Un albergue "invisible"
TUCUMANOS EN CUARENTENA
Matías Godoy Asís cuenta cómo vive un grupo de personas sin techo durante la pandemia de Coronavirus que acecha Tucumán y destaca el rol de uno de los clubes más grandes de la provincia para albergarlos.
Albergue preparado por Atlético Tucumán. (Foto: Matías Godoy Asís)
El sol cae y la ciudad abraza el silencio. El enemigo invisible modifica la fisonomía de la ciudad. San Miguel de Tucumán, es conocida por sus jardines alegres y llenos de vida. Más de un millón de personas suelen ir y venir por sus calles diariamente. Tiene esa calidez y despreocupada manera de sentir y existir. Tiene fama de buen lugar de reuniones, amables anfitriones y un sol abrasador que abraza. La gente suele moverse bajo su incandescencia, aparentemente sin esfuerzo, como eternos, fuera del peligro más temido. Pero todo cambió. Incluso las habituales preocupaciones. La seguridad cambió el sentido de su ser. La cuarentena cayó lentamente sobre la ciudad. El desierto se apoderó de las calles. Controles y fuerzas de seguridad pululan en cada esquina. El paisaje mutó. Todo se paralizó. Y ellos quedaron presos del paisaje. Atrapados en un sentir que no pueden comprender del todo. Invisibles como ese enemigo letal que atemoriza a todo el mundo.
Héctor Molina tiene 63 años y apenas puede caminar. Un accidente cerebro vascular paralizó la mitad de su cuerpo. La calles de la ciudad son su hogar y la luna tucumana la única luz que abriga sus noches. Él, como cientos de tucumanos quedó atrapado. Muchos de ellos sufren enfermedades crónicas, afecciones pulmonares, diabetes, hipertensión o problemas de nutrición. Son una de las poblaciones más vulnerables ante el coronavirus. Las medidas de aislamiento social no funcionan con las personas en situación de calle, simplemente porque ellos no tienen dónde aislarse.
- ¿El corona qué? Esboza sin comprender nada de lo que está ocurriendo.

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El complejo José Salmoiraghi, está ubicado sobre la Ruta Provincial 301 en el kilómetro 4, es casa de miles de jóvenes y familias que utilizan sus instalaciones para la práctica deportiva. Allí el club Atlético Tucumán entrena a su plantel superior y las divisiones formativas hacen su camino en búsqueda de un sueño esperanzador. Los clubes como quienes los componen, también quedaron atrapados en este nuevo escenario. La desolación se apoderó de todos ellos. Esperando que el paso de los días pueda devolverles la vida que supieron tener. La pelota en todas sus dimensiones se paró.
Los clubes de barrio cumplen una función social preponderante, brindando un espacio de contención y formación. La dirigencia de Atlético Tucumán así lo vive y lo siente. Por eso decidió abrir las puertas de su casa para albergar a los invisibles de la ciudad.
En el amplio salón de fiestas que poseen las instalaciones, las camas se apoderaron del lugar, lejos de la música y el clima que supo tener. 20 comodidades bien dispuestas brindan un lecho a aquellos que la calle ganó.
- ¡Sabés de lindo que se siente este colchón! Afirma David Juárez, un changarín de 45 años, que vende lo que puede por las calles de nuestra ciudad para poder obtener una comida al día. Acostumbrado al césped del Parque 9 de Julio, no extraña para nada el árbol que lo cobijaba en sus largas noches.

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¿Estado sí o Estado no? Muchas veces se discute sobre el rol del mismo. Añoradas reuniones con parrilla de por medio, el tema siempre resultaba ineludible. Gonzalo Carrillo, es Concejal de la ciudad de San Miguel de Tucumán y a su vez, miembro de la Comisión Directiva del club Atlético Tucumán. Es quien coordina, junto a su equipo, la puesta en funcionamiento del Albergue para gente en situación de calle. Entiende que la responsabilidad no debe ser esquiva y quiénes deben hacerle frente de manera solidaria son aquellos que pueden. La responsabilidad en momentos de crisis es de todos desde el lugar que les toca. El club puso a disposición el espacio, el Ministerio de Desarrollo Social de la provincia se encarga de la identificación de las personas vulnerables y su traslado. El equipo humano del Concejal capitalino proporciona la asistencia profesional y social a los alojados de lunes a domingo las 24 horas del día.
Los hermanos Orellana, Abel y Gonzalo, de 25 y 16 años respectivamente, disfrutan el pollo de la cena. El más chico no recuerda la última vez que degustó ese manjar. El más grande, con un dejo de nostalgia, recuerda su infancia y la última vez que disfrutó en familia las comidas del día. Las adyacencias del Sanatorio Regional dejaron de ser el hogar que los guarecía mientras cuidaban autos en la zona. Abel se pregunta si podrá volver a trabajar allí. Le preocupa que pierdan el espacio que se ganaron.
El arroz con pollo preparado por Cristian Alincastro reúne a los 12 hospedados alrededor de la mesa. El cocinero rebosa felicidad por la gratitud de los comensales. Es uno más de los más de veinte asistentes que entregan su tiempo y postergan su familia para brindarse a los que más necesitan. El miedo que tanto paraliza, también moviliza.
La noche entró. Una cobija se posa sobre una docena de cuerpos en una cálida cama. La intemperie se escapó del lugar. En el Albergue las luces caen. El equipo de Asistencia espera el relevo del turno nocturno para volver a sus casas. Mañana será de día de talleres, charlas y películas para pasar el tiempo. La intemperie se fugó del alma de cada uno de ellos. Porque algunos entendieron que la responsabilidad es de todos.
-Ah, o sea que el corona ese, puede matar. Por eso se escondieron todos. Por las dudas me quedó acá. Yo no me quiero morir.
Reflexiona con la voz entrecortada y los ojos empapados por el paso de los años. Don Héctor, abraza la almohada, como lo hace a la vida.









