"El fin de semana fue un desmadre": el terror de las fiestas clandestinas en Tucumán
Pandemia
Alfredo Aydar es el abogado que no duerme porque el teléfono le explota con denuncias de fiestas multitudinarias en distintos puntos de la provincia. La falta de empatía y de controles, un combo peligroso en plena pandemia: “No somos buchones, somos personas que defendemos la vida”.
Eliot Pez en la taberna clandestina de Moes
Hace varios fines de semana que Alfredo Aydar no puede pegar un ojo. Al igual que los parlantes de las fiestas clandestinas que proliferan en distintos rincones de la provincia, su teléfono no para de sonar. Viernes, sábados y domingos, el abogado recibe más de 60 denuncias: una fiesta de música cachengue por acá, una electrónica por allá, un bar donde hicieron a un lado las mesas para armar la pista de baile más allá. En plena segunda ola de la pandemia y aun cuando las reuniones masivas están prohibidas, las jodas no se terminan y convocan a miles de tucumanos que hacen oídos sordos a las prohibiciones y recomendaciones. Pero Alfredo no duerme y está decidido a hacer lo que está a su alcance para evitarlas: “Este último fin de semana fue un desmadre. Creo que, directamente, han liberado la provincia para las fiestas clandestinas. Con todo lo que uno haga, si se logra salvar una vida humana ya es mucho lo que se está haciendo”.
Si Tucumán fuera el Chicago de los años veinte, Alfredo quizás encarnaría a Eliot Ness, el denodado agente del tesoro estadounidense que velaba por hacer cumplir la ley seca entonces vigente y que se volvería el protagonista de la película de Brian De Palma “Los Intocables”. Si esta comarca fuera el Springfield animado, acaso se pondría en el traje de Eliot Pez, el archienemigo de Homero Simpsons en el capítulo en que Homero se convierte en “El barón de la cerveza”. Ni Chicago ni Springfield, acá la lucha de este abogado es contra las fiestas clandestinas; una amenaza epidemiológica latente cuando todavía no hemos superado la segunda ola del Coronavirus. “Lo que a mí me ha movilizado ha sido la falta de camas en el sistema de salud por la segunda ola de la pandemia que fue la primera vez que Tucumán estuvo en peligro de quedarse sin camas para los contagiados. Era inevitable en mí como ciudadano, como padre y como abogado, comenzar a concientizar a las personas, primero pidiéndoles que no acudan a este tipo de reuniones dada la situación que estamos atravesando. Después, cuando no acusaban recibo, ya me he empezado a poner más duro”, confiesa el letrado.

Publicaciones promocionando fiestas clandestinas.
Preocupado como muchos tucumanos por las consecuencias de la pandemia en la provincia, Alfredo comenzó a valerse de sus redes sociales con más de 40 mil seguidores para denunciar la proliferación de este tipo de eventos y poner en alerta a las autoridades. Por eso, cuando llega el fin de semana, su teléfono no para de sonar: “La gente lo que me dice es que cuando llama al 911 no obtiene respuesta de las autoridades. Hay una fiesta famosa que hace todos los fines de semanas en el barrio El Sol de Las Talitas en un salón con capacidad para 300 personas. Esa fiesta arranca a la tarde y a las 21 yo ya tengo treinta mensajes con videos que demuestran la fiesta, pero la policía actúa recién cuando ya hay mucha presión, a la una de la mañana. Es decir, la joda empieza a la tarde y ellos van recién cuando ya está terminando. Dicen que hay una relación directa entre los que organizan estas fiestas y la gente del municipio. Creo que acá están fallando los canales del Estado, por eso uno tiene que hacer el trabajo que ellos no hacen”.
“Cuando veo que la fiesta se está haciendo y las autoridades no actúan, ahí nomás publico en las redes. Es una manera de manifestar una posición ante una situación que es desesperante porque ahora la gente está como enloquecida saliendo y eso me desespera”, dice el letrado quien todos los fines de semana se pone en la tarea de recibir las denuncias, publicarlas en sus cuentas de Instagram y Facebook y remitirlas a las distintas autoridades para que tomen cartas en el asunto. Sin embargo, según alerta, muchas veces las fuerzas de seguridad hacen oídos sordos: “Yo comienzo a recibir las denuncias desde la tarde y se las envió a las autoridades del COE, del Ministerio de Seguridad, del IPLA… Este último fin de semana he recibido más de sesenta denuncias, varias de la misma fiesta. Hubo fiestas en Las Talitas, en el ex ingenio Lastenia, en Famaillá, en Mancopa, un fiestón en una cervecería de Barrio Norte… Yo no duermo mientras ellos, los que tienen que controlar, están roncando”.

Imágen de una de las fiestas del pasado fin de semana.
“Cuando se denuncia y las autoridades tienen conocimiento, pero no actúan, creo que es por tres razones: coima, tráfico de influencias o bien porque son inútiles. Yo considero que acá hace falta una decisión concreta del Ministerio de Seguridad. Hace falta un equipo especializado que termine con esta situación porque es una cosa de todos los fines de semana”, comenta Aybar que denuncia que hay un gran negocio en la organización de fiestas clandestinas: “Los que organizan cobran entradas que valen entre 1000 y 2000 pesos. En estos lugares hay un descontrol absoluto respecto a otras sustancias porque, justamente, al ser clandestinas, escapan del control del Estado. Hay fiestas casi todos los fines de semana desde que comenzó la pandemia. Los nombres más renombrados detrás de las clandestinas se manejan por alias como el Porte, el Santi, un tal Nico… Son siempre los mismos”.
Las acciones del abogado para frenar las fiestas clandestinas no se limitan a las denuncias a través de las redes sociales, también redactó un proyecto para que los organizadores de este tipo de eventos sean castigados con trabajo comunitarios y no con multas económicas dado el inminente peligro de este tipo de reuniones que convocan a cientos y hasta miles de personas sin ningún tipo de protocolo: “Yo propongo trabajo comunitario para los responsables porque la multa es anónima, en cambio, cuando a vos te exponen ante el escrache público, eso es más disuasivo. Lo hice al proyecto, lo publiqué en las redes y lo puse a disposición de la legislatura. Lamentablemente, no tengo representatividad para poder presentarlo. Pero la verdad es que no hay interés de los legisladores ni de nadie. De alguna manera siento que ellos no quieren que vos hagas, lo que ellos no hacen”.
Para Aydar lo que hay en estos casos es un coctel explosivo donde se combina el gran negocio que suponen las fiestas clandestinas para quienes las organizan, la apatía de los asistentes a quienes no les importa la posibilidad concreta de contagiarse y transmitir el virus y la inacción de las autoridades. Ante esto, el abogado sabe que se ha vuelto un blanco fácil para aquellos que lucran con la clandestinidad: “Las fiestas clandestinas son un imán para la corrupción y la coima. Soy consciente de que estoy poniendo en riesgo mi integridad física porque los que organizan estas fiestas me pueden pegar un palazo, una pedrada o un tiro… me puede pasar cualquier cosa. ¿Si tengo miedo? porsupuesto que tengo miedo, muchísimo miedo, pero tengo más miedo de quedarme quieto y no hacer nada. Yo no puedo hacer más de lo que hago, pero voy a seguir porque es lo que me toca hacer. Tendré que seguir exponiendo mi integridad y la de mi familia”.
“La sociedad tiene que tomar consciencia de que estamos en el minuto 90 del partido y todavía falta el tiempo suplementario. Tucumán todavía tiene 15 personas muertas por día y cientos de casos, esto no ha pasado. Si bien se está vacunando, todavía falta un tiempo más para generar la inmunidad de rebaño. No puede ser que todo el esfuerzo que venimos haciendo cumpliendo los protocolos, andando con el barbijo todo el día, se vaya por la borda por unos irresponsables”, reflexiona el hombre que no se considera ni un héroe ni un vigilante, sólo un ciudadano que hace lo que siente correcto e invita a los demás a imitarlo en el gesto: “A los jóvenes les quiero decir que no tengan miedo de denunciar. No somos buchones, somos personas que defendemos la vida humana”.








