Las amenazas de tiroteo en colegios tucumanos no son un fenómeno nuevo ni aislado: son el síntoma de un problema que la sociedad todavía no está dispuesta a mirar de frente.
Tucumán no está ajena a lo que sacude al país. Mientras en San Cristóbal un adolescente de 15 años ingresó armado a su escuela y mató a un compañero, en nuestra provincia los colegios Guillermina y San Francisco vivieron sus propios episodios de pánico: amenazas de tiroteo que movilizaron operativos policiales, revisión de mochilas y el miedo instalado en padres, docentes y alumnos. La pregunta que nadie quiere responder en voz alta es inevitable: ¿esto es un problema real o una broma que se fue de las manos?
Lo viví en carne propia. Anoche, en el grupo de padres del colegio, llegó la notificación: habían encontrado una amenaza en el baño. Lo primero que generó fue miedo. Miedo inmediato, visceral, sin tiempo para razonar. Aun cuando llegó el comunicado oficial del colegio intentando resguardar la tranquilidad con los anuncios de los operativos, el temor ya se había sembrado en cada uno de los miembros de ese grupo. La discusión fue inevitable: ¿lo mando o no lo mando? ¿Es una broma o es verdad? La incertidumbre se apoderó de todos nosotros. Y esa incertidumbre, aunque después todo quedara en nada, no se borra fácil.
La respuesta, lamentablemente, es las dos cosas. Y ahí está el problema. Pero lo que muchos no recuerdan —o prefieren ignorar— es que esto no es nuevo. En agosto de 2023, Tucumán ya vivió una ola de amenazas de bomba que obligó a desalojar el Colegio Nacional, la Sarmiento, la Normal y el colegio del Huerto en cuestión de días. Mismo modus operandi, distinto disfraz: mensajes anónimos, alarma generalizada, clases suspendidas y recursos del Estado movilizados para atender lo que, en la mayoría de los casos, terminó siendo una mentira. No aprendimos nada.
Vivimos en una época donde los adolescentes consumen contenido sin filtro, donde los challenges virales y la promesa de los 15 minutos de fama digital pueden llevar a un chico a escribir "tiroteo" en el baño del colegio o mandar un mensaje intimidatorio por WhatsApp sin medir las consecuencias. No lo hacen porque sean malos. Lo hacen porque lo vieron en alguna red social, porque alguien lo hizo antes y se hizo viral, y porque nadie les explicó que detrás de esa "broma" hay una familia aterrorizada, una institución paralizada y un operativo policial que cuesta dinero y recursos que podrían estar en otro lado.
Pero sería demasiado fácil cargarle toda la responsabilidad al algoritmo. Las redes sociales son el disparador, no la causa. La causa es más incómoda: la ausencia. Ausencia de adultos que sepan qué están viendo sus hijos, que tengan conversaciones reales sobre el contenido que consumen, que pongan límites sin miedo a parecer anticuados. El celular en la mano de un chico de 12 años sin ningún tipo de acompañamiento no es libertad, es abandono disfrazado de modernidad.
¿Quién es el culpable? Los dos. El chico que cree que es gracioso porque lo vio en TikTok y los adultos que miraron para otro lado. Tal vez sea hora de apagar el teléfono un momento y preguntarle a nuestros hijos qué están viendo. Antes de que la próxima alerta nos encuentre, otra vez, sin respuestas.