Diario de viaje: San Martín y un Pueblo a la espera del gran día
ASÍ SE VIVE
Crónica de un sábado inolvidable que empezó bien temprano en Ciudadela, siguió en una caravana histórica, reventó el aeropuerto y aterrizó en Aeroparque.
La procesión de San Martín, la caravana de un Pueblo que sueña con el ascenso.
Buenos Aires (Enviado especial).- El día de San Martín empezó en la avenida Sarmiento, frente al Casino, con dos hinchas en moto. El conductor llevaba el casco como una maceta dada vuelta, con el gorro por debajo del casco, un gorro de otros ascensos, el que tiene el dibujo del Malevo, el hincha de raya al medio, cigarro atado, tajo en la cara y bufanda del Santo, la histórica creación de Sirgo. Tiras de lana roja y blanca salían del gorro y le pegaban en la cara al que iba atrás en la moto con un bostezo en O como un gol, pero un gol a las ocho de la mañana, la hora que empezó el día, el gran día de 72 horas que más esperó San Martín de los últimos diez años.
Cuando el semáforo de la Sarmiento se puso en verde, esos dos locos se perdieron entre los autos y aparecieron en Ciudadela. Eran las ocho y media y se encontraron con otros autos, con otras motos, todos subidos a las veredas de la Pellegrini, cerca de donde cuida los autos el doble del Tigre Amaya, doblando por la Lavalle, frente a la placita y esa hamaca en la que jugabas en el 88, en el 92 y ya en el 2008 la cancha te pasó factura. Ahí, desde ahí, desde la Roca, o por la Matienzo, se colgaron los trapos entre palo borracho y palo borracho, se abrieron los baúles con parlantes con la Mona al palo y abrime la cancha que no se aguanta más.

Puertas adentro, los hinchas, los miles de hinchas que sueñan con San Martín campeón, a los únicos que San Martín puede despertar un sábado a esta hora, esos hinchas empezaron a jugar su partido y reventaron la Bolívar, se subieron a lo más alto del alambrado, no había Voz del Estadio para bajarlos, colgaban los trapos de La Banda del Camión, el emblemático de Tafí Viejo con el blanco ocre como el tiempo, el del Oeste II, los más nuevos que hace Seba
Moyano con aerosol y una frase con destino directo: "Me verás volver y te arrodillarás", todo al compás de Flaysito, la percu y los vientos para acariciarle la cara a ellos, a los que jugarán el lunes, a los que se les da las gracias por los huevos que ponen para ser campeón.
Son ellos, los jugadores, los que tienen que entrenar y no pueden, todavía no pueden: Nacho Arce se codea con Taca Bieler, Maxi Martínez tiene ganas de llorar, Busse agita el hombro que puso en el momento más difícil, Galeano le reza al cielo porque lleva la bandera de la Fe mientras Dante Bautista guarda a la Virgen y a los Santos en el bolso de las ilusiones, y así se suben en el micro especial, el que condujo José María todo el campeonato y ahora los lleva hasta el aeropuerto a paso de hombre, con más motos y más autos e hinchas que no pueden sumarse y se quedan filmándolos con los celulares mientras Maxi y Busse sacan el cuerpo por la ventanilla como Caco o el Taca y filman todo y lo suben a Instagram mientras aquí, en el clima señorial del Benjamín Matienzo, desde las seis de la mañana están Rafael Chavero, Facundo Soler y Alejandro Escalante Morales, los primeros en llegar a las 6 de la mañana: "Hace dos semanas que no dormimos, desde que planeamos el viaje".

La historia de los tres amigos de barrio El Bosque es la de muchos: sacaron los pasajes cuando todavía no se sabía ni cuándo ni dónde se jugaba el partido del lunes. Y los sacaron con regreso para este domingo, y no pudieron cambiar el pasaje, y perdieron la guita, y les reprogramaron el viaje dos veces. Y casi no llegan al embarque porque mientras una señora encargaba empanadas congeladas para su hijo que estudia en Buenos Aires, la banda del Santo copó el hall del aeropuerto y ví a personas cantándole al cielo, besando fotos de sus viejos, cargando a sus hijos en los hombros, flameando banderas, y haciendo el pogo más grande de los últimos tiempos porque esta es la banda de Ciudadela, está bailando la tarantela, se mueve para acá, se mueve para allá, esta es la banda más loca que hay, mientras un changuito en silla de ruedas quedaba en el medio de todos y los hinchas le prometieron el ascenso.
Pero llegan a tomar el avión los tres amigos del Bosque, viajan los tres juntos en la fila 30 por primera vez en avión y van callados porque no saben cómo se movió el avión arriba, porque venía tranquilo este gran botellón con turbinas, pero en un momento se le transformó la cara a la azafata y el gorro de Rafael le pegó de lleno al techo del salto que dio, cerca de las máscaras de oxígeno y un "¡Juegue San Martín!", cuando aterrizamos sanos y salvos para lo que seguía.
Lo que seguía era ya en Aeroparque, con los jugadores y Forestello y Sagra y Seri pasándose los videos de lo vivido en Tucumán, recogiendo los bolsos al lado de un grupo de veinteañeras que le hacen la despedida de soltera a Maru y rompen la escena con gorras rosas y la promesa de un fin de semana largo inolvidable, un contraste y de los grandes con los hinchas que esperan en Aeroparque, como la banda de Alderetes que se saca fotos con todos los jugadores que puede mientras Gonzalo Rodríguez firma más autógrafos que nadie, como si recién saliera de romperla en Ciudadela el sábado pasado contra Brown de Madryn, todo mientras están pesados los bolsos para el entrenamiento de este domingo en La Quemita y se agita un baúl con las camisetas que transpirarán en busca de la gloria, y dos bolsones de pelotas se caen antes de meter todo en la bodega.
Diluvia en Buenos Aires: las olas del Río de la Plata pegan como Acevedo o el Paragua cuando hace falta, rebotan y salpican los puestos de hamburguesas de la Costanera donde aparece otro grupo de hinchas inconfundibles con sus camperones rojos clavándose una hamburguesa tamaño plato y qué Paty ni Paty, dame otra hamburguesa, compare. Y una Brahma si no hay otra, qué se le vacé. Es la banda que llegó para pechar como sea en Adrogué el lunes, pero que antes tiene un asado esta noche en Lanús y consigue una SUBE para tomarse el 130 cartel rojo: casi dos horas más, pero no importa, a esta altura del campeonato ya no importa más nada, todo, absolutamente todo se justifica detrás de un sueño, del sueño por el que nadie duerme como este gordo en el subte de la línea D que tiene que combinar con la H para bajarse en el Once donde aparece otro camperón y uno más con la Lotto amarilla que usó Cortés el miércoles de la resurrección contra San Martín de Mendoza, ¿te acordás?
Claro que te acordás, y de este viaje tampoco te vas a olvidar. Hay una procesión que va por dentro y es la que viaja a pie, en moto, en auto, en micro, en avión, en colectivo y en subte. Que seguirá en tren o combi el lunes hasta las puertas de la cancha de Brown de Adrogué, con el celular pegado a los ojos y la radio al oído, pero primero San Martín, siempre San Martín, capaz de sacudir la vida de miles y miles de hinchas a las puertas de otro ascenso, al que le falta un paso, el último, el que ideó Forestello desde que llegó y contagió en sus jugadores la mística que estos jugadores sienten y buscarán plasmar en la cancha para que la vuelta a Ciudadela sea todavía mejor que la ida, sí, todavía mejor, la que se espera como nunca desde hace diez años, como toda la vida.








