La navidad íntima y mágica que se convirtió en refugio de la soledad
Más de veinte tucumanos se llegaron anoche a Santos Discépolo para compartir una cena navideña distinta. Música, glitter, brindis y risas animaron la velada: "el amor crece cuando se reparte". Mirá los videos.
Una nochebuena diferente en Santos Discépolo.
Mesa larga, de esas que se arman juntando varias iguales y mantel blanco para la ocasión. En el patio de Santos Discépolo los bancos y las sillas se empezaron a ordenar pasadas las 21. De fondo, una cumbia pone ritmo a la noche calurosa de vísperas de navidad. En la casa cultural, ubicada en La Rioja al 200, habían convocado a todos aquellos que quieran ir a pasar la navidad ahí. “Si estás en situación de calle, si estás en soledad, si crees que es un gasto que no podés hacer o porque querés compartir, venite que te esperamos”, decía la invitación. En bicicleta y a pie, niños y adultos, solos y acompañados, llegaron al convite de esa mesa navideña compartida para abjurar cualquier soledad. Los recibió la música y la calidez humana.
A las 22 comenzaron a llegar. Cuando pasaban por la puerta, Eloisa, una niña de siete años, se encargaba de colocarles glitter en la frente. Después de eso, ya se podían sentar. En la antesala, no faltaron las papitas y maníes. Una de las mesas largas se iba ocupando en el patio. La navidad es uno de esos pocos días del año que se siente como si el tiempo pasará distinto y en Santos esto se percibía en la cumbia colombiana que seguía sonando, pero ahora con las voces de los invitados que eran alumbrados por las guirnaldas de foquitos de luz cálida y los murales coloridos de sus paredes.
Reineiro Carranza llegó en su bici, fue el primero de los comensales. Entró tímido y se sentó cruzando las piernas. 86 años, zapatos, pantalón de vestir, camisa. Los ojos refulgentes como si tuvieran una capa de brillo de vida encima. Cuando se presente, minutos después de su llegada, alguien le dirá que es la primera vez que conoce a un Reineiro. Él sonreirá. No es su primera vez en Santos, el año pasado vino para la misma fecha. Recuerda con alegría aquella navidad y me cuenta que él antes iba a la celebración que suele realizarse en Plaza Independencia, pero que el año pasado vino para aquí. Y le gustó.

Constanza, que suele ir a Santos los fines de semana, fue una de las que se enteró por las redes y no dudó en venir a compartir. Para ella, lo lindo de Santos es que vas, te sentás y no importa si no conoces a nadie, terminás hablando y se arma algo lindo. Pero no todos los que llegaban era gente sola. Silvano y Marina vinieron con su hija. La idea era compartir y entre todos sentirse acompañados.
De entrada, sirvieron empandas, pizza y unos sanguchitos de carne mechada con verduras asadas en un pan que le hacía honor a semejante delicia. Al ratito, salieron los pollos con ensalada rusa. Para dos de los presentes que eran vegetarianos hubo un plato especial. Reineiro preguntó cuál era la diferencia entre veganos y vegetarianos, Naomi le explico que los veganos no comen ningún derivado de los animales, pero que ella era vegetariana. Eloisa contó, con una presa de pollo en la mano, que ella también era vegetariana, pero que comía carne. Hubo muchas risas, todos seguían con el gliter en la cara que ella se había encargado de maquillar. Gaseosas, jugos, mesa dulce con turrones, pan dulce (con y sin fruta abrillantada). No faltaba nada.

Benjamín Ramayo Hernández, uno de los dueños de Santos y encargado del comedor que funciona durante la semana, estuvo presente toda la noche. Él está convencido de que el amor crece cuando se reparte. Esta movida de la navidad la hacen hace cuatro años. Me cuenta que está vez hubo un poco menos de concurrencia porque se estaban realizando en simultaneo iniciativas parecidas en varios puntos de la ciudad. Es por eso que habían calculado comida por si venia más gente, y que, además, muchos fueron los tucumanos que se acercaron a donar. Desde Pan dulce, tortas caseras, bebidas, la gente colaboró con lo que pudo, con mucho amor. Lo que sobre se repartirá en diferentes comedores con los cuales Santos trabaja.
Benjamín, que había salido misteriosamente hacía un rato, entró con Tito, un habitué de la casa. Llegaron con un teclado al que conectaron rápidamente y del que Tito comenzó a sacar unas melodías que envolvían todo el lugar y se expandían por el patio, hasta el cielo. Ajeno a todo ajetreo y apuro, ese punto de Barrio Sur, con la luz de la luna alumbrando y las piezas clásicas ejecutadas por Tito saliendo de todos los parlantes del local era un lugar de fábula minutos antes de las 12.

“Faltan diez, faltan cuatro minutos, vayan preparando las copas”, se escuchaba. Cuando finalmente dieron las 0:00 los ananá fizz se abrieron, hubo brindis entre todos. Si tiraron cohetes o no, nadie en Santos Discépolo se enteró, la música de Tito era lo único que cabía en ese patio. Mientras brindaban, él seguía tocando.
De postre hubo para elegir helado o, claro, achilata. En ese momento, Tito amplió su repertorio a pedido del público. Alguien pidió algo de salsa. Entonces, entre colaboradores y quienes se acercaron a compartir, había veinte personas. Era algo con sabor íntimo y mágico. Todos nos acercamos donde Tito tocaba y nos sacamos una foto con las copas en las manos.
Tito tocará “Alfonsina y el mar”. Algunos se emocionarán mientras toman la achilata que pidieron de postre. Del edificio del frente, curiosos saldrán a ver por el balcón qué es esa melodía que sale del patio de la casa antigua de Barrio Sur. Habrá sefies, algunos mandaran WhatsApp a viejos amores, otros revisaran sus chats con la esperanza de que un viejo amor llegue en forma de notificación. Al rato, Reineiro emprenderá la vuelta hasta su casa que queda como a “20 cuadra pal norte”. Lento, pero con el ritmo y la cadencia instintiva que sus casi 80 años de andar en bici todos los días le dieron, seguirá sumando brillo a sus ojos por el viento en la cara.
Mirá los videos de la cena navideña:








