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San Martín, los riesgos al contagio y la alarma que se encendió

ANÁLISIS

Esta tarde el equipo de Orsi y Gómez perdió el rumbo: los técnicos cambiaron todo y no sirvió absolutamente de nada. Qué le pasa y cómo se vuelve a ser el que fue.

Juan Imbert fue titular y no pesó. Foto: CASM Oficial.





San Martín suspendió el fútbol antes que todos este año: se olvidó de jugar. El margen de puntos cosechado en la primera rueda le ha permitido darse con el lujo de coronar la tabla de posiciones desde lo más alto, pero se sabe que a veces la altura marea. Y también se sabe que los buenos resultados de este 2020 (triunfos y empates) no han hecho más que disimular el flojo andar del equipo en todos los partidos a excepción de la noche contra Sarmiento.

Quizás la muestra más clara de ese engaño que generan los tres puntos se ha notado más que nunca aquella tarde en Campana contra Dálmine. Esa tarde ganó de manera tan injusta como inexplicable, por supuesto que se cantó en el vestuario y hasta se impuso una máxima: San Martín gana hasta jugando mal. Ese triunfo en Campana debería haber servido para empezar a tomar las precauciones que se deben tomar cuando el riesgo de perder todo lo logrado no deja de ser una posibilidad.

Hay jugadores que se han lavado las manos en los últimos partidos, como si todo lo hecho anteriormente justificara sus presencias, sus titularidades, y que quede bien en claro una cosa: este equipo tiene todo para ganar, para lograr cosas tan grandes como un ascenso a Primera, pero este equipo todavía no ha ganado nada.

Así como la dupla técnica ha sido el pleno de Sagra, así como Orsi y Gómez han sido la gran sorpresa de este equipo que sigue siendo puntero aunque no parezca, así es como ellos también son los primeros responsables en no haber sabido detectar a tiempo esas señales que se veían en los últimos partidos: en ese dolorcito de cabeza, en ese pequeño resfrío, en esa tos sin flema, pero tos al fin, es decir, en un equipo que presentaba el cuadro para tomar recaudos antes de empezar a perder. Orsi había declarado que venían bien los cachetazos que no lastiman. La piña que fue Chacarita dolió, pero había sido señalada por todos como la gran oportunidad de despertar de una buena vez este año.

Presencias como la de Mosca eran reclamadas por muchos, se pedían cambios para volver a ser el San Martín arrollador, pero de ahí a cambiar medio equipo parece excesivo sobre todo por la ausencia de Mercier relegado al banco: Mercier nació en canchas como las de esta tarde y Fissore sigue siendo el mismo jugador que perdió la titularidad a principios del campeonato: ante la salida cantada de Mosca, Imbert tenía la gran oportunidad de demostrar que es el 10 de San Martín y esa oportunidad esta tarde ha sido desperdiciada como también lo fue para Purita y Matos.

En tiempos donde todos andan alarmados, saludándose con el codo, escuchando las voces de los jugadores en vez del canto de las hinchadas, en una época rara donde hay colas en los supermercados, donde no quedan más lavandinas y ya hay emprendedores de alcohol en gel con fragancia, la suspensión del torneo es lo mejor que le puede pasar a San Martín en este momento. 

Y si la AFA insiste en jugar bajo estas circunstancias, este momento de San Martín necesita de una cuarentena forzada hasta el lunes que llegue Tigre, un aislamiento obligado entre cuerpo técnico y jugadores para parar la pelota, trabajar la cabeza y no caer en el pánico que dos derrotas consecutivas que pueden generar para un equipo que no está acostumbrado a perder y el contagio pesimista cuando se pierde como se ha perdido esta tarde. Está demostrado que cambiar de nombres no siempre garantiza un cambio para mejorar. Queda mucho por jugar. Queda mucho por pensar.