Dejó el sacerdocio y le pidió matrimonio: la verdad de los ambulantes más dulces de Tucumán
La pareja de la sombrilla rosa: Rosario y Rafael son los vendedores ambulantes de la calle 24 de Septiembre al 800. Lo que pocos conocen, es la tremenda historia de amor y sacrificio que los une: "A la semana le pedí que se case conmigo"
En una era en donde amar y enamorarse parece ser más complejo que nunca, a veces conocemos historias que nos hacen creer y nos hacen pensar que es posible encontrar un compañero o compañera que complemente nuestra vida. Este es el caso de Rosario y Rafael, que sin darse cuenta, una tarde lluviosa sus miradas se cruzaron y nunca más pudieron separarse.
Sin embargo, casi sin saberlo, la historia de ellos dos había comenzado mucho antes de conocerse en persona. Rosario, tenía un primo hermano a quien le contaba absolutamente todo. Entre conversación y conversación, ya le había planteado a su pariente, cuál era el ideal que le gustaba físicamente cuando pensaba en un chico. Inmediatamente a su primo se le vino alguien a la cabeza: “Yo conozco a un chico así como vos decís que te gustan, pero él será cura”.
De lunes a viernes, el papá de Rosario, un hombre de costumbres tradicionales, trabajaba como comisionista. Algunos sábados, trabajaba como personal de seguridad en un baile al cual le permitía concurrir a su hija. Un viernes, tras haberse olvidado de entregar unos papeles en El Manantial, le encargó a la joven de 19 años que hiciera la diligencia por él, caso contrario, no tendría su permiso para asistir al baile.
Un poco rezongando, ella decidió hacer el trámite de su papá a pesar del mal clima, sin saber que esa tarde lluviosa se cruzaría con el padre de sus futuras hijas, y que era precisamente, el amigo de su primo. “Cuando lo vi subir al colectivo me dije ‘que lindo chico, cómo me gustaría que sea mi novio’. Lo que Rosario no sabía en ese momento pero que conoció con el tiempo, fue lo que pasaba por la cabeza de Rafael: “Que linda, me gustaría conocerla”. Se sentaron juntos en un colectivo vacío, y comenzaron a charlar hasta darse cuenta del nexo: el primo.
Rafael Castillo estaba a meses de convertirse en sacerdote. Durante el tiempo en el que conoció al amor de su vida, estaba atravesando el período de reflexión obligatorio en que se definía si tomaría los votos definitivamente o no. Cuando la frágil muchacha se bajó del colectivo en El Manantial, Rafa le confiesa a eltucumano haber pensado en su cabeza ‘Diosito, como no me castigás con una chica así’.
A pesar de que la familia de Rosario tenía planificado para ella un matrimonio con un muchacho de familia adinerada, muy distinta a la situación económica que ella vivía. Para el enojo de los padres de la novia, debieron acostumbrarse casi de inmediato, a la idea de que la vida que habían planeado para su hija no sería esa: “En dos meses y ocho días después de vernos en ese colectivo nos casamos con Rafael”. En este momento de la entrevista, es Rafael el que recuerda 50 años después la locura que hizo en ese momento: “A la semana le pedí que se case conmigo”.
“Yo siempre digo que hay pobreza pero no miseria. Nos fuimos a vivir a las orillas de la vía en Famaillá y levantamos la casa con cañas, plásticos, una puerta hecha de un tacho. A él lo hicieron entrar en la Grafa a trabajar, y yo levantaba retazos de tela desechada, pedía prestado un tiempito en un taller de costura cerca de la casa y hacía manteles con puntillas. Los cambiaba por muebles y cositas y así progresamos. Ya con los años, los hijos me ayudaban con la venta ambulante. En verano vendía churros casa por casa y en invierno ravioles. Mi papá me visitaba y se quería morir, pero yo dejé todo por amor no me arrepiento. Nunca pedimos nada, trabajamos muchísimo para tener todo y estar juntos”.
El deseo de esta recién casada tucumana de complacer a su marido con un platillo que le recordará a su mamá, es decir, ravioles, le hizo descubrir que tenía buena mano para las comidas, y así es cómo se animó a vender: “Llevábamos gente con conservadoras a vender en Concepción, y Rafael hasta renunció a La Grafa para hacer esto, hacían cola por nuestros canelones y ravioles”, confiesa.
Cuatro hijas son las tuvo esta hermosa pareja, que con el tiempo pasó de vivir en Famaillá, luego a Villa Quinteros y finalmente a San Miguel de Tucumán. Siempre con la venta ambulante, y con la ayuda de toda su familia: “Somos todos vendedores ambulantes, así conocemos todo Tucumán, yo hace poco me recibí de psicomotricista. Para ellos es un orgullo este hecho de que uno de sus hijos tenga un título”, le confiesa Andrea a este medio, una de las hijas de Rosario y Rafa.
Hace algunos años, Rafael fue diagnosticado con demencia senil, por lo tanto, dejaron la venta ambulante un tiempo. Sin darse cuenta, el remedio resultó peor que la enfermedad: “Él se la pasaba de la higuera a la cama y luego a sentarse en la vereda”, recuerda su esposa. Por eso, a pesar de la edad y de las dificultades, cada mañana continúan su tarea de vendedores ambulantes con una mesita y una sombrilla rosa al frente del exbanco Santiago del Estero de nuestra capital, en calle 24 de septiembre al 800: “Ellos venden dulces artesanales, higos en almíbar, mermeladas de mango, de frutillas, masas surtidas como pastafrolas, budín, budín inglés, alfajores de maicena. Además mi mama tiene una fractura de muñeca así que hace menos que antes. Le cedieron el lugar, la dueña de casa los deja vender ahí”, nos comenta Andrea. “Le debo la vida a esa señora dueña de la casa, me dan agua caliente, agua fresca, nos miman. Igualmente la gente de la zona, los policías, nos cuidan mucho todos, somos como los abuelitos del lugar”, se ríe Rosario, acompañada por su esposo.
De lunes a viernes, desde las 9 de la mañana hasta las 13, este matrimonio coloca su mesita la sombrilla rosa, unos 6 frascos de mermelada y bandejitas con cosas dulces: “No vendemos cantidades como antes, los dos somos jubilados con la mínima y tomamos muchos medicamentos para estar bien, pero con el viejo nos gusta esto, él es como que volvió a nacer yendo a trabajar… aunque sea que se venda poco, estamos los dositos juntos ahí, somos felices”, cerró esta jubilada de 69 años, que hace 50 apostó a dejar todo lo que tenían planeado para su vida, para decidir por sí misma con quien iba a casarse.









