TRIBUNA ABIERTA

La IA y el apocalipsis laboral, la pausa de Engels y Magnifica Humanitas de León XIV

El humanismo frente a la amenaza del posthumanismo tecnológico. Por Sisto Terán Nougés.

29 May 2026 - 17:09

(Imagen tomada de sistoteran.substack.com)

Este domingo me preparaba con mis lecturas habituales en la búsqueda de temas para abordar en mi columna semanal, cuando llegó a mis manos un artículo de The Economist, cuyo título me llamó profundamente la atención:

“Prepare for an AI jobs apocalypse”.

Lo consigno así en inglés, porque el idioma original del texto tiene una fuerza que intimida. En castellano sería algo así como “Preparémonos para un apocalipsis laboral causado por la Inteligencia Artificial”.

The Economist es una revista o publicación semanal que pertenece a una sociedad editorial cuyos propietarios mayoritarios son la familia Agnelli (40%) y la familia Rotschild (21%). Su plantilla de redactores está compuesta por unos 75 periodistas especializados provenientes de los cinco continentes, y su línea editorial es definida por ellos mismos como “un producto del liberalismo de Adam Smith y David Hume”. Apoyan el libre comercio, la globalización, el liberalismo cultural y la libertad individual. O sea que estamos hablando del órgano cuasi oficial de la ortodoxia económica internacional.

Por esta característica es que el artículo de marras adquiere un significado muy especial y preocupante. No es una publicación de izquierdas, que pudiera tener un sesgo antitecnócrata. Por el contrario, se trata de convencidos economistas liberales que nos están advirtiendo de un peligro inminente y que solicitan de los Estados mundiales la toma de precauciones normativas para impedir graves y dañinas consecuencias sociales como un resultado casi inevitable del progreso científico descontrolado que representa la Inteligencia Artificial.

Nos dice The Economist que estamos en la inminencia de un verdadero apocalipsis laboral, una destrucción de empleo nunca visto en la historia mundial. Inclusive estos portavoces de la ortodoxia económica traen a colación la llamada “pausa de Engels” y nos dicen que ese fenómeno sería muy pequeño en comparación con el tsunami que podría significar la catástrofe laboral que ocasionarían las modernas tecnologías.

Imaginen el asombro que causa ver a la flor y nata del pensamiento liberal citando al cofundador del comunismo internacional y exponiendo una tesis casi “malthusiana” advirtiendo contra las consecuencias del progreso tecnológico.

La irrupción de tecnologías novedosas no es un episodio singular en la historia de la humanidad. Esto pasó ya varias veces, y la teoría económica clásica sostiene que esa aparición genera dos impactos: un efecto de desplazamiento y un efecto de compensación.

La llegada de la tecnología ahorra inicialmente mano de obra, lo que implica desplazar personas de sus trabajos, destruyendo sus fuentes laborales y produciendo importantes daños individuales y colectivos. Ese sería el “desplazamiento”, que suele angustiar a las izquierdas tradicionales.

Pero luego el incremento de la productividad asociado a la nueva tecnología se traduce en salarios más altos, mayor demanda económica y generación de nuevos empleos. Esta es la “compensación” que alimenta la esperanza de las derechas ortodoxas.

La pausa de Engels

Engels se tomó el trabajo de estudiar las consecuencias de la revolución industrial en el siglo XIX y constató que la destrucción de empleos y caída del salario real fue inmediata, mientras que la recuperación salarial necesitó más de una generación para plasmarse en la realidad. Esa divergencia cronológica entre un desplazamiento súbito y una recuperación no instantánea, que produjo tremendos daños sociales a toda una generación de trabajadores, se conoce como la “pausa de Engels”.

A este tema se refiere The Economist, pero con mucho menor optimismo. Preocupados sus economistas exigen a los gobernantes del mundo, ¡y a los Estados!, la toma de precauciones inmediatas para impedir la consumación de lo que piensan podría considerarse una verdadera catástrofe social y laboral.

La nota escrita por partidarios fervorosos de la globalización nos señala que la aparición de China en el mercado global ha producido al menos la pérdida de unos 2 millones de puestos de trabajo en los Estados Unidos entre los años 1999 y 2011, lo que explicaría de algún modo los apoyos internos que permitieron a Trump iniciar una guerra arancelaria a escala global en el inicio mismo de su segundo mandato.

Esta consecuencia no deseada de la globalización sería nada en comparación con lo que se avizora para un futuro cercano como consecuencia del uso indiscriminado de la IA impulsado de manera desenfrenada por Silicon Valley. El panorama tan angustiante, es, al decir de los autores del artículo, ¡una distopía posible!

Una distopía es una sociedad ficticia caracterizada por la opresión, el control totalitario, la desigualdad extrema o la degradación social y ambiental. La Real Academia define el vocablo como “la representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana”.

Hacia ese precipicio nos estamos acercando a toda velocidad según The Economist.

Y esto los lleva a pedir que los gobernantes impulsen una intervención estatal inmediata para prevenir un cataclismo social. Además de ese accionar del Estado, solicitan se empiece a pensar seriamente en la posibilidad de generar un “ingreso básico universal”.

El texto concluye diciendo: La concentración de la renta debe ser confrontada rápidamente, antes de que su poder sea demasiado grande. El apocalipsis laboral no ha llegado todavía. Pero si los gobiernos esperan por evidencias concluyentes antes de crear una red de contención y salvataje, podría ser demasiado tarde. MEJOR EMPEZAR AHORA”.

Adjunto a los fines ampliatorios la nota reseñada de The Economist, y un breve artículo de la BBC respecto de la llamada “pausa de Engels”.

Tan rico es el debate de ideas que propone la nota de The Economist y sus implicancias conceptuales tan diversas, que me decidí a escribir esta semana respecto de su contenido.

¡Pero alguien mucho más inteligente, importante y lúcido se me adelantó!

El lunes 25 de mayo, apenas un día después de mis lecturas, León XIV publicó “Magnifica Humanitas”, la encíclica fundacional de su papado.

Desde su aparición la he leído tres veces, y en cada relectura encuentro aportes más valiosos y dignificantes de la condición humana. Como católico he sentido un orgullo contagioso por el coraje de un líder religioso que toma el toro por las astas y analiza el mundo contemporáneo descarnadamente, enfrentando sin dudar los intereses creados y el poder económico, tecnocrático y bélico que se esconden detrás de sucesos que no son casuales.

La encíclica de León XIV debiera ser de lectura obligada para todo aquel que tenga interés real en los asuntos del mundo y la evolución de la humanidad. Adjunto su texto con la esperanza de que se tomen ustedes el trabajo de hacer su propia interpretación de un texto que ha visto la luz en el momento más oportuno y como resultado de un imperativo moral imprescindible.

Lógicamente la redacción tiene formas pastorales, se trata de una expresión de un líder religioso, pero el contenido intelectual y la sabiduría que se transmiten son un aporte trascendente para entender los tiempos que vivimos.

León XIV toma la posta de sus predecesores, y toma como punto de partida el concepto de “rerum novarum” acuñado por León XIII ya en el año 1891, todavía en las postrimerías del lejano siglo XIX.

“Rerum novarum”, significa que las cosas cambiaron, estamos enfrentando la necesidad de hablar de cosas nuevas. El siglo XIX agonizaba entre profundos cambios económicos y sociales provocados por la Revolución Industrial y la consolidación de las ideologías capitalista liberal y socialista marxista.

Esto llevó a León XIII a su famosa encíclica que representó un intento fuerte de la Iglesia Católica por abordar los temas de su tiempo, no solo los estrictamente religiosos.

A partir de allí las encíclicas papales fueron constituyendo un entramado de pensamiento que se dió a conocer con el nombre de Doctrina Social de la Iglesia.

Con maestría León XIV nos va mostrando los aportes de todos y cada uno de sus antecesores que fueron dejando su huella en ese compendio doctrinario. Nos describe como ese discurrir tiene un hilo conductor que no es ni puede ser otro que el mensaje cristiano.

“Magnifica Humanitas” es una proclama social que abarca casi la totalidad de la extensión del quehacer humano. Tiene además como línea argumental esencial una defensa irrestricta y a ultranza de la dignidad del ser humano. El humanismo es el eje central del discurso. Nada es importante si no tiene en consideración al hombre de carne y hueso, con particular énfasis puesto en los más humildes y necesitados, los marginales de un mundo a la vez opulento y pleno de carencias materiales.

En el primer capítulo titulado “Un pensamiento dinámico fiel al Evangelio” recorre León XIV los primeros pasos de la Doctrina Social de la Iglesia y los refuerza con los dichos de quienes le antecedieron en el trono de Pedro.

En el segundo capítulo titulado “Fundamentos y principios de la Doctrina Social de la Iglesia” se reivindica la coherencia de la Iglesia en la defensa de principios que entiende liminares.

El principio del bien común, que, al decir del Concilio Vaticano II, consiste en “el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección”.

Cita a San Juan Pablo II cuando decía que “Dios ha dado la tierra a todo el género humano para que ella sustente a todos sus habitantes, sin excluir a ninguno, y en consecuencia no es conforme con el designio de Dios, usar este don de modo que sus beneficios favorezcan sólo a unos pocos”. Se trata aquí del principio del destino universal de los bienes, que León XIV no refiere sólo a los bienes materiales, sino también a los bienes inmateriales y culturales.

Nos dice que “existe un derecho a la propiedad privada que tiene su sentido y función propia, pero siempre subordinado al destino universal de los bienes”, y vuelve a citar a San Juan Pablo II quien dijo que “dicha subordinación es la regla de oro del comportamiento social y el primer principio de todo el ordenamiento ético-social”.

Sigue diciéndonos el actual Pontífice que “Hoy, entre los bienes que están destinados universalmente a todos, debemos incluir también las nuevas formas de propiedad, patentes, algoritmos, plataformas digitales, infraestructura tecnológica, datos. En un contexto donde la riqueza de las naciones depende cada vez más de conocimientos y tecnologías, cuando estos bienes quedan concentrados en manos de unos pocos, sin adecuadas formas de intercambio y de acceso, se genera un nuevo desequilibrio que contradice el destino universal de los bienes y alimenta la brecha entre los incluidos y los excluidos, entre quienes pueden participar y quienes permanecen al margen”.

Nos habla también del principio de subsidiariedad según el cual los procesos tecnológicos, hoy concentrados en manos de actores económicos no estatales que ejercen un poder fáctico sobre las condiciones de vida común, no se deben imponer “desde lo alto, de un modo opaco y unilateral”.

El principio de solaridad es también mencionado expresamente por Su Santidad y su aplicación en el mundo digital requiere que “las decisiones en materia de datos, algoritmos, plataformas e IA tengan en cuenta no sólo el beneficio inmediato de algunos, sino el impacto en todos los pueblos y en las generaciones futuras”.

Por supuesto que exige y demanda la vigencia del concepto de Justicia Social, el que se reconoce “por la capacidad de un orden social, económico y político que permita a todos, y en particular a los más frágiles, vivir de manera realmente humana, sin que ninguno quede atrás”, y reclama que “las grandes proclamas políticas en favor del pueblo y las ideologías comunitarias no sirven para nada si no están orientadas a la promoción de las personas -hombres y mujeres- con sus derechos inalienables. Del mismo modo, no basta con exaltar la libertad individual o la iniciativa privada, si después se acepta que una multitud de personas siga viviendo sin un trabajo digno, sin tutelas y sin acceso a los bienes fundamentales”.

El Capítulo tercero se intitula “Técnica y Dominio. La Grandeza de la persona humana ante las promesas de la IA”. Es aquí donde está el núcleo más resonante y novedoso del mensaje papal.

Trae a colación el mensaje del Papa Francisco en su encíclica “Laudato si” cuando denunciaba el creciente afianzamiento de un paradigma tecnocrático en el mundo globalizado: la tendencia a dejar que la lógica de la eficiencia, del control y del lucro gobierne por sí sola las decisiones personales, sociales y económicas. “Así se manifiesta con mayor evidencia que la técnica no es un simple instrumento y que, cuando se vuelve criterio, termina por establecer qué es lo que cuenta y que puede descartarse, reduciendo la creación a un objeto de explotación y a las personas en engranajes de un sistema cada vez más eficaz”.

Con ese antecedente León XIV nos advierte del peligro de la IA, y se explaya en temas contemporáneos que todos estamos viviendo con una aceleración pasmosa y sin que podamos asumir totalmente en toda su magnitud.

Es evidente que la técnica es una metodología de dominación. Y que los dueños de esa tecnología se apropian de la renta general y marcan las decisiones globales en condiciones dominantes.

En este capítulo los caminos de The Economist y León XIV parecen confluir. Desde distintas perspectivas ambos visualizan una catástrofe en ciernes y exigen toma de conciencia del problema y medidas precautorias de parte de las sociedades, en especial de los gobernantes.

Pero The Economist analiza la cuestión en función de los resultados sociales y económicos que proyectan sus reflexiones. León XIV adopta una actitud esencialmente moral y humanista, profundamente evangélica y cristiana, para abordar la cuestión.

Ninguno de los dos padece tecnofobia ni nada que se le parezca. Los dos están preocupados, uno nos formula una advertencia económico-social y el otro reivindica el origen ético del dilema que tenemos que afrontar.

Con extraordinaria precisión León XIV desgrana que es lo que es la IA, sus alcances, quienes están detrás de sus contenidos, sus intencionalidades, y sus implicancias concretas en la vida cotidiana.

Nos indica que, por las características de su diseño, apuntalado a criterios exclusivamente eficientistas y sin criterios humanos, la IA no puede ser considerada moralmente neutra.

Para León XIV es un equívoco “equiparar esta inteligencia a la humana. Estos sistemas imitan ciertas funciones de la inteligencia humana. Al hacerlo, a menudo la superan en la velocidad y la amplitud del cálculo, ofreciendo beneficios concretos en numerosos campos…las denominadas inteligencias artificiales no tienen tampoco una conciencia moral: no juzgan el bien y el mal, no captan el sentido último de las situaciones ni asumen el peso de las consecuencias”.

La imitación artificial de una comunicación humana positiva -palabras, consejo, de empatía, de amistad, de amor- puede resultar gratificante e incluso útil, pero en usuarios poco conscientes puede inducir a engaño y dar la falsa impresión de estar en una relación con un auténtico sujeto personal. Cuando la palabra es simulada, esta no constituye una relación, sino una apariencia…Entonces, el riesgo no es tanto que una persona esté hablando con otra persona, sino que pierda el deseo mismo de buscar realmente al otro”.

Y nos advierte que la IA tiende a aumentar sobre todo el poder de quien ya dispone de recursos económicos, competencia y acceso a los datos. A la luz del bien común y del destino universal de los bienes, este fenómeno suscita seria preocupación: pequeños grupos muy influyentes pueden orientar informaciones y consumos, condicionar procesos democráticos e incidir las dinámicas económicas en beneficio propio, contradiciendo la justicia social y la solidaridad entre los pueblos”.

Con crudeza el Papa nos advierte sobre los peligros que ya estamos verificando y nos dice que “quienes controlan las plataformas digitales tienen una notable capacidad para influir en el imaginario colectivo y presentar como deseable una determinada visión de la realidad”.

Hace hincapié en los niños y jóvenes, los más propensos a ser influenciados y nos dice que “tener un teléfono móvil personal demasiado pronto y usarlo sin el control de adultos puede acentuar la fragilidad y favorecer las adicciones exponiéndolos a dinámicas de aislamiento, acoso y ciberacoso, así como a la presión de compartir imágenes íntimas o datos”. “Debemos aprender a prescindir de la IA y proteger a nuestros jóvenes de la promesa de la máquina perfecta, de esa sutil seducción que hace aparecer inútil el pensamiento humano, precisamente cuando más se lo necesita”.

Más grave aún, “la omnipresencia de los medios digitales genera una cultura de la inmediatez y la sobreestimulación, que alimenta el cansancio, el aburrimiento y la apatía ante el esfuerzo que supone buscar la verdad”.

León XIV es claro, clarísimo. Pone el dedo en la llaga de una sociedad que está experimentando estos fenómenos que él describe y cuestiona. Es imposible reseñar la sabiduría de su encíclica, solo puedo mostrar algunos destellos, preciosos como la cima de un iceberg, pero que ocultan la base de sustentación portentosa de su pensamiento que abarca innumerables cuestiones, todas de actualidad impactante.

Como al pasar nos desliza que el funcionamiento de la intermediación financiera se ha producido abusos e injusticias evidentes y han creado crisis sistémicas en todo el mundo”. O afirma que la riqueza mundial ha crecido en términos absolutos, pero su concentración en pocas manos ha aumentado y los desequilibrios se han acentuado, tanto entre países como dentro de un mismo país: “pocos tienen demasiado y demasiados tienen poco”.

Advierte sobre la tecnología aplicada a la guerra y nos manifiesta su preocupación ante el hecho de que las decisiones sobre la vida y la muerte se tornen impersonales y se presente el uso de la fuerza como una opción inmediata y viable. No existe algoritmo que haga que la guerra sea moralmente aceptable”.

Con modernidad reclama un cambio en los sistemas de medición de las economías nacionales, hoy basadas en el vetusto criterio del Producto Bruto Interno, que soslaya completamente aspectos esenciales del bienestar general de las personas y del medioambiente. Y pide que el acceso al trabajo para todos sea el objetivo prioritario de las políticas públicas, adoptándolo como un criterio de juicio para evaluar la calidad humana de un proceso de desarrollo.

En la parte más notoria de la encíclica, esa que llamó la atención de la media mundial y que sirvió para rotular la noticia, León XIV nos insta a “desarmar” la IA.

“Desarmar la IA es sustraerla a la lógica de la competencia armamentística, que hoy ya no es sólo militar, sino económica y cognitiva. Es la carrera por el algoritmo más eficaz y el banco de datos más amplio, para consolidar una ventaja geopolítica o comercial sobre todos los demás. Desarmar no significa renunciar a la tecnología, sino impedirle el dominio sobre lo humano. Significa sustraerla a los monopolios, hacerla discutible, refutable, y por tanto habitable, restableciendo en ella la pluralidad de las culturas humanas y de las formas de vida”.

Y concluye diciendo: “Encontrémonos, dialoguemos, negociemos ¡La guerra nunca es inevitable, las armas pueden y deben callar, porque no resuelven los problemas, sino que los aumentan, porque pasarán a la historia quienes siembran la paz, no quienes cosechan víctimas, porque los demás no son ante todo enemigos, sino seres humanos: no son malos a quienes odiar, sino personas con quienes hablar. Rechacemos las visiones maniqueas típicas de los relatos violentos, que dividen el mundo entre buenos y malos”.

Nada que agregar. León XIV es un titán que se ha puesto al frente de la humanidad para exigir el retorno al sentido común, a la búsqueda del diálogo, a la equidad social, a la protección de los más débiles. Con valentía expone los intereses escondidos detrás de un relato armado que nos divide y nos deshumaniza.

Por favor, lean la encíclica1, difúndanla, y perdón por la extensión de un texto que sin dudas no puede transmitir en toda plenitud los alcances de este llamamiento universal a la preservación de la dignidad humana, el amor y la Paz.

Buenos Aires, Mayo 28 del 2026

Sisto Terán Nougués



Artículo publicado originalmente en sistoteran.substack.com.


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