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El violinista del Penal de Villa Urquiza

HISTORIAS DE ACÁ

Diego Guzmán es venezolano.Vino a Tucumán para formar parte de la Orquesta Estable de la Provincia. Ahora dicta un taller para presos, en busca de su reinserción. “Hubo una transformación dentro del penal", asegura.

Foto de la cuenta de LinkedIn de Diego Armando Guzmán Villalobos.-





Desde Tucumán hasta el mar hay 1.650 kilómetros y unas 18 horas de viaje. Pero en Venezuela la playa queda solo a 40 minutos desde Caracas. El recuerdo de Diego Armando Guzmán Villalobos, de poder sacar el auto para irse a la costa más cercana con su familia, parece una brisa marina en medio de un clima de 40 grados en el centro tucumano.

Él llegó desde Venezuela en agosto de este año y pasó las audiciones para formar parte de la Orquesta Estable de la Provincia. Como director de orquesta y docente, conformó junto a Marcelo Ruíz el primer taller de violín del Penal de Villa Urquiza.

La música es un elemento que no solo transforma a las personas, sino que además cambia todo lo que está alrededor, afirma Diego. Y dentro de la unidad 5, donde están alojados los reclusos más jóvenes, los sonidos del violín tienen más poder aún. “Que practiquen en su celda los transforma y transforma su entorno: a sus familias, sus compañeros, sus parejas, todos se involucran en el proceso de estímulo musical que ellos transmiten al mundo entero”.

Foto de actualy.es.-


La relación de los muchachos del taller con sus familias, con los guardias y con sus compañeros de reclusión cambió radicalmente desde que se creó el espacio. “Hubo una transformación dentro del penal: cambió el entorno porque los que no toman clases están afuera viendo qué están haciendo los del taller, entonces eso los inspira a inscribirse”, observó Diego.

En ese entorno también está el personal del penal: “Nos pasó que salíamos de una clase y lo abordaron a Marcelo para decirle que cómo era posible que no les den clases a ellos, así que organizaremos una cátedra para los guardias”.

Los muchachos del taller de violín comenzaron siendo 15 y luego se sumaron cinco más. Aprendieron en tres meses a dominar el instrumento y a interpretar canciones de todo tipo: clásicos, folklore y reggaetón. Este último estilo sirvió como nexo para que los profesores se ganasen la confianza y el interés de sus alumnos.

“Cuando llegamos con Marcelo pensando los dos en qué íbamos a tocar para los muchachos; de repente se nos ocurrió Despacito de Luis Fonsi, y yo me acordé de una canción de Ozuna, muy popular en Venezuela”, cuenta Diego sobre su primera impresión cuando llegó al penal.

Para Diego el enganche con los ritmos de moda sirvió también para romper el prejuicio de los reclusos sobre tocar un instrumento musical cuyo nombre tiene una connotación particular en la jerga de la prisión.

“En ese contexto usaban la palabra violín de otra forma, entonces, cuando llegábamos a las primeras clases nos decían ‘ahí vienen los violines’”, desatando las burlas de los alumnos. “De ellos a nosotros existía un prejuicio, había un choque por lo que les dirían sus compañeros por tocar el violín, pero no pasó de ser una broma y luego comenzaron a recibirnos con mucha calidez”.

La iniciativa del taller surgió de la Dirección de Producción del penal y un precedente similar a esta experiencia, explica Diego, se dio en algunos recintos penitenciarios de Venezuela. “En el Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles hay distintos programas: uno dedicado a niños especiales, otro a la atención hospitalaria y a la población penitenciaria”, detalla.

El programa de conformación de orquestas se realizó en tres cárceles venezolanas, en las que se impartieron clases de diferentes instrumentos. “Fueron orquestas sinfónicas completas que hicieron conciertos dentro de las prisiones y el impacto fue tal que se aprobó la posibilidad de que los reclusos dieran una serie de conciertos extramuros”, relató Diego. La oportunidad llevó a que los internos pudieran tocar en el teatro “Teresa Carreño”, una de las salas más importantes de Venezuela. Después de esa experiencia a muchos presos se les otorgó la libertad.

La dificultad más grande de enseñar violín a jóvenes de un penal que, en su mayoría, jamás aprendieron otro instrumento es pronunciar la frase “la clase terminó”, afirma Diego. “Son dos horas de curso, dos veces por semana, y cuando haces las cosas con gusto el tiempo se te va volando y final los muchachos me piden que toque algo para ellos, sino me comentan sobre otras actividades: uno de ellos me dio una libretita donde había escrito unos versos y me pidió que le pongamos música”. La mayor retribución de los alumnos para Diego es que puedan expresarse, escribir y cantar a partir de lo que aprenden en el taller de violín.

“En una de las clases uno de los muchachos, supe fornido y alto, se nos acerca a Marcelo y a mí con actitud desafiante y nos dice: ‘Profesor, toque Titanic’”. La petición desató las risotadas de sus compañeros, pero después la canción ejecutada por Diego puso a todos en un clima de melancolía, recuerdos y lágrimas. “En el taller pueden soltarse y expresarse”.

Diego aseguró que la música además es un factor de inclusión en una sociedad marcada por profundas desigualdades. “Ya no es solamente para los que pueden estudiar en conservatorios, sino para aquellos que tienen acceso gratuito a las orquestas y se les facilita el instrumento y la enseñanza de los profesores”.

El taller de violín brindó hoy su tercer concierto dentro del penal junto a la Orquesta Divino Niño. La presentación fue especial porque condensó todo lo aprendido en tres meses. El objetivo a largo plazo, explicó Diego, es lograr una presentación extramuros y la reinserción de los nuevos músicos en la sociedad. “En el momento en que salgan en libertad, no solo tendrán la posibilidad de conseguir un trabajo digno con la música, sino también podrán hacer trabajo pedagógico al enseñar”, auguró.

“Acá en la Argentina creo que no hay ningún otro penal donde estén brindando clases de violín o conformando orquestas, desde Tucumán somos pioneros en ese sentido”, remarcó Diego y agradeció a las instituciones que apoyaron la iniciativa, entre ellas la Pastoral Penitenciaria que donó gran parte de los instrumentos usados en el taller y a las Misioneras de la inmaculada Concepción con su grupo Promoción Humana.


Tucumán es un polo musical

Diego visita la Argentina desde 2007, cuando formaba parte de la Orquesta Simón Bolívar. A principios de este año buscó la forma de continuar su carrera musical y docente fuera del país. Como segundo hogar para él y su familia eligió Tucumán.

A pesar de haber podido conocer las grandes capitales mundiales de Europa y América Latina, se quedó en el norte argentino, porque "para quién está en el mundo del arte, Tucumán es una opción maravillosa".

“Elegí esta provincia por varias razones: la primera, porque aquí tuve la oportunidad para concursar en una orquesta profesional. Segundo, porque basándome en la experiencia que tuve en otras provincias, en ésta hay un movimiento musical muy fuerte: es una ciudad con dos orquestas profesionales y muchísimas orquestas juveniles, algo que sucede en pocas ciudades de la Argentina”, valoró el músico.