Ante la gravitación que han adquirido los hechos de violencia juvenil, considero que es un fenómeno complejo, que no es nuevo, pero que tiene algunos perfiles que obedecen a determinados acontecimientos económicos, sociales y culturales.
Foto Secretaría de Comunicación.-
Lo cierto es que convivimos en una sociedad violenta, que se reproduce desde quien conduce los destinos del país, como de la información de las redes, la desigualdad social, la falta de oportunidades y proyectos que llevan hasta el gran número de jóvenes que se suicidan.
El bullying en la casa, en el barrio, en el boliche, en el aula del colegio y de institutos y universidades es moneda corriente.
¿Acaso no es violento ver a niños muy pequeños pidiendo limosnas y a adultos revolviendo la basura?.
¿Acaso no nos preguntamos la causa por la cual el chico accede a un arma? ¿Acaso no hay armas en su hogar?
¿Acaso el joven tiene la posibilidad de dialogar, de plantear en su entorno o en la escuela su angustia, sus preguntas, sus expectativas?
El joven reproduce la violencia que vive diariamente, al no poder alimentarse, al no poder ir a la escuela, a sentir su “virilidad” amenazada y disminuida, acaso, no fomenta resentimiento no poder consumir lo que otros jóvenes consumen: celular de última generación, auto, educación o tener un trabajo. Y pretenden colmar sus faltas, generando miedo en el otro ser humano, para sentir que vale algo.
En los últimos tiempos ha habido múltiples congresos y encuentros que han girado sobre las disposiciones anímicas que genera la sociedad actual: miedo, depresión, angustia, tristeza, soledad.
Rita Segato sostiene, con lucidez, que la sociedad actual enseña a ser cruel y fomenta “una masculinidad hipertrofiada” porque en esos acontecimientos algunos jóvenes necesitan reforzar su identidad a través de la violencia, del tatuaje, de sentirse perro, gato o lo que fuera para colmar su carencia. Somos los adultos los responsables y sobre ello debemos reflexionar.