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El karma de San Martín: por qué no puede en Ciudadela

ANÁLISIS

El Santo contagia de ilusión a sus hinchas con los triunfos como visitante, pero siempre le pasa algo en casa y no logró cerrar el año con el triunfo tan esperado.

El Santo no pudo contra Dálmine en casa. FOTO Prensa Viola





¿Por qué no puede? Juega aquí, en Ciudadela, en su estadio, entre sus hinchas, con el aliento ahí, en la nuca, de principio a fin, con la chance clara, concreta, inmejorable de bajar a un candidato, y prenderse ya, ahora, de una vez por todas, en la lucha en serio por el ascenso, y cerrar el año en casa con cohetes y bengalas, y hasta descorchar la primera sidra, y dos también, en un kiosco de la Pellegrini a la salida. Pero no. No puede. San Martín no puede ganar en casa. No hay caso. Y el caso, a esta altura del partido, ya es un karma.

Claro que San Martín puede volver a coparle Jujuy a Gimnasia y volverse por las rutas con los tres puntos, como de hecho lo viene haciendo cada vez que sale de Ciudadela, con los triunfos en Corrientes y Junín. Es más: cualquier equipo como el de Cagna que haga la media inglesa invertida, y gane afuera y empate de local, estará tejiendo una campaña de puntos para soñar en grande con el ascenso 2018. Pero sin triunfos de local no es lo mismo. Ganar acá son más que tres puntos, son la última puntada al traje de candidato. Los tres puntos aquí, simbólica y sentimentalmente, valen más que tres puntos allá. ¿O no se sacrificaría una derrota como visitante con tal de volver a ganar como local?

A través de la tele, de la radio o de las redes sociales, llegan las buenas noticias cuando San Martín juega fuera de casa: los titulares de los diarios dicen que el equipo gana, que encontró el orden, que el mediocampo maneja los tiempos, que entran todas: bombas de Pampu González, de Galeano, latigazos de Gonzalo, todas. ¿Y aquí? San Martín sale con un ritmo arrollador, con ganas de comerse crudo al rival, de pasarlo por arriba, y hasta de concretarlo como lo hizo contra Quilmes e insinuaba contra Dálmine. Pero basta que aparezca una grieta defensiva en el fondo y pum, a la primera de cambio, gol de los otros. El karma empieza a aparecer y toda la tarde en Ciudadela se hace pregunta: ¿otra vez?

El karma, esa ley universal que explica que cada efecto tiene su causa, y cada causa su efecto, sigue creciendo con el correr de los minutos, a correr sin rumbo definido, a correr sólo por correr como Busse por derecha, o Matías García por izquierda, olvidándose en esos momentos críticos del buen pie que los hace distintos, de la pausa necesaria para enfriar la cabeza, para bajarle el vértigo que genera la desesperación del empate.

Hasta Gonzalo entra en ese frenesí: los deja como postes en un movimiento, entra al área, es gol de San Martín, tiene que ser gol de San Martín, pero, con Bieler a disposición, elige mal, no piensa, y le pega al primer palo, desviado. Y esa energía se traduce a sus compañeros de ataque: Gonzalo vuelve en sí, vuelve a limpiar rivales en el camino, le dice al Taca tomá y hacelo, pero al 9 se le traba el pie en el pasto y de qué karma ni karma me vienen a hablar: llamen al exorcista.

Pero a falta de brujos y otras hierbas, llega el entretiempo: durante quince minutos bajan las pulsaciones, las palabras de Cagna se encargan de sahumar el vestuario, se renuevan las energías positivas y se ahuyentan los maleficios. Entonces San Martín sale al complemento como lo hizo en el primer tiempo: y guapea de arranque, y Matías García crece, y Maxi Martínez contagia desde el fondo, y Gonzalo le quema las manos al arquero de Dálmine, y ya todos se ponen de pie en la platea, y llega la pelota al pie abierto de Bieler que se saca la mufa de encima y marca el gol del empate y en el festejo se lleva su dedo a la sien, loco como los hinchas que cantan por el ascenso, o cuerdo como capitán, pidiendo inteligencia para los treinta minutos por delante, mucho tiempo para torcer la historia.

A los hinchas no les pidan más de lo que hacen: hasta detienen el partido cuando faltan cinco minutos para el final, lo hacen con su fiesta inolvidable de pirotecnia, algunos se enojan pero después terminan pidiéndose fuego para encender una bengala. El que no se prende es el equipo que, después del gol y salvo por una clarísima de Busse, vuelve a caer en la celeridad y ya no logra la tranquilidad necesaria para dar vuelta un partido tan bravo y tan esperado por todos como el triunfo en Ciudadela que no llega, y que, creer o reventar, habrá que esperar hasta el año que viene.