El adiós a Silvano, el canillita histórico de la 24 de septiembre
Historias de acá
Miembro de una familia de canillitas, la presencia de Silvano Herrera en el quiosco de 24 de septiembre al 300 fue parte del paisaje de los tucumanos durante décadas. El emotivo recuerdo de su sobrino.
Silvano, un canillita de sangre y de oficio.
Hace más de setenta años, cuando los diarios de tinta y papel eran una de las pocas formas de acceder a la información, unos hombres abnegados recorrían en sus bicicletas las calles tucumanas para dejar en las puertas de las casas las noticias de la provincia, el país y el mundo. Eslabón esencial en esa cadena informativa, Segundo Visuara fue uno de esos canillitas pioneros. Y supo inculcarle el oficio a Silvano Herrera, uno de sus hijos de crianza, quien administró durante casi toda su vida un quiosco de diarios y revistas en 24 de septiembre al 300, un tiempo a mitad de cuadra y otro más cerca de la esquina de Laprida. Siempre en la misma cuadra, a la vuelta de la plaza Independencia. Y siempre con el mismo atuendo: camisa celeste o marrón, pantalón de vestir, zapatos y boina para cubrir su cabeza calva. Así lo recordará por siempre su sobrino Sebastián Visuara ahora que Silvano ya no está entre nosotros.
Silvano partió ayer de este mundo con 82 años. Aunque había dejado de atender su quiosco hace como cinco años atrás, cuando la salud comenzó a flaquearle, primero, por un achaque en la cadera que lo obligó a andar con bastón y, después, por causa del alzheimer, cada vez que piensan en él, todos lo ven todavía en esa calle, la 24 de septiembre al 300, la que fue también suya y acaso su lugar en el mundo. “Su vida era el quiosco, como la de toda la gente que se dedica a esto. Salía todos los días a la cinco de la mañana y volvía a su casa a las ocho de la noche. Esa foto que compartí con él en su quiosco creo que es una postal de lo que fue, una de esas personas que han vivido por y para su oficio”, son las palabras con que Sebastián recuerda a su tío canillita.
La de Silvano fue toda una vida en el oficio de canillita, como lo había hecho Segundo en su momento y también algunos de sus hermanos. Como el finado “Pico” que tenía su quiosco en la misma cuadra, al lado de Canigo, y Alberto Visuara, el padre de Sebastián, que todavía tiene el suyo a la vuelta, por calle Laprida, frente a la Plaza Independencia y al lado de La Royal. Una vida dedicada a viralizar de manera artesanal noticias y novedades editoriales, mucho antes de que se invente ese concepto, en su quiosco de chapa y en los domicilios de sus clientes. Una vida dura y sacrificada que su sobrino, como si fuera parte de una herencia genética, también conoce bien de cerca: “Es un trabajo muy demandante, es medio esclavizante porque todos los días, llueva o haga frío, tenés que llevar el diario. Es un laburo que tiende a la informalidad y no tenés vacaciones ni feriados, si querés vacaciones te las das vos. Yo no me acuerdo haber visto nunca que mi papá y mi tío se tomen vacaciones alguna vez. Mucha gente que laburaba de esto le decía a los hijos que estudien y se dediquen a otra cosa por eso mismo”.
“Mi papá y el padre de mi papá se dedicaron a vender diarios y revistas. En su tiempo, era un oficio que te permitía vivir bien. Mi papá ha construido su casa y me ha bancado los estudios gracias al quiosco”, cuenta Sebastián que tiene 38 años y es profesor de literatura. Parte de su formación como lector, reconoce ahora, se la debe a las jornadas que pasó trabajando en el quiosco de su padre. Las colecciones económicas que publicaban las editoriales a precios muchos más accesibles que aquellos que se encuentran en las librerías, le abrieron la puerta de ingreso al mundo de la literatura. Donde su abuelo, sus tíos y su padre encontraron un oficio con el cual ganarse la vida, Sebastián encontró una profesión que lo llevaría de la facultad a las aulas. Aunque siempre está volviendo al quiosco a darle una mano a Alberto, su padre.
Pero los años dorados de los vendedores artesanales de noticias han pasado y los diarios y revistas parecen cada vez más anacrónicos en un mundo hiperconectado donde las noticias (las buenas, las malas, las falsas) llegan con toda velocidad y todo el tiempo a los lectores; lectores que parecen invitados, de pronto, a un gran banquete y quieren probarlo todo de golpe, porque todo está ahí, al alcance de la mano, en una pantalla y ya no hace falta hacerse el sota para ojearle las revistas a Don Silvano como quien toca las paltas en una verdulería para saber cuál está madura. “Creo que es un trabajo que tiende a desaparecer, la mayoría de los clientes son gente grande que todavía compran el diario de papel y que hoy es todo un presupuesto. Las generaciones de ahora leen directamente por internet. La gente consume diario digitales y tiene otra forma de relacionarse con la información. La revista ya no es un artículo necesario y encima están caras. Hoy con internet tenés acceso a muchas notas”, reflexiona Sebastián como parte de una generación de lectores que creció disfrutando la lectura de revistas como El Gráfico o la edición argentina de la Rolling Stone y que ha visto difuminarse ese consumo lector en alternativas virtuales y gratuitas.
Para Sebastián, que conoce el paño, ser canillita implica el desarrollo de algunas destrezas comerciales que lo asemejan al vendedor ambulante en el contacto humano y cercano con sus clientes: “Ser canillita tiene esa cosa de vendedor callejero porque tenés otro trato con las personas, es muy distinto a un vendedor de mostrador, vos en el quiosco de revistas te construís otro tipo de relación con los clientes. En un tiempo, el quiosco de mi tío era un kiosco bastante grande. Si ibas seguro que encontrabas ahí lo que no había en los otros kioscos chicos del centro”. Silvano fue un expendedor de conocimiento en tiempos en que no existía Wikipedia, incluso antes de que se inventara el Encarta. A su manera, también fue el custodio de un amplio y diverso universo de saberes. Acaso como el bibliotecario Jorge de Burgos en El nombre de la rosa.
“A mi tío Siempre le he tenido un profundo afecto por cómo ha sido con mi viejo. Ha tenido un lazo bastante fuerte con él, eran muy unidos. Me quedan muchos recuerdos de la infancia y la adolescencia. Era una persona muy generosa, si vos ibas y le pedías una revista que no se conseguía, él te la daba al precio de costo para que vos la vendas. No era una persona que sólo pensaba en el benéfico propio, sino que siempre buscaba la forma de ayudarte. Lo voy a recordar así, como una persona muy generosa; una persona a la que siempre podías acudir”, rememora Sebastián y en esos recuerdos, como quien no quiere la cosa, Silvano está donde estuvo siempre y de donde nunca se irá, en la cuadra de 24 de septiembre al 300.









