OPINIÓN

Crocantes de secos

La realidad del bolsillo desmiente a las estadísticas y se nos suman los días al final del sueldo. Cada vez son más los argentinos endeudados, desde Doña Pocha hasta el diputado Mariano Campero. Las deudas de los secos, de los dulces y de los golosos. Por Exequiel Svetliza.

05 Abr 2026 - 09:12

Manuel Adorni haciéndose un asadito.

Secos. Bien secos. Crocantes de secos. Secos como unas capias de Amaicha del Valle, como el desierto de Atacama, como la garrapata de un peluche. Más secos que la lengua de un loro, que las axilas de una momia, que unas empanadas de talco. Se hizo demasiado largo marzo, largo y cuesta arriba, largo y espinoso. Llegamos hasta abril con los últimos mangos más estirados que el fernet de la cancha. Llegamos con exceso de mes al final del sueldo y el sueldo abducido por una tracalada de deudas. La tarjeta impiadosa que amontona cuotas. El préstamo quemado en tapar otros baches financieros. El fiado en el almacén de la esquina que ya no acepta dilaciones ni excusas. Nos toca pedalear en una bicicleta a la que hace ya rato se le salió la cadena, remar desde abajo una catarata de brea, correr de atrás a la Usain Bolt de las liebres. Llegamos hasta abril, pero a qué precio. Llegamos largando los bofes, fundiendo bielas y exprimiendo el último culito del dentífrico. La tele y los diarios dicen que bajó la pobreza, aunque los bolsillos todavía no parecen enterarse. Quizás bajó mucho, demasiado, hasta alojarse justo ahí, entre antiguas pelusas y algún caramelo de vuelto. ¿O será que bajó como se baja en el baile de la botella; ese que te agarra y te aprieta de verdad? Para salir de la asfixia financiera tal vez sólo sea cuestión de encontrar almas altruistas, como esas generosas jubiladas que les prestaron a Manuel Adorni para comprar su departamento en Caballito. Acaso convenga recurrir a la bondad desinteresada de algún banco, como hizo el diputado Mariano Campero; héroe del veto a la suba de las jubilaciones que, a Dios gracias, no cercenó la generosidad de las benefactoras del Jefe de Gabinete. Si ellos se endeudaron ¿por qué no habríamos nosotros de hacerlo? Claro que entre las deudas de los que andan dulces y golosos y las deudas de los secos hay una galaxia de distancia, como esa que separa al Indec de la olla y a la tele de la calle. 

El clima social y su pronóstico de sequía monetaria parecen contradecir la humedad que reina en la atmósfera tucumana. En su mascullar de penas y angustias, el rumor de la calle anuncia que no hay un mango partido al medio. Para percibirlo, basta charlar con amigos, compañeros y colegas. Basta con parar la oreja en cualquier debate de café o con sacarle conversación al conductor del Uber que encontró en la aplicación una forma de yapar sus magros ingresos. Como lo fueron Lucía y Joaquín Galán de los Pimpinela, Wisin y Yandel, Catriel y Paco, Precarización y Pluriempleo son la dupla del momento; síntomas inefables de una era que tiene a los laburantes –los que tienen la suerte de tener trabajo- llenando las horas del día con changas y emprendimientos para llegar a fin de mes. Y, si acaso no me cree, recorra las calles de su barrio y fíjese cómo han proliferado los almacenes, las pollerías y las bocas de expendio de productos de limpieza a granel. ¿Triunfo del libre mercado o derrota del empleo formal? ¿Reactivación económica o crisis? Pregúntele a sus bolsillos y pregúntese con una mano en la billetera o en la cartera: ¿Cuándo fue el último asado que comió? ¿Cuándo fue la última vez que se compró ropa? ¿Cuál fue el último gustito que se dio? Por lo pronto, ya hay sangucherías que ofrecen media mila como alternativa de menú económico. Ni hablar del resurgir del famoso milagato como sustituto de la milanesa de nalga. Apócrifo y a pedazos, ni el mayor emblema de nuestra gastronomía popular parece a salvo de semejante sequía. 

Contrariando cualquier percepción callejera, hace apenas unos días se conocieron los nuevos datos del Indec que indican un descenso significativo de la pobreza. Según las estadísticas oficiales, en el segundo semestre de 2025 la pobreza afectó al 28,2% de la población y la indigencia al 6,3%, mientras que en el primer semestre de ese mismo año se posicionaron en 31,6% y 6,9%, respectivamente (en el conglomerado del Gran Tucumán-Tafí Viejo, la pobreza bajó del 23,4% al 17,8% en el mismo período). Esa cifra actual marca el nivel más bajo de pobreza desde el primer semestre de 2018, durante la gestión de Mauricio Macri, cuando se ubicó en 27,3%. 

En principio, estos números parecieran avalar el discurso del presidente Javier Milei que afirma haber sacado a millones de argentinos de la pobreza (en una cifra que suele aumentar de a millones cada mes, sustentada vaya uno a saber en qué datos, y que últimamente rondaba los 15 millones de habitantes). Sin embargo, esas estadísticas no se ven reflejadas en los índices de consumo. Un dato revelador es que Argentina registra actualmente el más bajo consumo de carne vacuna de los últimos 20 años. De acuerdo con un informe reciente de la Cámara de la Industria y Comercio de Carnes y Derivados de la República Argentina (Ciccra), durante los últimos 12 meses (entre febrero de 2025 y febrero de 2026), el consumo per cápita fue equivalente a 47,3 kilos por año, lo que significó una reducción de alrededor de 1,2 kilos por habitante por año y una baja del 2,5% respecto al año pasado. Se trata de valores que tienen una diferencia de casi 15 kilos por persona comparado con 2005, cuando el indicador rondaba los 62,2 kilos por persona por año. En sintonía, en febrero de este año las ventas en supermercados registraron una caída de un 5,9% respecto al año pasado, según los datos que arrojó la consultora Scentia. Se trata de cifras que ponen de manifiesto la peculiar nigromancia de las estadísticas oficiales donde cada vez hay menos pobres, pero, extrañamente, esos salvados de la pobreza consumen menos. 

Y si de estadísticas hablamos, otro dato revelador de la marcha actual de la economía es el alto grado de endeudamiento de los argentinos. Desde tarjetas de crédito explotadas con deudas refinanciadas, hasta la necesidad de acudir a créditos o al usamico del barrio para levantar muertos que aumentan cada vez mes hasta volverse un auténtico apocalipsis zombie financiero. Según datos actuales de la consultora Centrix, más de la mitad de los hogares argentinos reconoce que no logra solventar los gastos esenciales hasta el día veinte de cada mes. Ante esto, la mayoría recurre a créditos pequeños o utiliza diferentes líneas de préstamos para cubrir, principalmente, necesidades básicas como alimentos y pago de servicios. Un relevamiento realizado por Focus Market, arroja que los hogares acumulan hoy más de $39 billones en deuda: $32,1 billones en deuda bancaria y $6,9 billones en deuda no bancaria. La deuda bancaria promedia $5.702.809 por cada hogar endeudado, mientras que la no bancaria se ubica en $1.149.431. Así como suben los niveles de endeudamiento, también son cada vez mayores las dificultades de los usuarios para pagar los créditos. En las billeteras virtuales y financieras, por ejemplo, el nivel de mora ronda el 25%. En otras palabras, las estadísticas indican que estamos cada día más endeudados y con la soga al cuello. Resulta sintomática en este sentido la aparición de publicidades de tarjetas de crédito que antes incitaban al consumo –después de todo, ese es su negocio- y que ahora apelan a un uso racional del financiamiento. Si hasta los bancos le tienen miedo al nivel de endeudamiento en el que vivimos, como dice el poeta: todos a los botes. 

Pero hay deudas y deudas. Mientras la mayoría de los argentinos se endeuda para poder parar la olla, en las filas del oficialismo nacional aprovecharon el auge crediticio para cumplir con el sueño de la casa propia. Es el caso del Jefe de Gabinete Manuel Adorni quien, al igual que el Duraznito de la canción –ese que pensaban que era retardado-, parece estar viviendo la buena vida. Se ve que anda dulce Manuel, pasó de reclamar por salchichas vencidas a las escapaditas a Punta del Este en avión privado. A esos gustitos aspiracionales se le sumaron un par de ranchitos de adquisición reciente: una casa en un country en Exaltación de la Cruz (su valor se estima entre 129 y 249 mil dólares) a nombre de su esposa, y un departamento en Caballito de más de 100 metros cuadrados (con una valuación de entre 300 y 350 mil dólares). Lo más llamativo de este notable caso de movilidad social ascendente promovida por el libertarismo es la forma en que logró acceder a este último inmueble el buen Manuel: lo hizo gracias al generoso préstamo de 200.000 dólares que le realizaron dos jubiladas, Beatriz Viegas y Claudia Sbabo, antiguas propietarias del departamento. Buenazas y desprendidas las Doñas, a tal punto que, según le confesó al diario La Nación, Viegas aseguró no conocerlo. Le habrá caído en gracia entonces de verlo en las conferencias de prensa, con ese carisma tan singular que lo caracteriza. Aunque en la última se lo haya visto un tanto apagado. Cansancio seguro, exceso de deslomamiento. Y algo de stress también, por qué no, como casi todos los argentinos, está tapado por las deudas el hombre. 

El que también se dio con el gusto de cumplir con el viejo anhelo del techo propio fue el diputado tucumano Mariano Campero. Según revelaron distintos medios nacionales, su nombre aparece entre funcionarios y tuiteros libertarios que se vieron beneficiados con jugosos créditos del Banco Nación para acceso a la vivienda (en la lista aparecen, entre otros notables, la diputada Lorena Villaverde, el diputado Santiago Santurio, el miembro del equipo económico de Toto Caputo Felipe Núñez y el tuitero a sueldo Juan Pablo Carreira, mejor conocido como Juan Doe). El año pasado y tras su heroica participación respaldando el veto de Milei al aumento en las jubilaciones y en la comisión del Congreso encargada de la investigación del caso $Libra, el pigmeo autóctono vio depositados en su cuenta los 275 millones de pesos correspondientes al crédito con el que pudo comprarse una casa en Yerba Buena. El diputado atribuyó a la casualidad que le hayan aprobado el crédito justo por aquellos días en que transitaba su prime legislativo. Tampoco, asegura, se valió de ningún privilegio político porque, como sabemos, eso es más propio de la casta; la maldita y empobrecedora casta que vinieron a combatir. Bien por él, “casado, casa quiere”, decían nuestros abuelos décadas atrás, en tiempos en que el acceso a la vivienda no era tan restrictivo. Con el nivel actual de los salarios, difícil que el trabajador promedio pueda acceder a un crédito que le permita comprarse una casa, por humilde que esta sea. Quizás, como con los sánguches por mitades, no quede más remedio que aspirar a sumar un bañito en el fondo, un poco de pintura o arreglar las goteras en los techos. Hay que conformarse con el caldo cuando la gallina está cara, le escuché decir a un viejo sabio. 

No deja de ser llamativa la reconversión de Campero –y no hablo de sus camaleónicos ideales partidarios- de hombre pro sector privado a este dispuesto a estirarle la manga a las instituciones financieras del Estado para cumplir con sus aspiraciones personales y familiares. Se trata de una prodigiosa prueba de fe en el sector público para quien, fiel al dogma libertario y a su condición de radical con peluca alineado al oficialismo, aboga por la reducción del Estado. Así como dicen que todos somos ateos hasta el momento en que el avión se viene a pique, los libertarios se muestran antiestatales hasta que logran meterse adentro y sacarle alguna tajada. Más que topos que llegaron para destruir al Estado parecen murciélagos gustosos de vampirizarlo. Tras ese disfraz discursivo de la moral como política de Estado que tanto repiten por estos días se ocultan intenciones non sanctas. Ya lo dijo Carlos Saúl Menem, uno de los filósofos de cabecera del régimen libertario: “Cuando alguien se sienta a tu mesa y habla de moral, de honestidad y de ética, cuando se va hay que contar los cubiertos”. 

Obra y gracia del tan mentado principio de revelación, cada vez resulta más evidente que los adalides del libertarismo y sus aliados de turno, lejos de implosionarlo, vinieron a sangrar al Estado. A sangrarlo hasta dejarlo seco. Bien seco. Crocante de seco.

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