El testimonio más difícil: Fernanda dejó Venezuela y vive en Tucumán
HISTORIAS DE ACÁ
La crisis que este martes recrudece con más tensión que nunca golpea a muchísimos venezolanos que emigraron de su país: "La situación en Venezuela es peor de lo que se ve por las redes sociales. Aquí encontré muchísimo cariño".
María Fernanda Cuicas Albizu, preocupada por su país.
María Fernanda Cuicas Albizu no quiere mirar el celular. Teme lo peor. Hace dos años que no ve a su familia. Y a veces pasan horas, días, semanas sin saber nada de ellos. Son los que se han quedado allá en Venezuela, los que ha dejado en su país, en San Carlos, estado de Cojedes, expulsada por la crisis que este 30 de abril sufre como nunca Fernanda a la distancia: “La situación en Venezuela es peor de lo que se ve por las redes sociales. Es horrible. En Venezuela no se vive, se sobrevive”.
“No hay alimentos y lo que hay es muy costoso. El sueldo mínimo de Venezuela son 18 mil soberanos que equivalen a 100 pesos argentinos. Eso es lo que cobras por mes. Y una bandeja de huevos te cuesta 20 mil soberanos, o sea, más que el sueldo mínimo. El Gobierno vende una bolsa de comida que vale un poco menos que el sueldo mínimo y trae dos arroces, dos pastas, granos, dos harinas porque no puede faltar para la arepa, pero no es la harina buena: te tienes comer calentita la arepa porque si no te pela el paladar. Esa bolsa te tiene que durar 15 días y es lo que tiene que comer la gente: arroz y lentejas”, le explica a el tucumano.
Lo que más le duele a Fernanda es el desarraigo, el exilio forzado, una situación que viven miles de venezolanos que se han mudado de sus casas: “Somos nueve hermanos: mi hermano mayor está en Ecuador, otro en Colombia, otra en Bolivia y yo estoy acá. El resto se quedó a cuidar a mi mamá. Y mi perrita, tuve que dejar a mi perrita. Voy a cumplir casi dos años que no puedo ver a mi familia. Es como estar muerto en vida”.
“Es horrible estar solo, pasar la Navidad solo. El año pasado pasé la Semana Santa en una pensión sola, una semana sola completa, encerrada. Este año me encuentra mejor porque ya tengo una amiga venezolana que me invita a sus actividades para que no esté sola”, explica María Fernanda, quien llegó a Tucumán a través de la iglesia Zona Oeste que tiene sus puertas abiertas en la calle Santa Fe y Godoy Cruz (Buenos Aires): costearon la mitad de su pasaje y la otra mitad se lo pagó ella, llegando a Tucumán con una valija de 20 kilos cargada de ropa y su Biblia.

“Voy todos los martes y los domingos a mi iglesia. Es una reunión general, una predicación, una adoración, oramos uno por el otro, por la familia, por el país. Es un momento bien chévere. Las oraciones por mi país es lo primero que pido. Soy una mujer de fe, pero a veces la pierdo, le pregunto a Dios por qué a los venezolanos le tocó esto: sin agua, luz ni comida. Le pido que escuche nuestras oraciones. El único que me da fuerzas es Dios", jura.
La vida en Tucumán ha estado marcada por la hospitalidad de muchos comprovincianos que la han recibido con los brazos abiertos: “Al llegar no conseguía trabajo. Pasaron tres meses así. Cuidaba a una nena dos veces por semana. Luego entré a un comercio: una casa que vendía al por mayor peluches, bijouterie. Luego comencé en San Bernardo, en la parte de venta, ofreciendo el servicio de sepelio puerta a puerta a los barrios, como ustedes le dicen”.
En esos recorridos por los pueblos tucumanos Fernanda conoció el cariño de las familias más humildes: “La gente me recibía súper bien. Hasta me regalaban cosas. Siempre llegaba a mi casa con algo. Una señora me regaló un pan redondo que tiene chicharrón, cuando entraba a los negocios me regalaban agua, otros arándanos, otro me invitó a comer humita un mediodía, otro empanadas fritas, todos los días, siempre volvía con algo. Ese trabajo duró tres meses. Estuve en Soldado Maldonado, en Simoca, en Monteros, en Capitán Cáceres, Río Seco, Concepción, muchos lugares”.

El cariño de los tucumanos continuó con el correr de los días en sintonía con una mujer de 34 años que ha hecho de la solidaridad, el gesto, la preocupación por el prójimo, una forma de vida. Gestos que se dieron cuando María Fernanda consiguió el empleo que buscaba en la organización de seguros Aval: “Yo había trabajado cinco años en seguros en Venezuela. Aquí me compré una nevera, pero no tenía nada. Mis compañeros de Aval son gente buenísima, todo me han regalado, hasta ropa de invierno. Mis compañeros me regalaron cucharillas, juegos de cubiertos, un ventilador, un televisor, un rallador, cosas básicas, pero lo necesitaba y ya consiguieron trabajo. Somos como 300 venezolanos en Tucumán y todos tenemos trabajo. Hay algunos que ganan una miseria, porque mucha gente se abusa. En una oficina de cerámica me querían pagar dos mil pesos mensuales”.
María Fernanda ha encontrado muchas cosas en Tucumán, pero extraña Venezuela y sueña con volver a vivir con su familia donde los aromas de la cocina, la música llanera, el trabajo en el campo con sus abuelos y su fascinación por las arepas estaban a la orden del día: “Cuando me venía a Tucumán, mi mamá me dijo: ‘Ay, hija, ¿cómo vas a hacer en Tucumán tú que eres tan arepera?’ Al principio no encontraba la harina pan, que es la harina para hacer arepas. Como no la encontraba, la primera vez la pedí por Mercado Libre y luego la encontré acá. ¿Cómo se hacen las arepas? Es facilito: tú agarras un poquito de agua, un poquito de sal, un poquito de aceite, le agregas la harina, haces como una masita, la aplastas y la colocas acá en una sartén, pero allá en Venezuela en un budare que es como una plancha. La puedes comer con huevo, con atún. No es ningún taco, ningún tamal, ningún tamal. La arepa es arepa”.
De nuestra comida, Fernanda no duda: “Me encantó la humita. Con el maíz que ustedes hacen la humita nosotros hacemos la cachapa, que parece un panqueque, pero lo colocamos en el budare y cuando está lista la rellenamos con queso, margarina, y carne mechada, con cochino o marrano. Los domingos en Venezuela acostumbramos a comer sopa: hago sopa de costillas, de mondongo, de lagarto (es un corte de la carne, no el animal). Y en Venezuela no es como acá: no hay comida de verano ni invierno, comemos lo mismo todo el año, igual que con la ropa. Allá en San Carlos nos quejamos del calor, pero acá se siente mucho más. Y el frío, odio el frío”, concluye María Fernanda en este día gris, frío y lluvioso que la tiene preocupada por las noticias que llegan, esas que a veces no quiere mirar en el celular.









