OPINIÓN

La columna de Alejandro Urueña: La ficción de la regulación

Bienvenidos a la gran obra artística de la regulacion, también conocido como “debate sobre regulación de la inteligencia artificial en Argentina”. Afuera, un cambio civilizatorio reconfigura, cómo hablamos, trabajamos, pensamos y hasta cómo distinguimos lo real de lo falso; adentro, en el Congreso y en los eventos tech, se reparten micrófonos y proyectos de ley como si fueran amuletos contra la tormenta.

09 Dic 2025 - 17:42

Foto: IA

Bienvenidos a la gran obra artística de la regulacion, también conocido como “debate sobre regulación de la inteligencia artificial en Argentina”. Afuera, un cambio civilizatorio reconfigura cómo hablamos, trabajamos, pensamos y hasta cómo distinguimos lo real de lo falso; adentro, en el Congreso y en los eventos tech, se reparten micrófonos y proyectos de ley como si fueran amuletos contra la tormenta. La misión autoasignada: detener un tsunami digital con un colador y no analizar la profundidad del problema.

Un filósofo francés bastante insistente con estas cosas, Éric Sadin, viene diciendo que vivimos de una “ficción reconfortante”: creer que las instituciones pueden hacer de contrapeso frente a sistemas técnicos que ya no sólo registran datos, sino que toman decisiones, crean lenguaje, fabrican imágenes y moldean la realidad. Esa ficción encontró en Argentina su versión local: la idea de que una ley nacional puede mirar a los ojos a un enjambre de algoritmos globales y decirle “hasta acá llegaste, maestro de las “Big Tech”.

De un lado del ring está el team “Regulemos Esto Ya”. Su bandera: imitar el modelo europeo de “riesgos inaceptables”, exigir transparencia y poner por escrito la “centralidad de la persona humana”. Sobre el papel suena épico: botones de “revisión humana”, garantías, comités, protocolos, olvidando aplicar se aplica la ley en  uno de los puntos fundamentales como son las armas de guerra. Es como ver a alguien salir con un balde de plástico a frenar una ola gigante: noble, pero medio fuera de escala. La fantasía es que, una vez publicada la ley en el Boletín Oficial, los sistemas que generan textos, voces e imágenes casi indistinguibles de la realidad van a hacer una pausa, leer la norma y decir: “ah, mirá, en este país no se puede, mejor no”.

Del otro lado están los devotos de la “No‑Ley”, el combo libertarios + parte de la industria tech + discurso empresarial de ocasión. Su teoría es simple: si algo se regula, muere la innovación; si algo no se regula, florece el futuro. Argentina, dicen, ya es demasiado amiga de las normas, así que lo único sensato es dejar la cancha libre para convertirnos en “hub tech” global. En un evento tipo Devconnect, entre charlas networking, no faltó la frase de batalla para los inversores: “se viene, gordos, inviertan ahora, compren rápido”. Total, si en el proceso se nos licua la democracia bajo una lluvia de deepfakes perfectos y noticias fabricadas, será un detalle técnico en la presentación de PowerPoint.

En esa lógica, la advertencia de Sadin sobre la posibilidad de convertirnos en “robots de carne y hueso” es básicamente ruido de fondo. Las cámaras empresarias ya adelantaron que cualquier freno ético o regulatorio es un “riesgo serio” para el negocio. Lo importante no es si dentro de diez años podremos distinguir a un humano de un bot, sino si logramos exportar miles de millones de dólares en servicios mientras tanto. Que la subjetividad se vaya desarmando en el camino es un costo operativo.

El chiste, que no tiene tanta gracia, es que ambos bandos patinan sobre la misma omisión. Mientras discuten si copiamos a Europa, si armamos sandboxes o si lo mejor es no hacer nada, la IA ya empezó a desmantelar la vieja idea de “dignidad humana”: cada vez hay menos creación y más reemplazo directo. La producción de lenguaje, imágenes y símbolos, eso que nos hacía mínimamente especiales, se está tercerizando a programas industriales de poco valor económico. Y para vestir todo esto, aparece el  “falso discurso corporativo”: ya no se habla de despidos o sustitución de capacidades, se habla de “complementariedad hombre‑máquina”, “optimización de procesos” y “acompañar al usuario”.

Ahí entra la comedia de la “innovación responsable”. Se promete que todo va a estar bien gracias a la “cultura organizacional”, los equipos multidisciplinarios y algún comité de ética. Mientras tanto, algoritmos opacos empiezan a decidir quién consigue laburo, quién accede a un crédito, quién es “confiable” y quién queda en el margen. Pero tranquilos: siempre habrá un amable agente de Customer Success dispuesto a explicar con tono empático por qué fuiste degradado de ciudadano a dato prescindible por una versión 2.0 de un software que nadie entiende del todo.

Sadin habla de un “régimen de indistinción” en el que verdad y falsificación se mezclan hasta volverlas indistinguibles. Y sin embargo, el debate local queda capturado en discusiones de no estar a la altura del fondo de la cuestion: si el algoritmo tiene “problemas a resolver” o si lo mejor es dejarlo “libre” para que el país “sea faro del mundo”. Como si el punto fuera ganar una pulseada cultural y no preguntar, en serio, qué nos pasa cuando tercerizamos a máquinas la producción de sentido y dejamos que la realidad llegue filtrada por sistemas que nadie controla del todo.

Al final del día, lo que queda es esta imagen: unos creen que pueden ponerle correa a la bestia digital con firmas, artículos y considerandos; otros se entusiasman con la idea de liberar al monstruo a ver si nos deja dólares. Y el resto miramos desde la tribuna cómo se cruzan tecnicismos, citas europeas y chistes de palco VIP en Palermo, mientras tratamos de no confundir nuestra conciencia con una notificación del celular.

La pregunta de fondo, la que casi nadie quiere responder, sigue flotando: ¿vamos a defender, de algún modo, nuestra dignidad humana en medio de este desbande algorítmico? Por ahora, la señal es clara: la humanidad parece estar en liquidación, “compren barato” y, con suerte, después vemos si todavía queda algo de nosotros del otro lado de la pantalla.


* Por Dr. Alejandro Urueña: Abogado. Diplomado en Derecho del Trabajo y Relaciones Laborales, Universidad Austral; Diplomado en Derecho 4.0, Universidad Austral; Magister en Derecho del Trabajo у Relaciones Laborales, Universidad Austral (T.P); Posgrado de Inteligencia Artificial y Derecho, I.A.L.A.B, U.B.A. Posgrado en Metaverso, U.B.A. Programa (IA) Universidad Austral. Magister en Inteligencia Artificial Centro Europeo de Posgrado. Programa MIT en desarrollo y diseño en productos y servicios en lA con Insignia de Asignación Ejemplar. Bootcamp internacional inteligencia artificial aplicada al Derecho. Programa MIT Machine Learning in Business. Actualmente, cursando Maestría en Ciencias de Datos, Universidad Austral. Actualmente cursando Inteligencia Artificial Agéntica para la Transformación Empresarial.


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