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El último acto de amor de Miguel, el héroe de Famaillá

HISTORIAS DE ACÁ

Dio el ejemplo de valentía y coraje cuando rescató a cuatro niños atrapados en el río Colorado. Dejó su casa, se mudó al ex Aeropuerto y redobló la apuesta: "A los chicos no les podés decir que no".

Miguel y su hijo, el día que fue ovacionado en Ciudadela. Foto San Martín Oficial.





La historia de Miguel Giménez y su ayuda por los más chicos empezó la tarde que la crecida del río Colorado se llevaba a los hijos de una familia. Habían estado refrescándose en sus aguas cuando de repente quedaron atrapados, sin poder salir, con el caudal incesante a punto de taparlos o arrastrarlos hasta que el héroe de Famaillá entró en acción: pidió que le ataran sogas a la cintura y lo bajaran desde el puente al rescate. Uno a uno fue sacándolos y el gesto le valió el reconocimiento de un estadio de Ciudadela lleno para aplaudirlo y del Gobierno de Tucumán con un trabajo digno.

Pasaron los meses y mientras Walter Monzón, el héroe del río Gastona en Concepción, ponía fin a su vida ahorcándose de un puente luego de las promesas incumplidas, los ojos volvieron a posarse en Miguel, quien en ese entonces le anunciaba a eltucumano.com la intención de poner un comedor y cumplir su sueño: seguir ayudando a los que menos tienen. Lo decía mientras atendía el almacén Lourdes Anahí que había puesto en Famaillá: "He edificado con la compra de cemento y armé la parte de adelante. A través de la ventana atendemos a los vecinos. Pero qué querés te diga, amigo: están difíciles las cosas. Algunas familias que vienen no tienen para comprar. No todas las familias tienen trabajo. Y me duele mucho. Por eso les fío, pero nunca voy a poner un cartel de las personas a quienes les fío. Tampoco voy a andar cobrándoles si no tienen: ¡cómo voy a cobrar un kilo de azúcar! ¡Un kilo de pan! ¡Un paquete de fideos!"

Y en noviembre ya soñaba en voz alta: "Quiero poner un comedor para la gente que no tiene qué comer. Eso me gustaría hacer para ayudar a los vecinos de mi barrio. Pero sé que tampoco es la solución: la gente tiene que tener trabajo, amigo. Y lo que también me gustaría es ser bombero. Me gustaría entrar a la Policía de Rescate para rescatar a las personas como me pasó antes o a los que se pierden en los montes. Ese es un lindo objetivo para lo que viene. El trabajo es lo más importante de todo. A mí los políticos me cumplieron, no me quejo, pero otros no tuvieron la misma suerte y eso... eso también me duele".

Hoy, en los últimos días de marzo, mientras el frío empieza a pegar en Tucumán y Miguel Giménez está a punto de sumarse a la Policía de Rescate, ahora el héroe puso en marcha su deseo. “Dejamos Famaillá y nos vinimos a vivir con mi familia a una casa en el barrio ex Aeropuerto. Era de mi papá, pero falleció y estaba abandonada. Desde que estoy acá, veo las noticias de todos los días y vos viste cómo está todo. Hasta que un día no aguanté más, cobré y con el sueldo me fui a comprar una olla, 20 tazas, un fardo de azúcar y una caja de leche. Así nació el merendero”.

Son las siete de la tarde de este jueves y el merendero popular acaba de cerrar sus portones. Funciona desde hace tres días y Miguel lo cuenta: “Me he reunido acá con la gente, me decían que no tenían ni para pagar la luz. Con el puesto que me ha dado don Jaldo yo pude acceder a un sueldo, pero hay gente que no llega. Nos hemos reunido con los vecinos y decidimos ofrecer chocolatada con tortillas. Los chicos salen de la escuela y vienen directamente para acá, no se van ni a cambiar a las casas”.

El merendero queda en la calle French 580. A las tres de la tarde, Miguel y un grupo de 15 vecinos empiezan a calentar el agua, a limpiar el comedor, a poner los tablones, los manteles rojos y blancos como todo lo que cuelga en las paredes junto a los cuadros de Juan Domingo y Eva Perón, banderas y banderines con los escudos de San Martín. “Cuando terminan las clases vienen corriendo desde tres escuelas que quedan cerca: la Matienzo (a la par del Gómez Pardo), la Lola Mora en el barrio 20 de junio (San Cayetano), y la Delfín Gijena, que es la que está está más cerca. Compré 20 tazas, los vecinos me donaron vasitos, pero no alcanza: 60 chicos vienen todas las tardes”.

Miguel pone buena parte de su sueldo y está preocupado porque cobra recién el 5 y las cosas empiezan a terminarse: “Hacemos vaquitas con los vecinos. Cada uno pone 10, 20 pesos, lo que puede: pero no hay nada que me impida dejar de darles la merienda. No les puedo decir que no a los chicos. Les doy una taza de chocolatada, y se ponen contentos. Cuando les doy una tortilla o una factura, se ponen más contentos. Si hay, les hago repetir. Por suerte la gente de una panadería vecina nos dona facturas, tortillas, pero no sé hasta cuándo. Y se me está terminando el azúcar. El fin de semana no hay clases, pero no puedo cerrar. Hay que estirar para que duren las cosas”, se quiebra Miguel, golpeado como muchísimas personas con la realidad que vive el país.

“Hay que darles a los chicos. No me importa cómo, pero a ellos no se les puede decir que no. Con cómo está el país, todo el mundo necesita. Hay veces que viene dos gentes mayores y nunca les dije que la merienda era para los chicos. Los veo y pienso en ellos como si fuesen mis padres, mis abuelos. No sé por qué se pelean los gobiernos, ¿y la gente humilde? ¿Y los chicos?”, se pregunta Miguel Giménez, quien recupera la sonrisa que lo acompaña cuando cuenta una promesa que les hizo a los chicos. 

“Ahí les prometí que cuando cobre, como ahora tengo boleta de sueldo, voy a sacar un plasma para ponerles dibujitos mientras meriendan, cosas de Dios, películas, enseñarles a orar, cosas que se están perdiendo. Desde que les dije eso para qué: todo el tiempo están: ‘¡Eh, Miguel! ¿Cuándo va a comprar la tele?’ Les digo que me esperen hasta la semana que viene y se ríen: ‘Bueno, bueno, si te vamos a esperar, Miguel’. Son cosas que están pasando y hay que ponerles el pecho: me gustaría crear un comedor para que también almuercen antes de ir a la escuela. Mi señora y mis hijos me ayudan, los vecinos me ayudan. Es la única manera que veo para salir adelante. Hasta que las cosas mejoren, es la única manera”.



Quienes deseen colaborar con el merendero de Miguel Giménez pueden comunicarse con él al celular 0381-153405688