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El secreto de Iván, experto en colarse a recitales

Historias de acá

Iván Jeger tiene una habilidad: meterse en los recitales sin necesidad de entrada. Los shows en Tucumán de Soda Estéreo, los Fabulosos Cadillacs y la Mona Jiménez fueron algunas de sus hazañas emblemáticas. Por primera vez revela las técnicas del fino arte de colarse: “Cuando te colás a los recitales grandes, te sentís un héroe”.

Iván junto a amigos en un recital al que no entró colado.





Cuando Iván Jeger era un adolescente de Villa Alem sin una moneda en los bolsillos y un espíritu temerario propio de su juventud, iba con sus amigos del barrio a la puerta de los recitales de rock. Nunca tenían entradas, pero les sobraba enjundia y les faltaba miedo y vergüenza. Se sabe que los timoratos no quedan en la historia. Si Iván y sus amigos pudieron ser parte de los memorables primeros shows que bandas emblemáticas como Soda Estéreo y Los Fabulosos Cadillacs dieron en Tucumán fue por ese ímpetu aventurero que los llevó a escabullirse por huecos, caminar por los techos y escapar de balas anónimas y cachiporrazos policiales. Hoy, con 46 años y toda esa experiencia de burlador del sistema sobre el lomo, rememora aquellos tiempos y, por primera vez, revela sus secretos.

Había ciertas dosis de adrenalina y de timba en eso de irse desde el barrio hasta la puerta de un club a esperar. Después de todo, no se es adolescente sin adrenalina en el cuerpo y un irreprimible afán por lo fortuito en el espíritu. Sólo era cuestión de elegir el momento justo, una distracción, un alineamiento favorable de planetas. Lo que se dice una oportunidad. Cuando se es joven, con una oportunidad y el arrojo suficiente, uno se da maña. Iván lo aprendió un día de 1987 cuando los Fabulosos Cadillacs desembarcaron en Tucumán para presentar el disco “Yo te avisé”, su segundo álbum. Al frente del club Floresta, después de los primeros temas de la banda, ellos avisaron. Era una especie de murmullo colectivo, un ohhhh ohhhh ohhh que iba in crescendo y que alertaba al grupo de oportunistas lo que sucedería segundos o minutos después; un grito de guerra que predisponía al personal de seguridad como una araña que siente su tela vibrar ante la víctima de turno. El ambiente se saturaba de tensión, hasta que alguien daba el primer paso para desatar la bataola, la confusión, la sucesión de hechos bochornosos. Esa vez, fue una finta digna del Burrito Ortega en sus años mozos. Así lo recuerda Iván: “Estaban tocando los Fabulosos y se arma tremendo quilombo frente a Floresta con la policía tirando balas de goma y gases. El club tiene dos puertas y nosotros hicimos el amague de entrar por la que entran los artistas. Como los canas se van para ahí, hemos pechado por el otro lado nosotros y otros manyines. Pechamos la puerta y entramos”.

Es decisión y azar, voluntad y suerte, intuición y ganas. Porque, como reflexiona ahora: “Vos te colás cuando el recital ya ha empezado y no sabés si podés entrar en los primeros temas, en el medio o recién al final”. Esa vez fue al comienzo del show. Acaso fue suerte de principiante.

Como en todo arte que se precie de tal hay técnicas diversas para lograr un mismo resultado. Y, para entrar a los recitales, de acuerdo al experto en la materia, las principales son dos: la colada y la pechada. La primera consiste básicamente en buscar un recoveco por donde entrar. La segunda, es esa arremetida grupal intempestiva a todo o nada cual malón decimonónico: “La pechada es más arriesgada porque te tenés que comer lo que venga, por ahí ligabas un palito o latigazo de la policía”. Alguna vez, también estuvieron expuestos a los tiros. Hay una máxima que los pechadores de ley respetan como un mandamiento y es que, aquel que llega primero hasta la puerta de ingreso, la deja abierta para que pechen los demás.


Aunque Iván admite que nunca incurrió en ella, hay una tercera opción: falsificar la entrada. Esa habilidad requiere de otras destrezas como las que pusieron en práctica algunos de sus amigos el día del último recital del Indio Solari, el 11 de marzo de 2017 en Olavarría, Buenos Aires. Esa vez, Iván tenía su entrada, pero ellos no y optaron por ingresar con un ticket adulterado, aunque la imitación no era del todo precisa: “Era muy mala, no era el Indio el que aparecía en la entrada, era el Sapo de la serie El Marginal. Como éramos tantos, al final ni te controlaban porque, si les llegaban a pedir la entrada, no había chance de que pasen”. Claro, se trató de un recital histórico que convocó a casi 300.000 espectadores, todo un récord en el país.

Y hablando de historias, este gran maestro de la colada tiene muchas más para contar. Cómo se olvidaría de aquella vez en diciembre de 1990 en el Estadio Villa Luján cuando logró meterse al recital de Soda Stereo, el único que la banda dio en Tucumán a lo largo de su carrera. Iván estuvo ahí y adelanta: “Esa fue de cowboys”. No exagera, esa fue la vez de los disparos, los palos y la cosa gorda: “Me acuerdo que estaba hasta el pingo de gente y con los amigos del barrio no podíamos entrar. Entonces, empezamos a buscar algún baldío a la vuelta del club. Nos subimos a una tapia y empezamos a andar por los techos de las casas, hasta que escuchamos que alguien grita: ‘Quién anda ahí’. Al rato empezamos a sentir unos tiros. Nos cagamos de miedo, nos bajamos y decidimos volver a ir hasta la puerta. En eso vemos que había poca policía. Me acuerdo que eran los tiempos de El Malevo Ferreyra y estaban de huelga o algo así, por eso había pocos en las calles. La cosa es que empezamos con el ohhh ohhhhh ohhhh y, cuando los canas avanzan hacia nosotros, uno de los changos se adelantó para abrir la puerta y que entre el resto. Nos comimos un par de palazos, pero entramos en la mitad del recital. Decí que nos colamos ese día, sino no los habría visto nunca”.   

No sólo a recitales de rock se ha colado. El modus operandi no discrimina género musical alguno. Esa vez fue un recital de la máxima deidad cuartetera, Carlos La Mona Jiménez, en el club Villa Mitre de Tafí Viejo en algún año de la década del noventa. La escena de escapismo que rememora es digna de un film de Indiana Jones, que siempre se las arreglaba para zafar de múltiples trampas y diversas amenazas. Esa vuelta hubo de todo, escape de la policía, trepada y colada por un hueco en el alambrado: “Me acuerdo que nos hemos subido a una tapia y de ahí a la tribuna, aprovechamos que en el alambrado había un hueco y nos metimos por ahí, pero un cana casi nos manotea y nos agarra de atrás. Parecía una película porque he volado y he caído en el césped del club. No me acuerdo bien en que año era, pero en esa época la Mona sorteaba un taxi, con licencia y todo, en los recitales”. También se metió en algunos partidos de la Liga Tucumana de Fútbol para ver los partidos de Tucumán Central, acaso sólo para despuntar el vicio y volver a sentir ese vértigo de la aventura ilícita.

“Creo que el secreto es una mezcla entre estar bien pillo para buscar por dónde entrar o saber elegir el momento en que la policía se distrae para poder pechar. Estar atento al momento en que abren la puerta y seguirlo al que pecha primero. Es un poco de eso y también un poco de la agilidad que tenías que tener para esquivar los garrotes. Los que usan ahora los policías no tienen nada que ver con los de esa época que eran mucho más grandes y pesados. Esos sí que dolían”, relata Iván y quizás el cuerpo se le estremece en el recuerdo de esos golpes aplacados por un torrente de juvenil adrenalina. A quien conozca el porte robusto actual de nuestro sensei de la colada le costará imaginar esa destreza de doble de riesgo, por eso quizás es que advierte: “Yo era flaquito y muy escurridizo”.

Ahora esa cintura que esquivaba policías y esas espaldas que soportaban los palazos cargan con 46 años. Y, aunque la sabiduría se mantiene intacta, justo es decir que los años no llegan solos, que el tiempo pasa y que, si no nos volvemos tecnos, tampoco es que estamos para seguir escalando tapias. El saber de la experiencia llega acompañado de cierta mesura. Las jornadas de rock no se han terminado para Iván, pero sí ha cambiado ciertas viejas costumbres: “Hoy por hoy vivo de mi sueldo y siento la satisfacción de poder pagar la entrada”. La confesión suena sincera y además: quién le quita lo rockeado.

Iván es periodista. No de esos que escriben editoriales moralizantes en los pasquines ni de aquellos paladines de la ética que alzan el dedito por televisión juzgando las acciones ajenas. Sus palabras se valen del vibrato de la calle y de los viejos códigos del barrio. Entiende que no todo debe juzgarse con la vara que divide entre buenos y malos, entre santos y pecadores, entre rectos y delincuentes. En todo caso, esas medidas varían según el correr de los tiempos y, lo que ayer era malo, hoy es bueno y viceversa. También fluctúan según el ojo de quien juzga, pero, después de todo, quién es uno para juzgar a nadie. Para Iván esas viejas tretas para vencer al sistema tienen el halo romántico de la travesura juvenil y aún conservan su condición de ardid indolente: “Ahora capaz que los changos sí se colan, pero eso ya no se ve mucho. Pienso que la colada o la pechada deben haber sido típicas de esa época y propias de cierta edad. Nosotros éramos pendejos y esa era nuestra picardía; una picardía propia de la pendejada. Yo lo veo como quien compra el CD trucho de una película, entonces: qué se siente cagarlo a  Steven Spielberg. A mí me podrían preguntar: ¿Qué se siente cagarle la vida a Soda Stereo? En realidad, no le estás cagando la vida a nadie. Tampoco era que entraba y me cagaba de risa de los que habían pagado su entrada, nada que ver. Pero la verdad es que no tenía para pagarla y los que están adentro también se terminan solidarizando con vos. Ojo, cuando iba a ver bandas de acá como la 448 siempre pagaba, aunque tampoco era algo que hacía de manera consciente. La verdad que cuando te colás a esos recitales grandes te sentís un héroe y decís qué culiao he podido entrar”.