La historia de Adriana P.
TESTIMONIOS
"Cuando yo llegué a Alcohólicos Anónimos, me dijeron la verdad, una terrible y cruda verdad: 'Tenés una enfermedad que es incurable y que además es mortal, y te lo podemos demostrar'. Pero no me dejaron ahí. También me dijeron: 'Tenemos una solución para esto, si vos la querés'".
Adriana P. ingresa por una de las dos puertas de acceso a la casa redacción del diario el tucumano. No tiene por qué saber que hay dos puertas de ingreso, pero sí sabe que hay puertas que se abren y también sabe que hay puertas que se cierran. Adriana P. sabe que esas puertas que se abren pueden conducir al mismo camino. Adriana P. sabe, porque lo ha vivido, que, a su vez, ese camino que parece ser el mismo no es tal: llega un punto de ese camino en el cual se bifurca y se divide en dos caminos: la paz o el infierno.
“Si Dios quiere, el próximo 5 de junio cumplo 22 años sin alcohol. Yo llegué a Alcohólicos Anónimos cuando tenía 29 años, pero anduve 10 ú 11 meses dando tumbos porque no era obediente. Lo primero que me dijeron es: 'Alejate de donde se bebe, no te juntés con personas con las que solías beber'. Yo hacía algunas cosas sí, y otras no. Y así me iba: paraba tres meses, paraba cuatro. Hice mucha terapia y hasta tuve una internación muy cortita de un fin de semana”, habla Adriana P., con su melena oscura sobre los hombros, con las manos abiertas sobre la mesa vacía, sin lugar para nada más que para sus palabras.
Sin quitarle mérito a la terapia, aclara, Adriana P. misma sabía que había otra puerta que la esperaba para enfrentar al alcoholismo. No sabía Adriana P. por entonces, no podía saber, dónde estaba esa puerta, quién tenía la llave, quién abriría esa puerta. Pero sí sabía que la respuesta o que su búsqueda no estaba en los libros de Psicología, la carrera que Adriana P. estudiaba, la carrera que dejó. Sí vio Adriana P., como gesto del destino, que en esa aula de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Tucumán, allí mismo, ella recibiría, lo que Adriana P. llama: el mensaje.
“Antes de ingresar a Alcohólicos Anónimos, el doctor Marangoni estuvo presente en mis comienzos. Yo llegué sin saber lo que me pasaba. No entendía nada. Lo que me pasaba a mí era muy distinto al caso de otros compañeros y compañeras, quienes tienen mucha claridad con su problema con la bebida. Yo sabía que algo raro pasaba en mi vida, que cada vez tenía más problemas, que no podía concretar cosas. Pero nunca lo relacionaba con la bebida. La negación, que es parte de mi enfermedad, era muy fuerte en ese momento”.
“Cuando llegué a Alcohólicos Anónimos lo único que recuerdo es que lloraba mucho y que dije que quería dejar de sufrir. Recuerdo que decía que, si alguien sabía cómo yo podía dejar de sufrir, que por favor me ayudara. La otra cosa que recuerdo de esa reunión es que alguien me dijo: ‘Nunca más vas a estar sola’. Insisto: yo no entendía. Me acuerdo que era invierno. Me acompañó mi hermana: se quedó afuera, en ese frío, no se fue ni a tomar un café, quedó ahí afuera. Y yo salí feliz. No había entendido nada, y yo era muy racional y lo fui durante mucho tiempo. Pero al salir de la primera reunión me dí cuenta de que algo había pasado por primera vez en mí: la emoción. No entendía nada y ya quería volver. Me acuerdo lo que sentí: alegría. Quería volver. Sabía que había llegado a un lugar con esa gente que no conocía y ahí puntos suspensivos: yo, que sabía explicar casi todo, no lo podía explicar, era una emoción hermosa. Y todavía por ahí regresa esa emoción”, hace una pausa Adriana P., pausas y silencios que dicen. Hasta cuando calla, habla. Y cuando retoma la palabra, lo hace para abrir la puerta de par en par, ella misma, con sus manos y extender su historia sobre la mesa.
“A pesar de que yo seguía bebiendo cada tres o cuatro veces por desobediente, nunca dejé de ir a los grupos. Nunca. Y me dolía mucho. Hasta que un 5 de junio pasó algo distinto: no fue una borrachera distinta, ni peor ni mejor que otras. Pero se hizo un click dentro mío. Fue un día sábado. El día lunes tenía turno con el doctor Marangoni y yo dije: ‘Esta es la última vez’. Algo pasó: no sé. Me dije: 'Voy a ser obediente y si me dicen que tengo que ir caminando a la punta de aquella montaña y volver, no voy a preguntar ni siquiera el porqué. Voy a ser obediente'. Y pude mantenerme desde aquel entonces hasta acá, por la gracia de Dios, y con mucha ayuda, y con muchos errores en el medio, sin beber”, relata ante el silencio que la charla amerita en el segundo piso del diario.
“Yo he peleado mucho con el Poder Superior, con el Programa. Al fin y al cabo es la pelea de Adriana con Adriana siempre, ¿no? Hoy en día he llegado a conocer la paz, a no querer controlarlo todo, porque además puedo aceptar que no puedo controlar prácticamente nada. Sí tomo algunas que otras decisiones importantes como no beber, hacer todo lo necesario para no beber, aunque sé que eso no alcanza. Yo necesito la ayuda de un grupo, de otro compañero, del Programa, y sobre todo de alguien a quien odié tanto: a Dios. Esa ayuda para mí es fundamental. Es más: le debo el poco sano juicio que trato de conseguir día a día a ese Dios. Eso está mejor descripto en el segundo paso: ‘Solamente un Poder Superior podrá devolverme en sano juicio’. Para mí eran palabras, yo no entendía. Y es que no lo entendés hasta que no empezás a vivir esos pasos. Yo quería las respuestas antes, quería las pruebas antes”.
“Sin embargo, Alcohólicos Anónimos también tiene algo que no encontré en ninguna otra parte. Cuando yo llegué, me dijeron la verdad, una terrible y cruda verdad: ‘Tenés una enfermedad que es incurable y que además es mortal, y te lo podemos demostrar’. Pero no me dejaron ahí. Me dijeron: ‘Tenemos una solución para esto, si vos la querés’. Eso no lo encontré en ningún otro lugar. Y después tuve otras soluciones más y sigo teniéndolas con la práctica de los pasos: yo no sabría vivir sin los pasos. Una vez, una psicóloga me dijo: ‘¿Pero no te sentís un poco idiota?’ Mirá, yo siempre fui tan soberbia que no, no me siento idiota. Creo que me voy acercando a la realidad y la realidad tiene que ver con la humildad. Yo no he llegado a Alcohólicos Anónimos por haber triunfado en la vida, he llegado totalmente derrotada”.
“Antes, los veteranos de Alcohólicos Anónimos, que eran mucho más duros que ahora (y quizás debiéramos recuperar un poco eso pero es otro tema) te decían: ‘Mirá, olvidate todo lo que sabés, todo lo que hiciste, estuvo todo mal, porque si no vos no estarías acá. Así que calladita la boca, usted: siéntese y escuche’. En aquel tiempo no se discutía con el padrino. Fui el 90% obediente y el resto me lo callaba, no lo discutía, tenía cierta humildad. El primer paso dice: ‘Sin una poca de humildad, ningún alcohólico podría mantenerse sobrio’. Y para el resto del programa hay que adquirir aún mucha más humildad. El precio de entrada hacia una vida mejor es la humildad. Yo la he llegado a relacionar con realidad. Por ejemplo, cuando yo bebía me escapaba siempre, siempre: me he escapado de mí, de mi familia, de mi entorno, de Dios, de lo que fuere. El alcohol me llevaba con un solo trago a otra dimensión. Es muy difícil de explicar a alguien que no es alcohólico. Yo atiendo la línea de Alcohólicos Anónimos. Cuando les cuento eso para que se produzca la identificación, yo sé que están asintiendo con la cabeza: ‘Sí, eso me pasa a mí’. Un solo trago me llevaba a otro mundo donde yo era Dios, donde no se siente miedo, donde todo es perfecto, donde lo podés todo, es otro mundo”.
Las puertas de la percepción, las puertas de la intuición, las voces que acompañana a Adriana P. tenían siempre un mensaje en común: “Ese mundo del que te hablo ha sido lo peor que me pudo pasar, y a mí me han pasado cosas feas. ¿Por qué? Porque el alcohol siempre ha sido un doble mensaje en mi vida: ‘Vení que yo tengo todo eso que vos querés y necesitás’. Y al instante de tomar ese primer trago, me quitaba la decencia, la dignidad, la identidad, todo. Eso me pasaba una y otra y otra vez. Me ha ultrajado como nada o nadie podría haberlo hecho. Es impresionante. Y sin embargo me ha pasado, repito, una y otra y cientos de miles de veces. Y yo sin entender qué me pasaba. Es difícil de explicar, por eso solo lo puedo relatar, no explicar”, insiste Adriana P., una de las compañeras de Alcohólicos Anónimos más respetadas y con mayor experiencia en exposiciones y charlas abiertas como las que viene desarrollando el grupo a través de todo Tucumán y también en algunos puntos de provincias vecinas.
“Cuando voy a dar una charla o un testimonio digo que lo más grande que me pasó fue Alcohólicos Anónimos. Y lo más grande que nunca quiero perder de vista que me va a ocurrir también es Alcohólicos Anónimos. La realidad, esa de la que yo quería huir, en esa realidad había sabido estar yo: Adriana, el otro, Dios, la alegría, la libertad, las oportunidades, la vida misma porque lo otro no era vida, era un sobrevivir. Entonces hoy cuando tengo esa tendencia de huir, porque todavía la tengo, no necesito alcohol para huir: necesito un celular, un poco de ruido, cualquier cosa para escapar. Intento volver y regresar a mí y saber que ahí está la realidad. Y que el cuco ese solamente es un cuco, ese miedo. Que ahí está todo lo que te promete el programa: la alegría, la verdad, otras libertades que te promete el programa, pero a través de la realidad, poner el cuerpo y el alma atrás, aquí y ahora. Eso que es tan importante para nosotros, esas 24 horas y no proyectarnos. Y no es que no pueda proyectar: tengo una agenda para el día, una agenda para la semana”.
“Pero no pongo expectativas si eso no sucede: puede suceder, puede no, ya sé que soy yo quien decide todo, puedo aceptarlo todo, ya no tengo la necesidad de controlarlo todo, porque mi miedo ha disminuido mucho. ‘Es un miedo anormal’, dice nuestra literatura. Es terror. Es pánico. Por eso huíamos. Alcohólicos Anónimos es una fuga, pero hacia la realidad. Constantemente te está llamando e invitando a la realidad, pero acompañándote, no vas solito. Es un programa de amor. Cómo odiaba esa palabra: Dios y amor. Tenés que empezar desde cero y ese es un gran milagro. O cuando te dicen: ‘Ay, pobrecita la alcohólica. Tiene que empezar de cero’. Me encanta empezar de cero. ¿Por qué? Porque tuve la oportunidad de preguntarme: ¿esto es válido para mí? ¿Lo que hago por qué lo hago? ¿Por mandatos? ¿Por quedar bien? ¿Qué estoy buscando? Inventarios, verdad, verdades, pero no verdades acerca del otro, verdades acerca de mí. Me tuve que replantear todo en mi vida. Es hermoso el trabajo ese. Cómo quisiera que todos tengamos esa oportunidad. Y hoy lo hago todos los días”.
“El último paso, el doceavo, tiene como tema central: ‘La alegría de vivir’. Otra cosa que odiaba. Yo no sentía alegría. Nunca la había sentido: el simple hecho de estar viva, de sentir el aire en mis pulmones, de saber de mi finitud, de mi vulnerabilidad y de que hoy estoy y de que mañana puede ser que no y de que eso no me asuste sino todo lo contrario: que me haga valorar este precioso momento que no vuelve. Y hay mucho más, esto no tiene techo. Y no significa que yo no sea un ser humano que lloro: me encanta sentir por qué lloro, tener conciencia. Antes tenía un interruptor de luz y no sentía nada: se apagaba. Eso no era vida. Ni siquiera era un ser humano. Es espantoso. Y este es un constante camino y retorno de todo eso: pero constante. Por una parte tengo esta anomalía física que tenemos los alcohólicos: la alergia más la obsesión mental. tampoco se cura. Bill escribe: ‘La honestidad para hoy, la humildad para hoy’. Todos los días se trabaja en esto. No me siento apabullada. Es emocionante. Todos los días voy al encuentro de la vida. Me gusta vivir bien, pero no lo necesito. Lo único que necesito es ese Poder Superior. Nada más. Si lo pierdo todo, si quedo debajo de un puente, no me importa. Si tengo sobriedad puedo volver desde cero. La sobriedad es lo más importante porque es la vida misma. Tengo una responsabilidad moral. Es muy profundo. Y saber que estoy haciendo algo por primera vez importante con mi vida”.
“Yo dejé en tercer año Psicología. Y tenía el camino todo allanado. Mi idea era escribir dos libros a los 30 años. Estar en una playa, tomando algo por supuesto, y que mis pacientes estén esperando a que yo llegue. Y todo eso era bastante posible. Menos mal que me ganó el alcohol porque si no iba a ser insoportable. Pero nunca sentí lo que siento ahora que soy delegada, que no tengo tiempo a veces ni para comer, que nadie me paga un peso, pero lo que yo recibo es impagable: entraron muchas mujeres, hice una reunión cerrada, se acercó un compañero nuevo, y me dice: ‘Vos sos Adriana, vos me atendiste el teléfono, yo sabía que te iba a encontrar’. Ese hombre estaba feliz. ¿A veces digo que yo tengo el día hecho? No: la vida la tenga hecha. No tiene que ver con mi pasado y sus fracasos. Al principio de mi ingreso pensaba que se trataba de equilibrar la balanza, pero no: esto es mucho más. Nosotros no salvamos a nadie, pero sí tenemos la responsabilidad de ser un puente y un conducto de vida. Estar sin beber y el ayudar a otro: fortalezco mi sobriedad y transmito a otro la posibilidad de que salve su vida y la de su familia. ¿Si mí me hubiera gustado llegar más joven Alcohólicos Anónimos? No. Yo sé que llegué en el momento justo. Y sé que la mayoría de los alcohólicos se mueren allá afuera. No puede haber lugar en mi cabeza para cuestionarme: ‘¿Por qué no llegué antes?’ No, llegué en el momento que tenía que llegar. Y solo así, desde hace 22 años, doy gracias por cada segundo sin alcohol”.
“Si Dios quiere, el próximo 5 de junio cumplo 22 años sin alcohol. Yo llegué a Alcohólicos Anónimos cuando tenía 29 años, pero anduve 10 ú 11 meses dando tumbos porque no era obediente. Lo primero que me dijeron es: 'Alejate de donde se bebe, no te juntés con personas con las que solías beber'. Yo hacía algunas cosas sí, y otras no. Y así me iba: paraba tres meses, paraba cuatro. Hice mucha terapia y hasta tuve una internación muy cortita de un fin de semana”, habla Adriana P., con su melena oscura sobre los hombros, con las manos abiertas sobre la mesa vacía, sin lugar para nada más que para sus palabras.
Sin quitarle mérito a la terapia, aclara, Adriana P. misma sabía que había otra puerta que la esperaba para enfrentar al alcoholismo. No sabía Adriana P. por entonces, no podía saber, dónde estaba esa puerta, quién tenía la llave, quién abriría esa puerta. Pero sí sabía que la respuesta o que su búsqueda no estaba en los libros de Psicología, la carrera que Adriana P. estudiaba, la carrera que dejó. Sí vio Adriana P., como gesto del destino, que en esa aula de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Tucumán, allí mismo, ella recibiría, lo que Adriana P. llama: el mensaje.
“Antes de ingresar a Alcohólicos Anónimos, el doctor Marangoni estuvo presente en mis comienzos. Yo llegué sin saber lo que me pasaba. No entendía nada. Lo que me pasaba a mí era muy distinto al caso de otros compañeros y compañeras, quienes tienen mucha claridad con su problema con la bebida. Yo sabía que algo raro pasaba en mi vida, que cada vez tenía más problemas, que no podía concretar cosas. Pero nunca lo relacionaba con la bebida. La negación, que es parte de mi enfermedad, era muy fuerte en ese momento”.
“Cuando llegué a Alcohólicos Anónimos lo único que recuerdo es que lloraba mucho y que dije que quería dejar de sufrir. Recuerdo que decía que, si alguien sabía cómo yo podía dejar de sufrir, que por favor me ayudara. La otra cosa que recuerdo de esa reunión es que alguien me dijo: ‘Nunca más vas a estar sola’. Insisto: yo no entendía. Me acuerdo que era invierno. Me acompañó mi hermana: se quedó afuera, en ese frío, no se fue ni a tomar un café, quedó ahí afuera. Y yo salí feliz. No había entendido nada, y yo era muy racional y lo fui durante mucho tiempo. Pero al salir de la primera reunión me dí cuenta de que algo había pasado por primera vez en mí: la emoción. No entendía nada y ya quería volver. Me acuerdo lo que sentí: alegría. Quería volver. Sabía que había llegado a un lugar con esa gente que no conocía y ahí puntos suspensivos: yo, que sabía explicar casi todo, no lo podía explicar, era una emoción hermosa. Y todavía por ahí regresa esa emoción”, hace una pausa Adriana P., pausas y silencios que dicen. Hasta cuando calla, habla. Y cuando retoma la palabra, lo hace para abrir la puerta de par en par, ella misma, con sus manos y extender su historia sobre la mesa.
“A pesar de que yo seguía bebiendo cada tres o cuatro veces por desobediente, nunca dejé de ir a los grupos. Nunca. Y me dolía mucho. Hasta que un 5 de junio pasó algo distinto: no fue una borrachera distinta, ni peor ni mejor que otras. Pero se hizo un click dentro mío. Fue un día sábado. El día lunes tenía turno con el doctor Marangoni y yo dije: ‘Esta es la última vez’. Algo pasó: no sé. Me dije: 'Voy a ser obediente y si me dicen que tengo que ir caminando a la punta de aquella montaña y volver, no voy a preguntar ni siquiera el porqué. Voy a ser obediente'. Y pude mantenerme desde aquel entonces hasta acá, por la gracia de Dios, y con mucha ayuda, y con muchos errores en el medio, sin beber”, relata ante el silencio que la charla amerita en el segundo piso del diario.
“Yo he peleado mucho con el Poder Superior, con el Programa. Al fin y al cabo es la pelea de Adriana con Adriana siempre, ¿no? Hoy en día he llegado a conocer la paz, a no querer controlarlo todo, porque además puedo aceptar que no puedo controlar prácticamente nada. Sí tomo algunas que otras decisiones importantes como no beber, hacer todo lo necesario para no beber, aunque sé que eso no alcanza. Yo necesito la ayuda de un grupo, de otro compañero, del Programa, y sobre todo de alguien a quien odié tanto: a Dios. Esa ayuda para mí es fundamental. Es más: le debo el poco sano juicio que trato de conseguir día a día a ese Dios. Eso está mejor descripto en el segundo paso: ‘Solamente un Poder Superior podrá devolverme en sano juicio’. Para mí eran palabras, yo no entendía. Y es que no lo entendés hasta que no empezás a vivir esos pasos. Yo quería las respuestas antes, quería las pruebas antes”.
“Sin embargo, Alcohólicos Anónimos también tiene algo que no encontré en ninguna otra parte. Cuando yo llegué, me dijeron la verdad, una terrible y cruda verdad: ‘Tenés una enfermedad que es incurable y que además es mortal, y te lo podemos demostrar’. Pero no me dejaron ahí. Me dijeron: ‘Tenemos una solución para esto, si vos la querés’. Eso no lo encontré en ningún otro lugar. Y después tuve otras soluciones más y sigo teniéndolas con la práctica de los pasos: yo no sabría vivir sin los pasos. Una vez, una psicóloga me dijo: ‘¿Pero no te sentís un poco idiota?’ Mirá, yo siempre fui tan soberbia que no, no me siento idiota. Creo que me voy acercando a la realidad y la realidad tiene que ver con la humildad. Yo no he llegado a Alcohólicos Anónimos por haber triunfado en la vida, he llegado totalmente derrotada”.
“Antes, los veteranos de Alcohólicos Anónimos, que eran mucho más duros que ahora (y quizás debiéramos recuperar un poco eso pero es otro tema) te decían: ‘Mirá, olvidate todo lo que sabés, todo lo que hiciste, estuvo todo mal, porque si no vos no estarías acá. Así que calladita la boca, usted: siéntese y escuche’. En aquel tiempo no se discutía con el padrino. Fui el 90% obediente y el resto me lo callaba, no lo discutía, tenía cierta humildad. El primer paso dice: ‘Sin una poca de humildad, ningún alcohólico podría mantenerse sobrio’. Y para el resto del programa hay que adquirir aún mucha más humildad. El precio de entrada hacia una vida mejor es la humildad. Yo la he llegado a relacionar con realidad. Por ejemplo, cuando yo bebía me escapaba siempre, siempre: me he escapado de mí, de mi familia, de mi entorno, de Dios, de lo que fuere. El alcohol me llevaba con un solo trago a otra dimensión. Es muy difícil de explicar a alguien que no es alcohólico. Yo atiendo la línea de Alcohólicos Anónimos. Cuando les cuento eso para que se produzca la identificación, yo sé que están asintiendo con la cabeza: ‘Sí, eso me pasa a mí’. Un solo trago me llevaba a otro mundo donde yo era Dios, donde no se siente miedo, donde todo es perfecto, donde lo podés todo, es otro mundo”.
Las puertas de la percepción, las puertas de la intuición, las voces que acompañana a Adriana P. tenían siempre un mensaje en común: “Ese mundo del que te hablo ha sido lo peor que me pudo pasar, y a mí me han pasado cosas feas. ¿Por qué? Porque el alcohol siempre ha sido un doble mensaje en mi vida: ‘Vení que yo tengo todo eso que vos querés y necesitás’. Y al instante de tomar ese primer trago, me quitaba la decencia, la dignidad, la identidad, todo. Eso me pasaba una y otra y otra vez. Me ha ultrajado como nada o nadie podría haberlo hecho. Es impresionante. Y sin embargo me ha pasado, repito, una y otra y cientos de miles de veces. Y yo sin entender qué me pasaba. Es difícil de explicar, por eso solo lo puedo relatar, no explicar”, insiste Adriana P., una de las compañeras de Alcohólicos Anónimos más respetadas y con mayor experiencia en exposiciones y charlas abiertas como las que viene desarrollando el grupo a través de todo Tucumán y también en algunos puntos de provincias vecinas.
“Cuando voy a dar una charla o un testimonio digo que lo más grande que me pasó fue Alcohólicos Anónimos. Y lo más grande que nunca quiero perder de vista que me va a ocurrir también es Alcohólicos Anónimos. La realidad, esa de la que yo quería huir, en esa realidad había sabido estar yo: Adriana, el otro, Dios, la alegría, la libertad, las oportunidades, la vida misma porque lo otro no era vida, era un sobrevivir. Entonces hoy cuando tengo esa tendencia de huir, porque todavía la tengo, no necesito alcohol para huir: necesito un celular, un poco de ruido, cualquier cosa para escapar. Intento volver y regresar a mí y saber que ahí está la realidad. Y que el cuco ese solamente es un cuco, ese miedo. Que ahí está todo lo que te promete el programa: la alegría, la verdad, otras libertades que te promete el programa, pero a través de la realidad, poner el cuerpo y el alma atrás, aquí y ahora. Eso que es tan importante para nosotros, esas 24 horas y no proyectarnos. Y no es que no pueda proyectar: tengo una agenda para el día, una agenda para la semana”.
“Pero no pongo expectativas si eso no sucede: puede suceder, puede no, ya sé que soy yo quien decide todo, puedo aceptarlo todo, ya no tengo la necesidad de controlarlo todo, porque mi miedo ha disminuido mucho. ‘Es un miedo anormal’, dice nuestra literatura. Es terror. Es pánico. Por eso huíamos. Alcohólicos Anónimos es una fuga, pero hacia la realidad. Constantemente te está llamando e invitando a la realidad, pero acompañándote, no vas solito. Es un programa de amor. Cómo odiaba esa palabra: Dios y amor. Tenés que empezar desde cero y ese es un gran milagro. O cuando te dicen: ‘Ay, pobrecita la alcohólica. Tiene que empezar de cero’. Me encanta empezar de cero. ¿Por qué? Porque tuve la oportunidad de preguntarme: ¿esto es válido para mí? ¿Lo que hago por qué lo hago? ¿Por mandatos? ¿Por quedar bien? ¿Qué estoy buscando? Inventarios, verdad, verdades, pero no verdades acerca del otro, verdades acerca de mí. Me tuve que replantear todo en mi vida. Es hermoso el trabajo ese. Cómo quisiera que todos tengamos esa oportunidad. Y hoy lo hago todos los días”.
“El último paso, el doceavo, tiene como tema central: ‘La alegría de vivir’. Otra cosa que odiaba. Yo no sentía alegría. Nunca la había sentido: el simple hecho de estar viva, de sentir el aire en mis pulmones, de saber de mi finitud, de mi vulnerabilidad y de que hoy estoy y de que mañana puede ser que no y de que eso no me asuste sino todo lo contrario: que me haga valorar este precioso momento que no vuelve. Y hay mucho más, esto no tiene techo. Y no significa que yo no sea un ser humano que lloro: me encanta sentir por qué lloro, tener conciencia. Antes tenía un interruptor de luz y no sentía nada: se apagaba. Eso no era vida. Ni siquiera era un ser humano. Es espantoso. Y este es un constante camino y retorno de todo eso: pero constante. Por una parte tengo esta anomalía física que tenemos los alcohólicos: la alergia más la obsesión mental. tampoco se cura. Bill escribe: ‘La honestidad para hoy, la humildad para hoy’. Todos los días se trabaja en esto. No me siento apabullada. Es emocionante. Todos los días voy al encuentro de la vida. Me gusta vivir bien, pero no lo necesito. Lo único que necesito es ese Poder Superior. Nada más. Si lo pierdo todo, si quedo debajo de un puente, no me importa. Si tengo sobriedad puedo volver desde cero. La sobriedad es lo más importante porque es la vida misma. Tengo una responsabilidad moral. Es muy profundo. Y saber que estoy haciendo algo por primera vez importante con mi vida”.
“Yo dejé en tercer año Psicología. Y tenía el camino todo allanado. Mi idea era escribir dos libros a los 30 años. Estar en una playa, tomando algo por supuesto, y que mis pacientes estén esperando a que yo llegue. Y todo eso era bastante posible. Menos mal que me ganó el alcohol porque si no iba a ser insoportable. Pero nunca sentí lo que siento ahora que soy delegada, que no tengo tiempo a veces ni para comer, que nadie me paga un peso, pero lo que yo recibo es impagable: entraron muchas mujeres, hice una reunión cerrada, se acercó un compañero nuevo, y me dice: ‘Vos sos Adriana, vos me atendiste el teléfono, yo sabía que te iba a encontrar’. Ese hombre estaba feliz. ¿A veces digo que yo tengo el día hecho? No: la vida la tenga hecha. No tiene que ver con mi pasado y sus fracasos. Al principio de mi ingreso pensaba que se trataba de equilibrar la balanza, pero no: esto es mucho más. Nosotros no salvamos a nadie, pero sí tenemos la responsabilidad de ser un puente y un conducto de vida. Estar sin beber y el ayudar a otro: fortalezco mi sobriedad y transmito a otro la posibilidad de que salve su vida y la de su familia. ¿Si mí me hubiera gustado llegar más joven Alcohólicos Anónimos? No. Yo sé que llegué en el momento justo. Y sé que la mayoría de los alcohólicos se mueren allá afuera. No puede haber lugar en mi cabeza para cuestionarme: ‘¿Por qué no llegué antes?’ No, llegué en el momento que tenía que llegar. Y solo así, desde hace 22 años, doy gracias por cada segundo sin alcohol”.
La página de Alcohólicos Anónimos está disponible en este link: El teléfono de emergencias y guardia permanente en Tucumán es: 381 537 9648








