decisiones inmediatas. Si el gobierno va a insistir en una política industricida, hay que cerrar, hay que presentarse a concurso, y hay que suspender y despedir trabajadores lo más rápido posible. La falta de expectativas de cambio es mortal. Hasta hora venían poniendo el hombro con la esperanza de algún cambio que les permita sobrevivir como empresas. Ninguna esperanza de mejoría se presenta en el horizonte de mediano plazo para los industriales argentinos.

Ya venían con problemas, ahora tienen certeza de que esos problemas se van a agudizar. La opción es de hierro: Reconvertirse, si pueden, en importadores. Disminuir costos, despedir personal, cerrar sus fábricas, ya no son consignas optativas, son imperativos categóricos que deberán enfrentar, cuanto antes mejor.

Es tristísimo ver que nadie aborda la temática desde la racionalidad. La lógica indica que, como bien dice Paolo Rocca, exista un diseño de política industrial y un camino gradual de adaptación a reglas competitivas, basados en una reducción del “costo argentino”, del que se habla mucho pero no se hizo nada, y un esquema progresivo de importaciones que preserve las cadenas de valor que debemos mantener incólumes si queremos ser un país desarrollado.

Porque, sin industria no hay desarrollo posible. Puede uno proveer materias primas solamente y se condenará de por vida a una dependencia para con aquellos que desarrollen valor agregado a los productos que fabrican con nuestra propia materia prima.

Entiendo que haya empresarios e industriales ineficientes. Pero eso no amerita una descalificación genérica de una actividad noble, productiva y esforzada. Destruir nuestra industria nacional sin miramientos, nos deja como país en condiciones de dependencia económica para con los países que nos proveerán de todo aquello que dejemos de fabricar. Implicará además tirar a la basura miles de millones de dólares invertidos, desarticular comunidades sociales enteras y empujar a la desesperación a cientos de miles de personas, consolidando a la vez una sociedad cada vez más desigual.

Y esto es tan verdadero, que ya lo reflejan los números, esos números fríos que tanto le gustan a los economistas.

En un artículo del diario La Nación que adjunto, se vuelca un informe elaborado por la Consultora W de Guillermo Oliveto donde se estratifica los hogares argentinos en clases sociales según el nivel de ingreso de todos los integrantes de la familia.

Un 24% de las familias se consideran de clase baja, y ocupan la base de la pirámide con un ingreso promedio por hogar de hasta $750.000 mensuales y hasta un techo de $1.180.000 por mes. Es gente cuya única finalidad existencial es la mera subsistencia, poder alimentarse y vestirse precariamente. Sin posibilidades de ascenso social.

Un 28% de los hogares es clasificado como clase baja superior, con ingresos combinados desde $ 1.180.000 hasta $ 2.050.000. Al decir de Oliveto, esta gente forma parte de la cultura de “no hay plata”, no consumen primeras marcas y se degrada continuamente su nivel de consumo y su calidad de vida. Para ellos el mes termina el día 15 o el día 20, concluye el consultor.

O sea que el 52 por ciento de los hogares argentinos es catalogado como clase baja o clase baja superior.

El siguiente estrato lo ocupa la clase media baja que representa un 26% de las familias que cuentan con un ingreso mensual combinado entre $ 2.050.000 y $ 3.700.000. Son los que no tienen margen de error. Viven al límite, haciendo malabares para no caer en la escala social, y con enormes complicaciones para sostener la calidad de vida a la que estaban acostumbrados.

O sea que el 78% de las familias argentinas, en el mejor de los casos están haciendo malabarismo para poder mantenerse en el ritmo de vida que acostumbraban.

La clase media alta representa un porcentaje de aproximadamente un 17% de los hogares, mientras que solo un 5 % de las familias pueden considerarse de clase alta con ingresos superiores a los $ 7.000.000 de pesos mensuales. Estos dos segmentos son los que todavía pueden gastar y consumir, viajan al exterior cuando pueden y aprovechan el dólar barato.

Es evidente que, si los comercios cierran, las fábricas bajan sus persianas y los trabajadores son despedidos, el panorama desolador irá in crescendo. Y esta visión angustiante que todos ven, menos el gobierno, impulsa negativamente nuevos cierres y nuevos despidos, promovidos por aquellos que no ven futuro para sus emprendimientos en el marco de un gobierno libertario envalentonado por el triunfo electoral.

La política de apertura irracional de importaciones, tasas de interés prohibitivas, impuestos asfixiantes y caída del consumo, forzosamente ocasiona “industricidio” y despidos.

Lo que no imaginaba es la paradoja geopolítica que estamos viviendo

Trump ha iniciado una feroz guerra comercial con China, que amenaza con desplazar a los Estados Unidos como primera potencia comercial del mundo. Milei, alineado y subordinado hasta el absurdo con Trump, prometió hasta el hartazgo que no negociaría con un “país comunista como China”. Trump aplicó aranceles salvajes a los productos chinos. Estos dejaron de comprarle soja, e incrementaron sus compras de este cereal en Argentina y Brasil. Por ende le hemos vendido a China más soja que lo que le solíamos vender.

Paradójicamente, a pesar de esta situación favorable, y sin dejar de proclamarnos los más pro norteamericanos de América Latina y despotricar contra China, el hecho concreto es que ya en Septiembre del año 2025, China desplazó a Brasil como nuestro principal socio comercial, hecho que se ha ido acentuando en los meses subsiguientes.

Pero esto no se debe a que les vendemos más a los chinos, SINO FUNDAMENTALMENTE A QUE ESTAMOS COMPRANDO CADA VEZ MÁS PRODUCTOS CHINOS.

Hasta el cotillón de las fiestas de casamiento los estamos trayendo de China. Los contenedores de Ezeiza rebosan de cargamentos provenientes de ese país. No nos privamos de nada, les compramos desde autos hasta lo que se les ocurra. Apertura absoluta y dólar barato son una combinación letal que empuja al desenfrenado consumo de productos importados de origen chino. Las plataformas digitales y los envíos a domicilio contribuyen a acentuar el fenómeno.

Hasta Marcos Galperín, paladín libertario, subsidiado por el estado argentino con cientos de millones de dólares, residente uruguayo para evadir impuestos, ha puesto el grito en el cielo, y nos advierte sobre la imprudencia de liberar el acceso al mercado nacional sin controles de las plataformas chinas.

¿El resultado?

China es el principal socio comercial de la Argentina, a pesar de que, en los primeros meses del año 2025, según datos oficiales del INDEC, se registró un déficit récord de U$S 6.572.000.000 (SEIS MIL QUINIENTOS SETENTA Y DOS MILLONES DE DÓLARES ESTADOUNIDENSES). Adjunto nota que sirve de fuente a este dato.

Esto significa en buen romance, que estamos comprando bienes a China por un valor muy superior a los bienes que les vendemos.

Imagino que si fuera Xi Jinping, el mandamás chino, me reiría a carcajadas y diría para mis adentros algo así como : “con enemigos así, para que quiero amigos”.

Milei y Caputo están destruyendo el entramado industrial argentino, permitiendo la extracción de minerales no renovables en manos extranjeras, fomentando con el dólar barato el turismo exterior e incrementando las importaciones irracionalmente, con el consiguiente deterioro de la cuenta corriente comercial.

En este marco de locura, nuestros industriales y emprendedores de pymes observan desconsolados que este contexto económico solo le augura nuevas pesadillas.

Mientras Caputo y los suyos depredan en los mercados y dibujan los números del INDEC para hacernos creer que el país mejora, porque crece el rubro intermediación financiera, los que producen y fabrican, son azotados por un dólar artificial que les quita competitividad, esa misma competitividad que tanto se les exige.

Resumiendo, como reza el título de este artículo: “Industricidio, despidos, subordinación a Trump, pero por sobre todas las cosas…. ¡ Viva China !”.

Buenos Aires, Diciembre 04 del 2025.

Sisto Terán Nougués


Artículo publicado originalmente en sistoteran.substack.com.




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