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Cómo salvar el mundo sin ser un jipi con Osde

Historias de acá

Laura Carlino dejó el mundo corporativo en Barcelona para instalarse en una quinta del Timbó y cultivar su huerta. Ella y muchos otros tucumanos son parte de un movimiento sustentable que crece en la provincia: "Hay que elegir las batallas".

Laura, unas de las referentes del activismo sustentable en Tucumán.





¿Y tenés esperanza en la gente, en los tucumanos, en la humanidad?

Es la primera pregunta que quiero hacerle a Laura Carlino, la egresada de la Escuela Normal que estudió publicidad y sociología en Estados Unidos, que en el 2008 se mudó a Barcelona y durante 12 años fue ascendiendo por la escalera profesional de las finanzas: entradas corporativas para ver al Barcelona, comidas en restaurantes con onda del Barrio Gótico y escapadas por Europa siguiendo a alguna bandita de culto. Pero en el 2020, Laura dejó las playas mediterráneas de las que había aprendido a desenterrar cantidades bestiales de hisopos y de toallitas para la cara y volvió a Tucumán, donde se instaló en una quinta del Timbó.

Laura es ahora miembro de la red de activistas tucumanos que buscan respuestas locales para los problemas del medioambiente, una comunidad que no para de crecer. ¿Quiénes son? ¿qué hacen? ¿por qué?   

El GPS nos lleva por unas rutas internas medio perdidas. Es viernes al mediodía y llegamos a la casa que Laura habita ahora. Hay una galería cómoda que mira hacia plantaciones de maíz y más allá la selva tucumana, verde y salvaje, pero más aquí está la huerta donde crece su producción libre de agrotóxicos de berenjenas, zapallos, lechugas y ese fruto raro que cuando se seca funciona como una esponja exfoliante. Mientras me muestra la huerta, Laura, que fue promotora de boliches en su adolescencia, que es alta y atlética y que está más acostumbrada a mandar y tomar decisiones importantes para Monsanto o Pfizer que a pelear contras las hormigas, se ve radiante, feliz. Yo la escucho con atención y participo de su alegría, pero también dudo. Hay algo que no logro entender. Porque en mi lógica, sin fe ni esperanza, sin creer en la gente y en el futuro, ¿para qué intentar cambiar el mundo hablando de sustentabilidad? ¿Por las generaciones futuras? Si Laura no quiere tener hijos. ¿Por amor al planeta? Si la imagen del oso flaco flotando sobre un pedazo de hielo en el ártico –dice— le suena a cliché y a chicana poco efectiva.    

 

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Mientras diluvia en Tucumán y los campos de Corrientes arden, Laura y yo nos juntamos a tomar un café en Barrio Norte. Los rulos de Laura se agitan junto con sus manos. Las risas y las muecas acompañan todo lo que dice: primero, se define como una “activista” en el sentido de activa y no de militante. Y prefiere el rol de consumidora consciente, lo que implica decidir crítica y responsablemente qué productos y servicios comprar, hacer un uso eficiente de ellos de tal manera que ese consumo resulte sustentable. Hace un año que tucumaniza las presentaciones sobre responsabilidad social y ecológica que solía dar a empresas y colegios en Barcelona para, ahora, generar consciencia en la provincia donde nació. Una provincia que “puede ser sucia y fea”, dice, pero no tiene ni remotamente los niveles de contaminación por basura que tiene el primer mundo.

“Uno camina por Barcelona y ve todo limpio y lindo, pero en las afueras de Barcelona, los basurales están repletos de residuos electrónicos y tecnológicos, ni hablar de las playas”, me cuenta en un tono neutro. Tucumán tiene sus desafíos, pero la desigualdad entre los países ricos y el resto del mundo hace que una parte muy chica de la población mundial sea la que tiene que hacer el verdadero trabajo. Y entonces ella agrega: “la planta de tratamientos de residuos de Tafí Viejo no tiene nada que envidiarle a las de Barcelona.”

¿Entonces qué hace aquí? Me explica que, aunque la planta es modelo, solo tiene capacidad para procesar la basura de Tafí Viejo en un país donde cada persona produce un kilo de basura por día. “Son 45 millones de kilos de basura por día y casi todo va a los basurales. Y además aquí también hay problemas con el uso del agua, con el desperdicio de la comida y los cambios en los patrones climáticos”.  

Lejos de ser una Jipi con Osde, Laura ya me había avisado: “Yo me veo más como esa minita de las películas que vuelve al pueblo y putea cuando se embarra las botas que otra cosa”. Pero al mismo tiempo su respuesta a por qué hace todo esto, por qué le importa, para qué cambió su vida de esta manera, tiene que ver con el placer, con la alegría y con la sensación plena de comunidad. Nada más lejano a los discursos apocalípticos, victimizantes o enardecidos sobre la catástrofe ambiental. “El otro día estaba leyendo en mi galería un libro que se llama El colapso ecológico ya llegó de Mariestella Svampa, que es una académica argentina muy influyente y desde ahí podía ver cómo fumigaban el sembradío de maíz que está a unos metros. Casi me muero. Cuando pienso en lo que se hace con los agroquímicos, el glifosato, me pongo loca, tengo sensaciones re feas. Igual, odio el título del libro. Me parece horrible”, se ríe.

Para llegar a este lugar físico y mental, Laura tuvo un recorrido que empezó hace seis años en Barcelona: “Al principio, sentía mucha bronca, mucho desprecio por las acciones de la gente. Levantaba el dedito acusador, me angustiaba o me frustraba. Pero a medida que uno va aprendiendo y va haciendo su proceso, entiende que hay que elegir las batallas. Que tampoco se puede vivir en guerra con el mundo y con los demás.” La veo saltar alrededor de su zapallo brasilero y luego me muestra los brotes de tomates y me hace escuchar el audio que los directivos de un colegio le mandaron después de hacerles su presentación sobre los superpoderes que todos tenemos para construir un mundo más justo y sano. Su alegría es tan contagiosa que desde que empezamos a hablar del tema, yo siento placer separando el cartón, el plástico y el vidrio de mi basura. Ahora, a mí también me dan ganas de hacer algo con las colillas de cigarrillo (cada una de las cuales llega a contaminar cincuenta litros de agua). No para salvar al mundo. No para que las futuras generaciones reciban un planeta equilibrado. Es por ese tipo de felicidad que uno siente cuando hace algo lindo. Cuando se cuida y cuida a otros. La alegría que te conecta con la belleza y la bondad: como regar las plantas, o cocinar con amor. Como la adrenalina al hacer deportes. Ahí parece estar el sentido oculto de la sustentabilidad.

“¿Sabés por qué tengo esperanza? Porque si una mina como yo, que nunca había plantado nada y que no tenía idea de todo esto, puede hacerlo, cualquiera puede hacerlo. No se trata del deber o del horror, que también están. Se trata de querer”, define con su filosofía de vida.

Sin embargo, no todo es color de rosa en esta vida: “Las hormigas son unas hijas de…”, se ríe. Un odio terrible, aunque pasajero, contra los bichos y los yuyos también es parte de la sustentabilidad. “A veces tengo unas ganas de usar insecticidas o herbicidas o una semilla transgénica que sea resistente…” Porque así como el cuerpo gana con la huerta agroecológica también pasa factura con los dolores de cintura o rodillas. Hay una dimensión física en estas labores que no siempre se reconoce y que incluso puede terminar en lesiones.    

 

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Puede ser que en Tucumán las nociones de sustentabilidad, de cuidado del medioambiente suenen vacías, risibles o no tan importantes como la pobreza y la corrupción. Que frente a la cultura del consumo, del placer y la diversión, todo esto de ser consumidores conscientes parezca ridículo. Es un lugar común que los chicos más chicos están teniendo más consciencia. Y que la gran mayoría de los adultos se pasan por el culo la problemática medioambiental. Qué nada de esto tiene sentido o verdadero impacto, que el problema es de los otros o del futuro. Que no se puede hacer nada. Pero en Tucumán pasan muchas cosas.  

A la sede de Santa Fe 1974, llegan desde celulares viejos o rotos a impresoras, pasando por heladeras, televisores y cualquier electrodoméstico, incluso botellas de plástico y ladrillos ecológicos. Desde las redes sociales, grupos medianos y pequeños están formando un ecosistema de oportunidades para participar del cuidado del medioambiente, para conectarse con la naturaleza y con los demás. Sebastián Ogayar de Nave Tierra trabaja con residuos de aparatos eléctricos y electrónicos (RAEE). “En este centro de reciclaje de chatarra electrónica”, dice Sebastián, “nos encargamos de que ningún componente de todo lo que trae la gente –en las redes sociales tenemos quince mil seguidores— termine contaminando.” Uno de los principales temas aquí es la obsolencia programada que hace que los artefactos electrónicos duren un cierto tiempo (que podría ser mayor) para que la gente vuelva a comprar y siga consumiendo.

Vicky García es otra participante activa de este nuevo ecosistema tucumano: “El Ecocanje es un evento para recibir residuos reciclables y secos, papeles, cartones, plásticos, vidrios y metales, que salen del domicilio o del comercio. Y a cambio damos un plantín o semillas para huerta. Es un obsequio. A los plantines, que son ornamentales, los hace Vicky misma en su casa. “Los Ecocanjes se realizan los lunes a la siesta en el parque Avellaneda y los viernes por la tarde-noche en el Parque del Quinto Centenario”. Casi todas las personas que participan son mujeres y se las nota más interesadas o activas que a los hombres. Al parque Avellaneda se acercan más de 70 en un día. A los viernes van unas treinta o cuarenta.

Vicky, protagonista de los Ecocanjes. 

Parte del trabajo de Vicky es ayudar a que los demás abran los ojos a la cantidad de cartoneros que hay en Tucumán –bajo la línea de pobreza y en situación de vulnerabilidad— y a los que se puede ayudar o favorecer separando la basura y promoviendo el reciclaje. Así ellos mueven la economía de los residuos y también evitan que se sigan extrayendo recursos naturales para conseguir lo mismo que se está tirando a la basura.  “¿Si tengo fe o esperanza en la humanidad? La verdad que no –se ríe— pero creo en la construcción de lo colectivo, lo grupal, lo cooperativo. La esperanza me parece muy abstracta. Lo más lindo es conocer gente que se la juega, que le pone mucho empeño, no los que se están midiendo el ambientalismo sino los que sociabilizan tratando de crear un mundo mejor”. Y una cosa sobre los tucumanos: “Me pasa mucho en Tucumán, que para la gente, de todo, todo se tiene que hacer cargo el Estado. No importa si es municipal, provincial o nacional. Siempre quieren desligarse de sus obligaciones como ciudadanos y consumidores”.  

Federico Flores es miembro del consejo del Mercadito Agroecológico, un clásico de Yerba Buena, y de la Asociación Civil Consciencia Agroecológica. También es técnico del INTA, promotor de Prohuerta pero sobre todo es un compostero empedernido. Tiene un vivero ecológico con la idea de la economía circular. Nada se desperdicia, todo se aprovecha. “Tengo mucha esperanza en la humanidad”, dice. “Los niños de ocho o diez años hoy ya tienen los conceptos, en algún momento los vieron o los están discutiendo.” Pero sobre todo lo entusiasma enseñarles a los más grandes, como a sus padres o a sus amigos que “con los residuos se puede generar empleos o se pueden mejorar las plantas o se puede generar algún material para vivir de eso. Me motiva enseñar, que autoproduzcan sus alimentos, que usen aboneras y que el material reciclable llegue a donde tiene que llegar y que con estas pequeñas prácticas generamos laburo.” Y agrega: “Cuanto más raro te ven es mejor, porque la gente pregunta y uno aprovecha y hace docencia”.  Y también tiene esperanza porque de a poco se va imponiendo en la provincia el modelo de Tafí Viejo, donde “lo que se está haciendo es fabuloso” y todos los municipios hoy están avanzando en esa dirección.  


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Laura pide un café doble y me repite: “Hay que elegir las batallas. Tomar café estaría bien solo si uno vive en los pocos países productores de café. Si no vivís en Brasil, Colombia, Indonesia o Etiopía, no va.” Entre otras cosas, Laura está hablando del problema de la huella de carbono, la cantidad de gases que emiten las actividades y los consumos de una persona, gases que sobrecalientan el planeta de manera peligrosa, incluso suicida y que mucho tiene que ver con el transporte necesario para que en todo el mundo se tome café.

Percibo en ella algo de nostalgia mezclada con sorpresa cuando repasamos juntos la cadena de sucesos que la llevaron de su vieja vida a esta nueva, como cuando uno se mira en el espejo y no lo podés creer del todo. “Hubo un viaje de mochilera durante tres meses por Latinoamérica viendo como tantos lugares hermosos estaban hechos poronga por la contaminación”. Un voluntariado en una granja agroecológica en Tarragona donde se hizo mierda la rodilla de tanto trabajar la huerta. Y la vez en el 2011 cuando la compra que más la entusiasmó para su nuevo departamento fue el tacho de basura con cuatro cajones para reciclado. La toma de conciencia fuese lenta, progresiva y como-quién-no-quiere-la-cosa. Entonces llegarían la oportunidad de sumarse a una ONG contra la polución plástica de los océanos de la que luego fue directora y ella orientó hacia el consumo consciente. Experiencias en Nicaragua en el basurero más grande del mundo y en Catamarca en un barrio ecológico.

“Me di cuenta de que me encanta leer y estudiar sobre sustentabilidad. Me encanta hablar de estos temas. En la pandemia empecé a pensar cómo podía organizar mi vida para tener tiempo para hacer esto que me gusta tanto”. La respuesta fue dejar su trabajo de ocho horas y en octubre de 2020 regresó a Tucumán pensando quedarse unos meses mientras decidía cómo continuar su vida. Nunca más volvió a Barcelona. Ahora mantiene sus primeras entrevistas para concretar charlas y capacitaciones en escuelas.             

Para Laura, parte de tomar consciencia es rebelarse contra cierta tomada de pelo: “Todo el tiempo nos dicen ‘Miren aquí’ para no que veamos lo que realmente está pasando con el consumo, con la concentración de la riqueza, con la comida, el agua y la basura. Nos tratan de boludos.” Este enojo es también un motor. “Hay algo muy liberador en dejar de sentir la presión de consumir, comprar cosas todo el tiempo. Ropa, viajes, celulares, qué estrés. Por supuesto cada uno tiene sus obsesiones. En mi caso, es la soberanía alimentaria (saber lo que uno come y poder decidir qué, cómo). Y amo más la reutilización que el reciclado”.     

Después de visitar la casa y la huerta de Laura en el Timbó, regreso a mi casa sosteniendo la colilla de mi cigarrillo por tres cuadras.  Las colillas se pueden juntar en un frasco para que, cada ocho mil colillas, se manden a Mendoza, las muelan y las mezclen con cemento para hacer ladrillos para la construcción.  No les puedo explicar la felicidad que me da juntarlas y no tirarlas en cualquier lado, así sin un propósito demasiado certero, solo por el placer de hacerlo y de sentirme conectado con algo que es de Laura y de Vicky y de Fede y Sebastián. Me preparo una ensalada con las lechugas que me regaló Laura y sueño que algún día no voy a tener miedo de que las cáscaras de las papas estén llenas de glifosato. Pienso en el plantín que voy a recibir en el Ecocanje y en toda la alegría que me han estado regalando. Y agradezco.