El teatro puede ser un show o puede ser una fiesta, decía, insisto, un show es un espectáculo para quienes miran, una fiesta, por el contrario, puede ser un acontecimiento que se vive de manera compartida. Por Marina Rosenzvaig.-
De allí que las memorias y las prácticas festivas sean esas que nos distancian, aunque sea por un rato, de la individualidad manifiesta de estos tiempos, mientras agitan junto a otrxs, con otrxs, nuestra vida.
Vivir las Fiestas Provinciales del Teatro, por ejemplo, esas que teníamos desde la reapertura democrática y antes que fueran suspendidas por el gobierno de la pesadilla, era una experiencia de localidad amplificada y palpitante. Quiero recordarlas en voz alta. Casi todo lo estrenado en las provincias se presentaba ahí, en las pequeñas podíamos tener la suerte de ver el muestrario completo sin los filtros numéricos y de calidades exigidas. Esa muestra, si uno la recorría de tarde en noche, de sala a plaza, del centro al barrio, sin amilanarse, devolvía la sorpresa que despierta los movimientos de un viaje que no son la quietud en vacaciones, sino la inquietud de un recorrido variopinto que va enrareciendo el paisaje teatral que teníamos acomodada y acotadamente ilustrado en la cabeza. La pintura escénica podía aquí desgarrarse, mancharse, y, con la misma vitalidad, desparramarse saliéndose del marco y de la página sobrevivientes.
Pero nos sacaron las fiestas, y dejamos que nos las sacaran.
Nos reunimos entonces este 2025 alrededor del fuego fabril compañero mantenido por La Sodería Casa de Teatro, treinta y un años ininterrumpidos desde Villa 9 de julio. Imaginamos allí una Fundación, como quien refunda la patria independiente en la sala teatral más antigua del norte inmenso, con su bandera, estandarte y canción. Tarareamos músicas familiares viejas y saltamos pogo nuevo, todo al mismo tiempo, bailamos siempre. “No me interesa cómo se mueve la gente, sino qué los mueve”, decía Pina Bausch desde el centro del imperio: una casa teatrera, un Cabaret La Insistencia para exorcizarnos, teatrerxs y amigxs de todas las generaciones vueltos a rejuntar, “mentiste serenamente y el telón cayó por eso”, PURO TEATRO, alegría la noche, primavera amanecer septiembre, tus besos.
¿Qué conversaciones importan? ¿Sobre las pasiones acaso, las tuyas, las mías, las nuestras? ¿Lo contrario de la acción es un padecer o mejor una inclinación muy viva sobre algo que movilice el apetito?
Una obra de teatro me dejó con la boca abierta, quiero compartir brevemente esto. De número en número en el octavo festival La Insurrecta, en noviembre también en la casa sodera, sobre el final del evento, escuchamos: una obra de Catamarca, sucede adentro. Adentro era, en cuadrado el espacio un barrial, el público rodeamos cerca la escena, la virgen con dioses putxs y travas las musas salpicando versos y barro los cuerpos bichos sus túnicas cubriendo la desnudez marrón de los hombros a las caderas. Entre los espectadores está la Mare santiagueña, nos miramos con complicidad de regionalidad desopilante risueña en medio del salpicón. La boca siguió abierta, tragué barro. Alimento tan lírico y monstruoso el nuestro de estas tierras.
Y como toda escena que se precie no puede dejar de producir contraescena -que podría ser Nada y todas las notas al pie de la Gra, la mamá del actor Ramiro Grignola, haciéndome comentarios sobre la obra y sobre su hijo, en medio de la representación, desborde trolo la pileta de CC, yo delirando porque cómo no amar las escenas que se duplican, que multiplican- como los actores y actrices catamarqueñas de Lombrices pos función. Sucedió que La Sodería esa noche se quedó sin agua, pero que no nos falte la generosidad de la vecina que cedió su patio a las 3 AM para lavar lo que necesite ser lavado, los cuerpos, sí, y las ficciones también, aunque el barro se queda, barrio tierral desnudo manguera: justicia poética.
Mientras tanto el Instituto Nacional del Teatro, el mismo que antes organizaba nuestras Fiestas, parece convertido hoy en una financiera -replico el dicho de algún teatrero por ahí- de ofrecer subsidios viró a préstamos el fomento. Cuántos señoros representantes, de los que quedan, calientan sus sillas, enfrían sus principios, NI LEY NI CASA NI TEATRO. ¿Qué conversaciones importan? Démoslas.
Para finalizar el ciclo sodero el primer sábado de diciembre asistimos a La Yeta, ¿sobre el país, sobre este Tucumán? Un disca al que le daban 6 meses de vida y ahora, nos cuenta en presencia, anda por la cuarta década, y la Dani Castellano sintiendo toda su vida esta obra latido en biodrama para su hermano y su mamá, que no es ni más ni menos aunque parezca raro en esta época que la frágil y profunda humanidad compartida con los más cercanos, mientras hoy un ANDIS o un INT se caen a pedazos. Lloramos y reímos, mucho, nadamos en el barro, Sebastián danza su silla de ruedas en respirador, se hunde y flota, nos hundimos y flotamos con él siguiendo su historia, nos volvemos familia también, porque por momentos nos falta el aire, se cierran nuestros pulmones dificultosos junto a los de él, entonces la obra se dilata y respira por nosotros, Sebastián respira por todxs nosotrxs, nos sostiene en ese gesto en motín de cuerpo que no se derrota.
Cuánta sublevación sucede en jugar al teatro, en inventar, en contar, mundos alternativos donde quepamos todxs, muchxs, otrxs, con otrxs, y de otras tantas maneras. “En el gesto de sublevarse -escribe Georges Didi-Huberman-, cada cuerpo protesta con todos y cada uno de sus miembros, cada boca se abre y exclama en el no, rechazo, y en el sí, deseo”. Por suerte, o por amor, a pesar de todo, cuando la realidad se vuelve insoportable, siempre nos queda el teatro.