Las 50 horas de angustia de una mamá tucumana en el Hospital de Niños
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En un sillón pegado a una cama donde estaba acostado su bebé, sin poderse mover más que para ir a la baño, así pasó más de dos días Romina y así pasan semanas muchas mujeres de nuestra provincia que, por normativas sanitarias, una vez que entran no pueden volver a salir.
“Llegué a la mañana a la guardia. Mi hijo llevaba tres días de fiebre y ya estaba asustada”, así comienza el relato que Romina le hace a eltucumano.com. Relato de angustia, de desesperación al borde de un sillón pegado a una cama de terapia por más de dos días que podrían haber sido quién sabe cuántos.
“Lo primero que nos mandaron a hacer fueron unos análisis de sangre y de orina. El hospital no tiene un lugar donde se pueda tomar una muestra de orina, así nos fuimos al auto. Después le sacaron sangre. Lo bueno es que los resultados estuvieron muy rápidos. En ese sentido estuvieron perfecto”, comenta.
Con los resultados en la mano, la decisión de los profesionales fue que el niño quedara internado: “Nos dieron una cama en una sala que está en la guardia. Me dio la sensación que está bien hecha la separación entre los pacientes febriles y con sospecha de Covid y los demás. Ahí nos hicieron unos hisopados y como los resultados fueron negativos nos derivaron a una terapia intermedia para pacientes sin Coronavirus”.
Lo que Romina no sabía, no podía saberlo, es que su boleto de entrada al hospital no contemplaba salidas de ningún tipo por tiempo indeterminado: “Hay una disposición que le impide a los padres a quedarse durante la noche, pero, además, por la pandemia no puede haber entradas y salidas de ninguna persona a la sala, lo que implica que las madres estemos adentro todo el tiempo”.
“Tenemos que comer ahí adentro. Tenemos un baño para bañarnos ahí lo que es medio incómodo, aunque la verdad que estaba impecable. Para hacer compras tuve que esperar que el bebé se durmiera y pedirle a una enfermera que lo viera un ratito para poder ir y volver corriendo”.
Las 50 horas que Romina pasó en el sillón sin despegarse de su bebé fueron pocas en comparación a las que otras madres pasan entre angustia, dolor y soledad: “Hay mucha solidaridad entre las madres para ayudarse y cuidarse entre todas”.
“La verdad que las horas se hacen eternas, el tiempo no pasa nunca, una solo quiere volver a casa con su hijo sano. En ese sentido, los doctores dan mucha tranquilidad porque son excelentes profesionales que saben perfectamente cómo manejar las situaciones”.
La otra cara de la moneda de esta historia es el padre, que a través de un vidrio y por mensajes, recibe las pocas noticias tras horas de desesperación: “No me dejaban entrar y apenas llegué a verlo por un vidrio que tenía roto el esmerilado y justo estaba mi bebé ahí”.
“Yo llevé ropa y algo de comida y tenía que pedirles a los guardias que me dejen pasar unos minutitos hasta el pasillo para alcanzar las cosas. Es una medida entendible y sirve para proteger a los chicos, pero también es entendible la desesperación que sentimos los que quedamos afuera sin poder hace nada”.
Por suerte para esta familia, la historia terminó de la mejor manera y el niño superó su cuadro viral y volvió a casa: “La atención que revimos fue privilegiada y estamos agradecidos”.
“El tema que las horas ahí adentro se hace muy difícil, pero el hospital hace lo que puede y genera contradicciones, porque por un lado uno necesita más cercanía con sus familiares que están afuera, pero eso es peligroso para los niños. No queda otra que aguantar”, finaliza.








