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San Martín, la promesa de cambio y nada nuevo bajo el sol

ANÁLISIS

El Santo sumó otra decepción como local en Ciudadela y no puede salir del pozo en el que ha caído. El nuevo técnico y lo que viene.

San Martín no levanta cabeza en el campeonato. FOTO CASM Oficial.





No queremos comenzar este espacio sin mandarle un afectuoso abrazo al notable que puso a rodar una pelota en Tucumán un domingo al mediodía con 40 grados. Es la temperatura que corona el termómetro que ha sido la semana de San Martín: los siete días más difíciles del año, desde aquel empate contra un equipo de San Luis cuyo nombre ni siquiera viene al caso. Pero el tiempo es un detalle: lo importante es parar la pelota, justamente una de las tantas cosas que le falta a San Martín. Ponerla bajo la suela, mirar el panorama, hacerte visera si el sol no te deja ver, pero parar, pensar, porque hasta el momento el vértigo de las decisiones dentro y fuera de la cancha no han dado resultados positivos en Primera.

Ese clima del que hablábamos la semana pasada empezó con los nubarrones que dejó la imagen del equipo de Liniers, una imagen floja pero sobre todo inexplicable después de lo visto contra Boca. “Es raro, algo tiene que haber pasado”, fue la sospecha de los hinchas apenas terminado aquel partido. Más allá de los rumores que tampoco vienen al caso, lo cierto es que el presidente Roberto Sagra dio por finalizado el ciclo de Forestello y el resto de los días estuvieron marcados por la absoluta incertidumbre: la de quién será el nuevo técnico por un lado, y la de qué pasa con los jugadores por el otro. Esa incertidumbre se respira en las prácticas, se mete en la cabeza, circulan nombres, algunos ilusionan como Almirón, otros sorprenden como Palermo, y el de Osella que oscila entre la expectativa de la promesa de ser un técnico saca-resultados y el pesimismo de ser uno más. Ah, y hay alguno por ahí que pensó en Coyette.

Sea quien sea el elegido, hay un comportamiento lineal que le está jugando en contra a San Martín y ese comportamiento está marcado por la ansiedad, por la celeridad de las decisiones, porque se declara que van cuatro fechas (ya van cinco), se pide calma, se evita hablar de una crisis, pero se mete un volantazo como si fueras directo a chocarte contra un acomplado en una ruta de noche sin luces y tampoco aparecen las luces a pleno sol del mediodía: una muestra es la única situación clara y concreta de gol que ha tenido San Martín este domingo en los pies de Petryk y esa masita sin envoltorio a las manos del arquero de Argentinos.

Pero no le vamos a echar la culpa a Petryk. Porque más allá más de los nombres, sigue faltando la jerarquía que Primera demanda, la que tuvo el equipo para ascender sin ir más lejos, la agresividad desde el comienzo, las sociedades internas, los generadores de juego, la eficacia adelante. Atrás está Acevedo, quien marca el camino de la superación, capaz de dar el ejemplo de que se puede ser todavía mejor que en la categoría pasada. En el medio está Arregui, el 5 que necesitaba San Martín y que casi se va a las manos con un rival porque las cosas no salen, y algunos jugadores lo expresan así y es preferible eso que la tibieza, la furia que la cabeza gacha, el enojo que las dudas de si encaro o no, de si defino de una o no, de si soy capaz de ponerme el equipo al hombro o no.

Hay que pegar todos los gritos que sean necesarios puertas adentro, cambiar el chip, llámenle como quieran, pero por lo pronto hay que adaptarse rápido a la idea del nuevo técnico, y que el nuevo técnico se adapte rápido al equipo. Porque así no va. De ninguna forma de esta forma va. En Ciudadela hay que ganar. Hoy había que ganar. Y el lunes que viene contra Banfield hay que ganar. Nada es de vida o muerte en este juego, pero el plantel, como lo asume Matías García, sabe la responsabilidad que tiene en sus espaldas y cuando los resultados no llegan esa carga cada día pesa más. El margen de error comienza a achicarse con el correr de las fechas. Los errores cometidos están a la vista. Es hora de que el ciclo que comience el martes sea un acierto, de que llegue el cambio prometido. Y que esta vez no quede sólo en una promesa.