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El insistente arte de hacer pataditas para cumplir un sueño

La calle

¿Quién no las hizo? Como una metáfora de vida, un joven se para en el semáforo y, pelota en mano, dice: “Todo se empieza de cero”, “Cuando se te cae la pelota sentís que se cae el mundo, pero tenés que seguir”, “Ningún truco sale de un día para otro”. El Freestyle Fútbol llega a los semáforos tucumanos con la magia de Alejo Cruz que sueña con ser campeón mundial. Y se mueve para hacerlo posible.

24 y 25. Alejo Crúz llega de Famaillá y este es su arte.





Tres. Dos. Uno.

El semáforo de la esquina de 24 de Septiembre y 25 de Mayo termina la cuenta regresiva, en amarillo, y se pone en rojo.

De la vereda de La Pizzada, de baldosas grises y relieves como bastoncitos, un joven de remera de mangas largas y de espalda transpirada, con la aureola oscura ovalada, corre con una pelota de fútbol en las manos y se para en la senda peatonal frente a los autos detenidos. Entonces empieza.

No se le cae. Comienza con golpecitos suaves y cortos, pataditas, y luego la pelota aparece en el cuello, viborea entre sus hombros y salta, se va para arriba como un globo que recibió un soplido. Cae lento en la espalda, se desliza sobre la columbra vertebral, gira, se va. Y el joven, que se llama Alejo y  mide unos 1.90 metros, ahora está con las palmas de las manos apoyadas en la calle: hace la vertical y sobre la planta de sus pies, que apuntan al cielo nublado, la pelota descansa dormida hasta que él quiere.

-Ta loco- dice un changuito que cruza la calle con uniforme azul de colegio secundario. -Imposible, culiao. Imposible. 


El segundero del semáforo, que siempre retrocede, está en diez. Alejo termina su presentación y se va entre los autos, ventanilla por ventanilla. Esta vez, una sola persona le dio dinero: 10 pesos.

-Así es laburar la calle; hay veces que sacás bien y hay veces que la sacás mal. Llegué a juntar $150 de una sola vez, dice Alejo Cruz, de 20 años, nacido y criado en Famaillá, donde aún vive, enseña el deporte que muestra en el semáforo, el Freestyle fútbol, y desde donde viaja a San Miguel de Tucumán cada vez que necesita dinero para llegar a una competencia.

Está agitado. Toma agua de la botellita plástica que dejó junto a la mochila, en el poste, mochila que queda sola cuando el semáforo se pone en rojo.

-Ahora represento a Tucumán y con mucho orgullo ya tengo títulos ganados. Mi mayor sueño es llegar a ser campeón mundial. Quién dice que en algún momento gane muchos torneos y pueda representar a Argentina. Quién dice.

Quién dice. Antes que cualquier persona, lo dice él. Lo quiere él. Y Alejo se mueve detrás de su sueño; ahora está en el semáforo porque junta dinero para comprar el pasaje de su próxima competencia, como lo hace cada vez que tiene que viajar. Sabe que todo está en sus pies. Y sabe que el difícil arte de hacer pataditas, como todo lo que vale en la vida, es tarea para aprender todos los días.


Su amor por el Freestyler Fútbol empezó hace cuatro años en el fondo de su casa. Dice que tenía una pelota sucia y poco inflada. Y para peor, se le caía seguido: -Cuando empezás no sos nada, no sabés hacer nada. Te desmotivás rápido porque cuando la pelota se cae al piso sentís que se te cae el mundo entero. Entonces te alejás por unos meses. Decís que esto no es para vos, que no te va a salir.

Pero Alejo insiste, así como una veintena de jóvenes que hoy en Tucumán practican este deporte de competencia internacional. Todos sueñan con consagrarse en algún Red Bull Stlye, una competencia donde la fluidez, el control, la creatividad y dificultad de las pruebas con la pelota son el termómetro que mide a los premiados.

Como Tucumán nunca se queda atrás, Alejo tiene su clave para seguir adelante: perseverancia, la capacidad de mantenerse constante ante la persecución de lo comenzado, según el diccionario; la decisión de no abandonar para tener premio, según nos enseña el rock argentino.

-Un truco no te va a salir de un día para el otro -  simplifica y su argumentación es una verdad universal. El semáforo otra vez se acerca al rojo.



De la plata que tiene en el bolsillo, un poco será para su casa, pero es probable que su mamá no se la reciba y le recuerde que es para él, para que pueda viajar detrás de su sueño. Alejo la guardará y la sumará a los billetes que juntó las veces que lo llamaron para animar un cumpleaños o la que le pagaron cuando hizo un su show para Milka, donde también en la paga había chocolates.

-Todos empezamos en cero. A mí no me salía nada al principio, dice. Y ahora le sale mucho. El semáforo se pone en rojo. Tres. Dos Uno. Alejo está con la espalda apoyada en la calle y sostiene la pelota con la cara interna de la pierna, detrás de la rodilla. Un automovilista lo mira. De lejos se ve cómo la gente camina apurada y cubren los blancos de la senda peatonal. Pasan a su lado. La pelota no se cae.