OPINIÓN

Elogio y condena de un ancazo tucumano

Tan brutal como tucumano, condenado por muchos y reivindicado por otros, el cabezazo de Pichón Segura al diputado libertario Federico Pelli se presenta como la última novedad de una película que ya todos conocemos. ¿Fiel ejemplo de los vicios de la vieja política o un emergente de este momento histórico? Por Exequiel Svetliza.

15 Mar 2026 - 10:44

Es brutal. El avance irrefrenable del agua contra las casas, la desolación de los pobladores de La Madrid, la sensación de intemperie de quienes temen haberlo perdido todo. Y es brutal también la escena que transcurre la tarde del miércoles sobre la ruta 157, en los márgenes exactos del desastre. Es brutal la mirada de Marcelo "Pichón" Segura sobre el diputado Federico Pelli, la forma en que lo mide, cómo arquea la espalda para ganar impulso y la manera en que ejecuta el ancazo: con el centro de la frente y de arriba hacia abajo, como quien cabecea en el área chica, de pique al suelo, una pelota de gol. Es brutal el ruido de los huesos de Pelli al romperse, los gritos, la sangre que chorrea sobre el pavimento. Son brutales algunas mañas de la vieja política. Y también son brutales las formas de la nueva política. Son brutales la realidad, la lluvia y la calle. Son brutales y esencialmente tucumanas, como el ancazo de Pichón. 

Lo que pasó el miércoles es parte de una película que se repite hasta el cansancio por estas latitudes. Y la secuencia podría resumirse así: llueve mucho, llueve demasiado, desbordan los cauces de los ríos de la zona, se inunda La Madrid, llegan los políticos de turno al lugar de la catástrofe. Cambian los actores, apenas algunos escenarios, pero la película es la misma de siempre. Y la prueba más cabal de esa repetición cíclica son las fotos de ocasión. En un breve repaso histórico aparecen varios rostros reconocibles de nuestra política vernácula: Julio Miranda, Ramón “Palito” Ortega, José Alperovich, (Juan Manzur tuvo inundación, pero no foto en el lugar) y, ahora, Osvaldo Jaldo. Hasta algunos gestos se parecen demasiado, como los rostros compungidos de los mandatarios mientras se abrazan con algún damnificado. Tal vez la excepción en esta secuencia es la imagen de Palito. Ortega, en un arrebato dramatúrgico, aparece cargando en sus brazos a una anciana como si fuera un personaje de Baywatch (es el mismo Palito que se frotaba alcohol en el rostro luego de besar pobres en sus actos de campaña). Pero hay que ser justos y saber distinguir entre los mandatarios provinciales y sus funcionarios que tienen la obligación institucional de visitar el lugar de los hechos y brindar asistencia a las personas afectadas y aquellos oportunistas que se acercan para mostrarse solidarios y caranchear alguna fotito para el Instagram. La ruta 157, ahí donde los evacuados buscan asilo ante la desgracia, se vuelve el escaparate de una coreografía política. Se sabe: el camino al sillón de Lucas Córdoba está regado de buenas intenciones.

Palito en acción. Foto: archivo de La Gaceta

Ante el desastre natural y la desgracia ajena, hay otro gesto que suele repetirse como un déjà vu en las charlas de café y en los foros de las redes: culpar a las víctimas. Nunca faltan aquellos que les caen a los inundados como si el flagelo climático fuera una especie de castigo divino. El pecado: votar al peronismo. Incluso hay quienes, en una extraordinaria muestra de humanismo selectivo, condicionan su ayuda y solidaridad al voto del damnificado. En el fondo, estos solidarios partidarios no parecen muy distintos de los punteros que reparten bolsones en tiempos de campaña. 

Si el problema es que las distintas gestiones justicialistas de la provincia se han desentendido de las obras de infraestructura necesarias para que La Madrid deje de inundarse de una vez por todas, lo cierto es que la troupe opositora que acudió al lugar del desastre –Pelli, junto a Soledad Molinuevo, Gerardo Huesen y Paula Omodeo- tampoco parece parte de la solución, sino del mismo problema, ya que son los adalides locales del libertarismo nacional y su política de suspensión de la obra pública en todo el país. No hay plata para las provincias –como no la hubo para combatir los incendios en la Patagonia ni para la reconstrucción de Bahía Blanca tras el temporal- y, si la hay, es poca y siempre sujeta a la capacidad de diálogo de cada gobernador. Claro que el famoso “no hay plata”, que enarboló de forma tan entusiasta Javier Milei al asumir la presidencia, hoy suena un tanto devaluado como axioma a la luz de lo que el Estado nacional gasta en los cursos de inglés que brinda a la cancillería la esposa del Ministro de Desregulación y Transformación del Estado, Federico Sturzenegger. O en el viaje de la esposa del Jefe de Gabinete, Manuel Adorni, a Nueva York. O en el generoso presupuesto de la Side. Prioridades son prioridades. 

En esa película, más repetida que Mi pobre angelito en Canal 10, Pichón Segura asume el novedoso rol de un actor secundario que funge como protagonista ocasional. Y lo mismo vale para la víctima de su pilazo criminal, Federico Pelli. Tanto desde la oposición como desde el oficialismo de la provincia salieron rápidamente a condenar el violento episodio -parece una acción casi protocolar, pero Milei nunca repudió el atentado contra Cristina Kirchner, por ejemplo- y, con una celeridad inusitada para la Justicia tucumana, ya le dictaron una prisión preventiva de cuatro meses y lo encerraron en la cárcel de Benjamín Paz (el traslado incluyó toda una pomposa parafernalia militar y quedó registrado en un video de ribetes cinematográficos compartido por la cuenta del Ministerio de Seguridad). Sin dudas, un acto de justicia, pero tampoco sería la primera vez que el peronismo sobreactúa corrección política puertas adentro. Una pose que contrasta con una praxis libertaria donde prima el tan recordado “siga, siga…” del árbitro Pancho Lamolina. Un ejemplo claro: en el gobierno de Alberto Fernández, al Ministro de Salud Ginés González García le costó el cargo durante la pandemia hacer que un grupo de amigos se saltee la fila para las vacunas contra el Covid-19. En la gestión del actual ministro de la cartera, Mario Lugones, murieron 124 pacientes a causa del uso de fentanilo adulterado y el tipo sigue ahí, como si nada. Como siguen ahí Karina Milei, tras el escándalo de las coimas en el área de discapacidad. Sandra Petovello, después de negarse a distribuir los alimentos de los comedores. Lorena Villaverde, la legisladora rionegrina de La Libertad Avanza que fue detenida con cocaína en los Estados Unidos. Y hasta el propio Javier Milei, involucrado en la estafa de la cripto $Libra. 

Al no ser un hombre de las primeras líneas del oficialismo provincial, el destino de Pichón parece el mismo que condena a los personajes secundarios a morir apenas comienza el film. Sin embargo, en el éter de las redes sociales -ese territorio cooptado por las tasks forces libertarias donde no existe ninguna corrección política- Pichón Segura fue el gran protagonista de las últimas horas. Amo y señor de la calle online, se volvió epicentro del debate, meme, sticker y materia prima del consumo irónico. Para algunos fue héroe y para otros villano. Justiciero y criminal. Ángel y demonio. Prócer y monstruo. Hasta le apareció una cuenta de X –un fake que logró engañar incluso a medios nacionales que se hicieron eco- donde se presenta como un nuevo mártir de la causa nacional y popular. Para la flema antiperonista, siempre tan celosa de los modales y las buenas costumbres, es un fiel representante de los consabidos vicios de la vieja política; un hijo sano del punterismo patoteril tan demonizado por los medios hegemónicos como condenado socialmente. Pero, mirado en perspectiva y por fuera de los discursos moralizantes, parece un genuino emergente de este presente histórico. 

Pichón es brutal. Su ancazo es brutal. Pero también es brutal la granada de gas lacrimógeno del gendarme Héctor Jesús Guerrero que le destrozó la cabeza al fotógrafo Pablo Grillo. Es brutal la represión de cada miércoles a los jubilados que reclaman condiciones de vida dignas. Es brutal un presidente que insulta a un niño con autismo y apela recurrentemente a metáforas de violación. Es brutal el ajuste a los discapacitados y a las personas más vulnerables. Es brutal el desfinanciamiento de la educación y de la salud pública. Es brutal el industricidio al que asistimos por estos días. Es brutal un gobierno que apoya sin miramientos el genocidio que Israel y Estados Unidos están perpetrando en Medio Oriente. En términos de convivencia democrática no hay margen para dudas ni titubeos al respecto: el ataque de Pichón merece su castigo. Pero que sean quienes han hecho de la brutalidad su idioma político los que ahora se escandalizan para actuar de víctimas y de defensores de pretendidos valores democráticos, sólo puede interpretarse como una farsa y un acto de cinismo. 

Pichón es brutal porque es producto de su momento histórico. Y también de su lugar de origen. Pichón y su ancazo son tan brutales como tucumanos. 

Por acá llamamos ancazo al cabezazo porque el término es una derivación de anco, expresión con la que se conoce a una variedad particular de zapallo que, a su vez, viene a metaforizar a la cabeza. En Tucumán un cabezazo bien pegado; un cabezazo hegemónico –si existiera tal cosa- es un ancazo. En su defecto, un pilazo. Pero sucede que fuera de nuestra provincia el ancazo puede transformarse en tucumanazo, nombre con el que se denomina a los movimientos insurreccionales que se produjeron en San Miguel de Tucumán a fines de los sesenta y comienzos de los setenta tras la crisis de la industria azucarera. También hay quienes lo llaman directamente tucumano, al igual que el gentilicio que define nuestra identidad comunitaria. No se sabe a ciencia cierta cuál es el origen de esa asociación entre el cabezazo y Tucumán, pero se supone que responde a una arraigada costumbre de los tucumanos de apelar a los golpes de cabeza en una situación de pelea o ante la amenaza de algún peligro. Atahualpa Yupanqui lo ha dejado plasmado en los versos de “El payador perseguido”: “Riojano, pal rebencazo/Chileno, pal caballazo/Salteño, con daga en mano/Y es un rey el tucumano, pa peliar a cabezazos". 

No sé si habrá un germen de insurrección en el ancazo de Pichón, pero –y valga la tautología- lo que le sobra es exceso. Es un golpe furioso, bestial, exagerado. Es un gesto tan ampuloso que hace de su denominación de origen un sumun de violencia. Es tucumano en grado superlativo, es decir, tucumanazo, porque peca de excesivo. A veces, pareciera que los tucumanos hacemos todo lo que está a nuestro alcance para confirmar todos esos estereotipos que circulan sobre nosotros. Será de puros exacerbados que somos. O acaso porque tememos no ser lo suficientemente tucumanos. Padecemos de cierta vigorexia identitaria que es la expresión de un problema ontológico: no nos alcanza con ser, también necesitamos parecer tucumanos. O, como en el caso de Pichón, ostentarlo de forma brutal.   

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