"Siento que están vivos": Mikaela, la joven tucumana que busca la verdad
HISTORIAS DE ACÁ
Tiene 28 años y su historia conmueve a quienes lleguen a conocerla: la pregunta que la impulsó a saber quién es su madre y su padre, los datos que maneja, la respuesta que no llega y la gran intriga: "Quiero saber a quién me parezco".
Mikaela.
Después de una tarde así, como la de la foto en una plaza que parece la Urquiza, después de sonreír para la cámara con todos los dientes de leche, aferrada al pasamanos, abrigada por un oso rosa de peluche, ya de vuelta a su casa, Mikaela sabía que era la hija del corazón de su mamá y papá, pero no sabía qué significaba eso, ser la hija del corazón, eso no sabía Mikaela, hasta que una tarde así, como la de la plaza, le preguntó a su abuela Olga:
- ¿Entonces cuando yo nací a la mamá se le agrandó el corazón como una panza?
“No”, le respondió la abuela Olga a Mikaela. Y como se responde a las grandes preguntas que necesitan ser respondidas con un tono y un clima especial, la abuela Olga alisó las sábanas blancas de la cama, la sentó y le contó que su papá Oscar y su mamá Graciela la habían adoptado recién nacida, pero que nada sabía de su papá biológico y su mamá biológica.
“El primer recuerdo que tengo es con mi abuela. Obviamente tampoco era mi abuela biológica, pero me crió ella en lugar de mis papás adoptivos: mi mamá falleció cuando yo tenía 3 años y mi papá fue un padre ausente. No hablé con él en toda mi adolescencia y hasta que entré a la adultez mis preocupaciones siempre habían sido sobre ese vínculo paterno. Por suerte, finalmente nos encontramos antes de que él falleciera para reconstruir el vínculo. También me dijo que no tenía nada de información", narra Mikaela Añasco, bautizada así luego de que la partera que la recibió recién nacida diera a Mikaela en adopción.
“Fui a un colegio maravilloso y fui criada por una gran abuela. En ese sentido no me puedo quejar. Pero empecé a querer saber la verdad en 2016, cuando a mi abuela le detectan un cáncer terminal en los huesos. Si ella se moría, ¿a quién le iba a preguntar? Entonces profundicé la búsqueda, le pregunté cosas a mi abuela y me dijo: ‘Hablá con la partera, Mika’. Me dio la dirección y me aclaró que si supiera algo más sobre mis papás biológicos me lo hubiera dicho, que nunca me hubiera privado de nada si sabía más información”.
¿Qué sabía Mikaela? Lo relatado hasta el momento y una dirección: el domicilio de la partera: “En el acta de nacimiento figura que nací en la casa de la partera, en la zona de la Quinta Agronómica. Todavía vive la partera. Fui a verla, pero me dijo que lamentablemente era imposible que recordara quién me dio en adopción. Yo nací el 18 de enero de 1992. Era más fácil adoptar o el intercambio de niños no dentro del marco legal. Por entonces era mas fácil adoptar que ahora. Hasta 1992 existía la Ley de Patronato, no estaba la actual Ley Integral de Niños”.
El marco jurídico que conoce al detalle Mikaela lo aprendió a través de su carrera de Comunicación Social y, especialmente, cuando hizo la materia de Comunicación Alternativa, interiorizándose en los Derechos de los Niños y Niñas y la ley 26.061. Pero fue cuando empezó a practicar budismo cuando Mikaela se puso en contacto con su Yo interior y escuchó la pregunta que siempre la acompañó: "¿Quién será mi papá? ¿Quién será mi mamá?"
“Ahí me empezó a picar la curiosidad. Cuando empecé a practicar Budismo de la Soka Gakkai, a indagar sobre mí misma, pude empezar a decirlo verbalmente. Pero el tema siempre estuvo ahí. Quería saber, empecé a preguntar. Como no obtuve más respuestas sobre mis orígenes, decidí hacer la publicación. Nunca imaginé tal repercusión”, relata Mikaela, quien escribió el texto que acompaña su foto actual, la continuidad en pasamanos de aquella niña sonriente de la plaza: la sonrisa, los ojos, la piel morena, rasgos y gestos de una joven tucumana de 28 años quien un día tomó coraje, se sentó a orar para cobrar fuerzas y energía y publicó su historia: “Después de orar, lloré. Llamé a una amiga para que fuera la primera en leerlo. Jamás pensé que iba a animarme. Venía guardando un montón, no sé si me saqué una mochila de encima, pero sí es liberador”.
Más liviana para caminar por las calles del centro tucumano, para aprovechar el sábado de sol y hacer las compras de la semana en Wolfs, con las bolsas en cada mano, Mikaela vuelve a su casa con ideas, pensamientos, sensaciones y una imagen que todavía no conoce, pero que confía en llegar a conocer: quién es su padre, quién es su madre, cómo son, dónde están, qué hacen: “Siento que están vivos. No sé si tienen redes sociales, pero todos los escenarios posibles se me ocurren: no sé si tienen alguna vulneración, si tienen una vida digna, si están enfermos".
"Me gustaría saber a quién me parezco. Cuando me empezaron a salir canas, no tenía cómo preguntarles a qué edad empezaron a salirles las canas. O cuando veo la forma de mis manos: dedos largos medio redonditos en la punta. No tengo lunares de nacimiento. Entonces sé que es difícil, pero no imposible. Quizás algún familiar me mira y se acuerda: esa nena soy yo, y me gustaría conocerlos”.
- ¿Entonces cuando yo nací a la mamá se le agrandó el corazón como una panza?
“No”, le respondió la abuela Olga a Mikaela. Y como se responde a las grandes preguntas que necesitan ser respondidas con un tono y un clima especial, la abuela Olga alisó las sábanas blancas de la cama, la sentó y le contó que su papá Oscar y su mamá Graciela la habían adoptado recién nacida, pero que nada sabía de su papá biológico y su mamá biológica.
“El primer recuerdo que tengo es con mi abuela. Obviamente tampoco era mi abuela biológica, pero me crió ella en lugar de mis papás adoptivos: mi mamá falleció cuando yo tenía 3 años y mi papá fue un padre ausente. No hablé con él en toda mi adolescencia y hasta que entré a la adultez mis preocupaciones siempre habían sido sobre ese vínculo paterno. Por suerte, finalmente nos encontramos antes de que él falleciera para reconstruir el vínculo. También me dijo que no tenía nada de información", narra Mikaela Añasco, bautizada así luego de que la partera que la recibió recién nacida diera a Mikaela en adopción.
“Fui a un colegio maravilloso y fui criada por una gran abuela. En ese sentido no me puedo quejar. Pero empecé a querer saber la verdad en 2016, cuando a mi abuela le detectan un cáncer terminal en los huesos. Si ella se moría, ¿a quién le iba a preguntar? Entonces profundicé la búsqueda, le pregunté cosas a mi abuela y me dijo: ‘Hablá con la partera, Mika’. Me dio la dirección y me aclaró que si supiera algo más sobre mis papás biológicos me lo hubiera dicho, que nunca me hubiera privado de nada si sabía más información”.
¿Qué sabía Mikaela? Lo relatado hasta el momento y una dirección: el domicilio de la partera: “En el acta de nacimiento figura que nací en la casa de la partera, en la zona de la Quinta Agronómica. Todavía vive la partera. Fui a verla, pero me dijo que lamentablemente era imposible que recordara quién me dio en adopción. Yo nací el 18 de enero de 1992. Era más fácil adoptar o el intercambio de niños no dentro del marco legal. Por entonces era mas fácil adoptar que ahora. Hasta 1992 existía la Ley de Patronato, no estaba la actual Ley Integral de Niños”.
El marco jurídico que conoce al detalle Mikaela lo aprendió a través de su carrera de Comunicación Social y, especialmente, cuando hizo la materia de Comunicación Alternativa, interiorizándose en los Derechos de los Niños y Niñas y la ley 26.061. Pero fue cuando empezó a practicar budismo cuando Mikaela se puso en contacto con su Yo interior y escuchó la pregunta que siempre la acompañó: "¿Quién será mi papá? ¿Quién será mi mamá?"
“Ahí me empezó a picar la curiosidad. Cuando empecé a practicar Budismo de la Soka Gakkai, a indagar sobre mí misma, pude empezar a decirlo verbalmente. Pero el tema siempre estuvo ahí. Quería saber, empecé a preguntar. Como no obtuve más respuestas sobre mis orígenes, decidí hacer la publicación. Nunca imaginé tal repercusión”, relata Mikaela, quien escribió el texto que acompaña su foto actual, la continuidad en pasamanos de aquella niña sonriente de la plaza: la sonrisa, los ojos, la piel morena, rasgos y gestos de una joven tucumana de 28 años quien un día tomó coraje, se sentó a orar para cobrar fuerzas y energía y publicó su historia: “Después de orar, lloré. Llamé a una amiga para que fuera la primera en leerlo. Jamás pensé que iba a animarme. Venía guardando un montón, no sé si me saqué una mochila de encima, pero sí es liberador”.
Más liviana para caminar por las calles del centro tucumano, para aprovechar el sábado de sol y hacer las compras de la semana en Wolfs, con las bolsas en cada mano, Mikaela vuelve a su casa con ideas, pensamientos, sensaciones y una imagen que todavía no conoce, pero que confía en llegar a conocer: quién es su padre, quién es su madre, cómo son, dónde están, qué hacen: “Siento que están vivos. No sé si tienen redes sociales, pero todos los escenarios posibles se me ocurren: no sé si tienen alguna vulneración, si tienen una vida digna, si están enfermos".
"Me gustaría saber a quién me parezco. Cuando me empezaron a salir canas, no tenía cómo preguntarles a qué edad empezaron a salirles las canas. O cuando veo la forma de mis manos: dedos largos medio redonditos en la punta. No tengo lunares de nacimiento. Entonces sé que es difícil, pero no imposible. Quizás algún familiar me mira y se acuerda: esa nena soy yo, y me gustaría conocerlos”.
Mikaela con Graciela, su mamá adoptiva, quien falleció cuando la niña tenía 3 años.
Mikaela de vacaciones en la playa con la abuela adoptiva Olga, quien la crió y le dio todo el amor hasta el último día.








