"No aguantaba estar ahí": Maguna revela la verdad sobre su tarde más negra en San Martín
HISTORIAS DE ACÁ
La final del 86 entre el Santo y Atlético Concepción está plagada de mitos y leyendas. Rumores de todo tipo enmarcan aquel partido inolvidable ¿Qué pasó ese domingo en Ciudadela? Uno de sus principales protagonistas relata los detalles desde adentro.
Maguna atajó 11 años en el club. Se retiró con apenas 28 cumplidos.
Juan Horacio recorre la ciudad semidesierta casi de punta a punta. Su periplo arranca en Ciudadela y terminará en el Complejo Natalio Mirkin, que todavía no se llama así, en Cebil Redondo. Es domingo a la tarde a mediados de la década del 80, va en el asiento trasero de un auto, maneja un dirigente de San Martín, el silencio corta el aire. Juan Horacio no sale del estado de shock, tal vez no lo sepa aún, o tal vez sí, pero lo que acaba de sucederle lo marcaría por el resto de su vida.
Esta historia ocurre en 1975 y debemos trasladarnos a Las Cejas, al este de la provincia. Don Natalio Mirkin va seguido para ahí porque tiene una empresa en la zona. Sin embargo, trabaje donde trabaje, haga lo que haga, Don Natalio tiene una cosa en la cabeza siempre: San Martín. Entonces, cuando escuchó hablar de un changuito volador que tiene 17 años y que se atajaba todo en la cancha de Matienzo, la única que hay en el pueblo, no dudó en preguntar más: siempre las respuestas eran parecidas: “Es un arquerazo”, “Es imposible hacerle un gol”, “Parece que puede volar”. Entonces, con el olfato que lo caracterizó toda la vida, averiguó la dirección, fue hasta la casa sin previo aviso. De sopetón se presentó y le dijo que lo quería llevar a San Martín, a la Ciudad. Que se preparara y que vayan.
Juan Horacio armó el bolsito, unas cuantas prendas, mucha ilusión y entusiasmo, algo de miedo y un montón de incertidumbre. Llegaron a Ciudadela y el flechazo fue instantáneo, se enamoró de esos colores que todavía hoy ama con locura. Don Natalio, que no andaba con vueltas, le dijo: “Vas a probarte en Primera”, entonces le presentó a Segundo Corbalán, el técnico. “Me probaron y quedé en el club. En ese entonces estaba el Flaco Traverso. Que era el titular”, recuerda ahora en diálogo con el tucumano.
Pasó el tiempo y siguió entrenando con Primera, aunque era el tercer arquero, no se le daba la chance de debutar. Sin embargo, en una misma semana el titular se fracturó la clavícula y el suplente del titular, un dedo. El técnico le avisó que iba de entrada ante Andino de la Rioja por el Regional. “Tenía 18 años. Ganamos 2 a 1. Quedé bien y no salí más”, relata.

Al cabo de unos meses, ya había dejado de ser Juan Horacio para ser Maguna, el arquero de San Martín. De esos años recuerda que siempre tuvieron grandes equipos, entre los defensores destaca a dos parejas de centrales, por un lado a Nieto y Urquiza: “Eran muy fuertes, impasables”. Y por el otro a Pichón Juárez y Pelusa Cejas: “Además buenos marcando eran habilidosos para salir jugando. Tenían mucha calidad”.
Justamente estos últimos dos estuvieron en la tarde de 1986, en lo que sería el último partido de Maguna como profesional. El marco era imponente, la Ciudadela reventaba de gente, era una final: San Martín ante Atlético Concepción, partido de vuelta por un ascenso a la primera edición del Nacional B.
El Santo había eliminado a su clásico rival en las semis en lo que muchos había llamado “la final anticipada”, sin embargo Los Leones tenía sus propios planes. El primer partido se jugó en La Banda con cancha embarrada, bajo una lluvia intensa y de noche: “Yo tenía problemas de vista. Por eso quedó Guillén”, explicó. Pucho Reinoso ya le había asegurado que quedaría el partido revancha. El tema es que el 4 a 1 en contra de visitante no estaba en los planes de nadie. Por eso, la cancha era un hervidero y la necesidad de darlo vuelta le sumaba tensión al encuentro.
Daza puso un 1 a 0 tempranero que invitaba a ilusionarse con la remontada heroica. San Martín era una tromba que se llevaba por delante a Concepción. Las tribunas se venían abajo y los bandeños parecían desmoronarse. Entonces llega el primer golpe que empieza a cambiar la vida de Maguna: “La pelota me rebotó en el pecho y no pude controlarla y fue gol”, narra con tristeza.
Para colmo, pocos minutos después otra jugada golpearía la ilusión Santa y al futuro de su Juan Horacio: “Un tiro despacito se escapó y fue el segundo. Estaba muy nervioso. Me agarró una locura, me quería ir: ya no podía seguir quedando. No aguantaba estar ahí. Si me quedaba iba a ser peor”.
Luego del partido, Maguna llega al complejo de Cebil Redondo, retira sus pertenencias en silencio, tal vez aún no tomó la decisión, pero no volverá nunca más a jugar en San Martín. Sucede que rápidamente una serie de rumores mal intencionados le arruinaron la carrera. Maguna solo tuvo una mala tarde, pero la condena todavía lo acompaña. Entonces, dejó de ser Maguna, el arquero de San Martín, para volver a ser Juan Horacio de Las Cejas.
“No volví más al club. Me daba mucha vergüenza. Me atacaron mucho. Preferí no jugar más en ningún lado. Ni en los veteranos. Porque supe que si me volvía a equivocar todos me iban a acusar de vendido”, cuenta con bronca.
“Lo que más me dolió fue cuando mi hijo volvía de la escuela llorando porque los compañeros le hacía burlas con lo que me había pasado a mí”, recuerda con las voz totalmente quebrada Juan Horacio.
“Mis compañeros siempre me brindaron apoyo. Nunca ninguno me acusó. Ni siquiera me preguntaron nada. Solo confiaron en mí. Tanto ellos como los dirigentes. Hoy por hoy tengo mucha amistad con la gente de ese plantel, y de todas las épocas en que jugué. Los que me conocen nunca me juzgaron”.
Maguna estuvo muchos años sin volver a la cancha, aunque ahora está yendo: “Por ahí alguno me dice algo. Pero en general la gente me recuerda con cariño. Yo tengo la conciencia tranquila aunque he sufrido mucho por este tema”.
“La vida ha sido justa conmigo, tuve que sufrir, es cierto. Pero me dio a mi familia, mi mujer, mi hijo, mis nietos. Soy pobre, pero no me falta nada de lo importante. A San Martín lo llevo en el alma. Le voy a estar agradecido toda la vida. Yo solo terminé séptimo grado y con el club me hice conocido. Más no le puedo pedir. Le debo todo”, concluye con orgullo y la frente en alto Juan Horacio Maguna, el arquero de San Martín.









