Su mirada indigenista nos pega una cachetada a todos los que habitamos este Tucumán feudal y silencioso. Lo hace con una cámara densa, casi salvaje, que no busca filmar sino tocar. | Por José Luis Mazza
Fotograma: Nuestra tierra, de Lucrecia Martel.
Soy un docente de la Banda del Río Salí que tuvo la suerte de compartir con un gran amigo las dos horas que dura el documental Nuestra tierra, de Lucrecia Martel. No estamos en Venecia o en Berlín. Estamos aquí, a pocos kilómetros de las aulas donde peleo todos los días por enseñar literatura y lo que se fragmenta no son encuadres: son cuerpos, familias y derechos básicos.
Su mirada indigenista nos pega una cachetada a todos los que habitamos este Tucumán feudal y silencioso. Lo hace con una cámara densa, casi salvaje, que no busca filmar sino tocar.
El sonido es el verdadero motor; un diseño sonoro que te mete en el cuerpo la tensión del monte y la vida de la comunidad. La directora mezcla de todo: videos caseros y fotos con drones de alta tecnología para mapear cómo se disputa el territorio.
No le interesan los testimonios acartonados; se detiene en los gestos mínimos y en los silencios para construir una verdad que se siente en la piel antes que en los papeles de Tribunales.
La cámara nos somete, nos pega a la nuca, nos asfixia con desenfoques y nos obliga a mirar lo que la justicia tucumana decidió ignorar durante una década.
El asesinato de Javier Chocobar no es un caso policial para ver con pochoclos; es la autopsia en vivo de un sistema colonial que sigue respirando en nuestras narices.
La película desenmascara ese argumento asqueroso de la defensa que decía que la comunidad de Chuschagasta estaba "extinguida". Esa es la metáfora perfecta de nuestra sociedad: si no me sirve, lo borro.
Martel responde a esa invisibilidad haciéndote sentir el calor denso de Trancas, el polvo de la impunidad y el peso de una tierra que sigue teniendo dueños con apellidos de alta alcurnia y manos manchadas de sangre.
Como educador en el corazón de la Banda, veo a mis alumnos cargar con ese mismo estancamiento. El sistema los prefiere así: desenfocados, en un segundo plano borroso de la política provincial, como si fueran parte del paisaje y no protagonistas. Este documental es, en realidad, un grito contra esa mirada perezosa de la clase media que prefiere un efecto visual mareante antes que una cámara que sea piel y oído. Busca la incomodidad de lo no dicho en un juicio que, al final del día, nos desnuda a todos.
El cine es el espejo donde Tucumán se ve viejo, sucio y violento. Lo más triste no es la película, sino que, al prenderse las luces de la sala, el plano secuencia de la injusticia sigue rodando afuera, por la avenida, sin cortes y a plena vista de todos.