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San Martín, el empate inesperado y lo que el agua se llevó

ANÁLISIS

El Santo había encontrado el desahogo con el gol de Pons, pero sufrió filtraciones en el fondo y perdió dos puntos en el arranque del año. Las claves del partido y el principal mensaje que ha dejado el diluvio universal.

Gonzalo Rodríguez tuvo una clara en el primer tiempo y asistió a Pons en el gol. Después se cayó. FOTO CASM Oficial.






Ni las exquisitas pizzas del Conejo Loco que llegaron al vestuario después del empate sirvieron para digerir el empate inesperado que bajo este diluvio universal ha cosechado San Martín. Las pizzas llegaron en un taxi ágil para gambetear charcos y dejar pagando a los hinchas que recién están volviendo a sus casas, casi dos horas después del partido y no porque haya seguido el laterío alrededor de la cancha: no pasaban colectivos y el único taxista de Pellegrini y Mate de Luna estaba durmiendo con el asiento reclinado y no hace falta contarles cómo les fue a los dos hinchas que intentaron despertarlo.

Cada pizza para los jugadores llegó caliente, recién sacada del horno, cada una protegida en su caja de cartón duro y envueltas en bolsas de plástico para protegerlas del agua. Pero no hay caso: cuando llueve como llueve este domingo en Tucumán, siempre hay filtraciones, siempre hay descuidos, siempre corrés el peligro de que se te inunde el área, siempre existe el peligro real de dormirse como taxista de domingo, no cambiás el balde a tiempo y lo que era una simple gotera ahora te desborda tu propia casa, hay gol de Almagro y andá a cantarle a Gardel.

Lo contaba la filial de Santiago del Estero en la previa, lo confirmaban la 90 Moncho Cuevas, lo gritaba la banda de Alderetes y las Cirujas del Trula: solo San Martín puede burlarse del aguacero sin par que ha caído este día y volver a provocar la movilización popular desde cada rincón de Tucumán y provincias vecinas como la filial nombrada, la de Catamarca y los hinchas que viven en Buenos Aires pero han dejado el corazón en el templo. Son hinchas que han esquivado los puentes caídos, surcado Trinidad, patinado la banquina, previado Canciller con Pepsi y, como manda la tradición, sobre la hora entraron todos juntos para ver al amor de su vida, al que tanto habían extrañado desde aquella noche de película con el gol de Nacho Arce en modo Increíble Hulk.

Un enfermo que va a la platea festejaba el gol de Pons como Nacho: se hartó de la camiseta empapada pegada al cuerpo, se la sacó, la estrujó, trabó los brazos al borde del ataque de ira y cuando empezó a revolear la camiseta los amigos intentaron sentarlo, calmarlo, riéndose entre todos, confirmándole que está enfermo, que es la primera fecha de la segunda rueda, que todavía falta, un pedido de mesura que ni siquiera los amigos se creen entonces se desata el carnaval en Ciudadela luego del primer tiempo discreto con Castro al poder, el único lúcido Nicolás para desequilibrar sobre la Pellegrini y no mucho más del equipo. Todo eso deja atrás el gol de Pons.

El rival, como todos los que vendrán a Ciudadela a excepción de Sarmiento en dos semanas, se recluyó en ese gran hacedor de tiempo que es el arquero Limousin, le planteó un partido de choque, de sacrificio y así lo entendió San Martín todo el partido: Mosca terminó estrolado contra un cartel de Pálpitos, Gonzalo embarrado, y hasta Imbert demostró que entiende dónde está y qué tiene que hacer para ganarse a los hinchas además de crear juego. Juego que le ha faltado a San Martín durante pasajes del partido sobre todo cuando la cancha ya se ponía imposible. Pero cuando encontró lucidez en medio del barro, ahí fue cuando se vio al puntero, a la versión de la primera rueda, y fue justamente Turbo quien se tomó una pausa, habilitó a Pons y Lucho volvió a convertir en el arco que tanto le gusta para gritarlo con alma y vida.

Ese gol, ese desahogo, provocó que San Martín se soltara, que el Hulk de la platea se desatara, y que Lucas Diarte tuviera la más clara para liquidar el pleito cuando le pegó con rosca y el arquero le sacó el segundo. Cosas del fútbol, el taxista del domingo no fue el único que se durmió en este domingo para la siesta interminable: quiso el destino que esa gotera del fondo, que esa filtración del fondo llegara por la espalda de Diarte y el empate que (nunca se dijo) fuera un baldazo de agua fría que no se esperaba casi nadie, solo Esmerado y el 15 que ingresó para el empate.

Fue un gol para llevarse un punto a Buenos Aires y para dejar un punto suspensivo en Ciudadela en el arranque con un mensaje que muchos saben pero que nunca está de más dejarlo en claro: a esta altura del campeonato cada error sale caro, cada desatención por más mínima que sea puede aguar un triunfo cantado que ya estaba bajo el paraguas, dos puntos perdidos que se mastican con bronca, con rabia, con los colmillos, con las muelas, como cuando no te gusta la pizza que pediste.