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"Hasta siempre, viejo, a seguir bien": vida y adiós a Ricardo Mon, el fascinante hombre de nuestro suelo

QEPD

Nació en Jujuy, estudió en Buenos Aires, en Salamanca, en La Sorbona, se enamoró en Europa, y en Tucumán se consagró como uno de los mayores símbolos académicos de la UNT. La palabra de su hijo Juan Carlos, en una semblanza para atesorar.

Herminia, Ricardo y Juan Carlos Mon.





Sin el saquito a cuadro que usaba siempre, más liviano acorde al tórrido verano tucumano, Richard subía a su hijo Juan Carlos y a los amigos del colegio a la caja de la Ford 100, ponía primera y a tirarles bombuchas a señoras y muchachos porque era carnaval.

Ese hombre que conducía la chata blanca con los chicos atrás era el que en un momento de la travesura disimulaba su sonrisa cuando venía una señora empapada persiguiéndolo hasta alcanzarlo y pidiéndole un poco de mesura: “Pero, señor, un hombre grande como usted, ¿cómo puede ser posible?”.

Después de las disculpas del caso, del final del paseo, de la  carcajada con el padre del grupo, Richard se secaba, se cambiaba y volvía a ser Ricardo Mon, el excelso, el intelectual, el capo, el doctor, el docente, el político, una de las mentes más brillantes que han dejado su huella, como una bombucha estampada, en los senderos, pasillos, suelos, minas, cerros y caminos de la UNT, de Tucumán, del norte argentino y de Latinoamérica.

Doctor en Geología, investigador principal del Conicet, Decano de Ciencias Naturales durante dos períodos, Mon partió de este mundo hace unos días, a los 81 años, pero su vida late en las palabras de su hijo, de Juan Carlos Mon, de Juanqui, del Chapa, de Chaparrón, quien visita eltucumano para retratar una vida fascinante. 

Mi padre fue un jujeño sigiloso, estudioso, muy prudente. Era muy pero muy prudente, por eso no podías creer cómo se enojaba en situaciones de tránsito, justamente cuando manejaba la legendaria Ford 100”, cuenta Juan Carlos, mientras realiza el primer sorbo del café chico que a veces mira mientras busca las respuestas para explicar este adiós.

Nacido en Jujuy, Ricardo Mon estudió en la UBA, viajó a España, inició el doctorado en Francia y lo terminó en Berlín. Pero mientras su vida era eso que transcurría entre las bibliotecas de las universidades de Salamanca, La Sorbona  y Von Humboldt, Mon tuvo una vida difícil durante su lustro en Europa: “Le costó mucho la vida ahí. Siempre nos decía que en España el piloto cada día le quedaba más grande. La única comida diaria era el almuerzo en el comedor universitario. Ahí vivió y fue fiel testigo del Mayo Francés del 68. Fueron tiempos duros. Pero después las cosas empezaron a mejorar”.

Mientras Mon comenzaba a ser reconocido en el ámbito académico por sus primeros ensayos geológicos, Herminia, una joven azafata alemana de Lufthansa nacida en el pequeño pueblo de Renania, era enviada por la compañía aérea a estudiar el español en Salamanca, donde conocería al amor de su vida, al padre de su hijo que esta tarde recuerda: “No se dio inmediatamente porque mi vieja fue a Marruecos, mi viejo continuó en España, se volvieron a ver en Berlín, se metió en el bolsillo a su suegro y en París se pusieron de novios”.

Entrada la década del 70, Ricardo y Herminia deciden venir a Tucumán después de un año como docente en la UBA para convertirse en Jefe de Cátedra de Geología Estructural en la Facultad de Ciencias Naturales en el instituto Miguel Lillo. “Del 71 al 76 estuvo en el Lillo hasta que los milicos lo cesantearon y vuelve con Alfonsín en el 84. Durante esta etapa, encuentra la veta del mundo privado con la consultoría privada, trabaja en Chile con empresas enormes como Cartellone, se dedica de lleno al estudio del suelo, como aquí lo haría luego en El Bracho o todo el tramo desde la minera La Alumbrera hasta Concepción”.

Con un prestigio absoluto ya a cuestas, Ricardo Mon volvió en democracia como consultor, investigador principal del Conicet, y docente, además de una imagen intachable que derivó en el ofrecimiento más esperado: “Mire, Mon, tiene muy buena imagen para ser Decano”. Arrasó en las primeras elecciones, ganó por un voto en la segunda, pero le quedó una cuenta pendiente: “Mi viejo siempre quiso mover al Lillo al pie del cerro, darle un valor real a las Ciencias Naturales, siempre sintió que el instituto no alcanzaba. Para él fue una frustración, sintió que la carrera estaba siendo subestimada”. 

En paralelo con una vida ajetreada, cargada de horas cátedra, viajes, ausencias, regresos, ese padre grande que a los 42 años recibió a Juan Carlos siempre acompañó al hijo en las cosas importantes: “A veces sentí la ausencia, pero era su laburo. Me llevaba a jugar al tenis a los 6 años, me enseñó a manejar con la F100 modelo 76, su amor platónico, siempre existieron disputas como con todo hijo, pero era un tipo muy divertido. Un día me meten preso, dos amigos como El Turco y Joye van a avisarle, y él les responde: ‘La puta, viejo. ¿Pero el vehículo está bien?’

Los cumpleaños de Juan Carlos eran los más esperados para Richard: “Cumplía 27 años y armé una fiesta con temática infantil de los Power Rangers. También había enanos. Todo el asado lo hizo con el bonete puesto y una vez se reencontró con el taxista que había llevado a los enanos: ‘¿El otro día estaban hasta el moño los enanos, ¿no, don Mon?’. Lo hice vivir cosas muy locas”, se ríe Juan Carlos mientras se termina la soda y se acerca el punto final, el que comenzó a rondar hace diez años.

“Ya caminaba despacio mi viejo en 2006. Pero no fue hasta 2011 cuando fuimos a votar en las Paso que se quedó atrás y alguien me dijo: ‘Señor, ¿lo ayudo? Ahí dimensioné que se trataba de una enfermedad muy gradual, neurológica, que le afectaba el caminar, pero nada más. De hecho, nunca tuvo otros problemas y durante los últimos años entró en una actitud mucho más tolerable: agradecía la solidaridad de la gente. Y un día empezó a ver las motos, juventud, los parlantes y me dijo: ‘Viejo, me siento fuera de tiempo y lugar’”.

Sin rendirse al paso del tiempo y a la enfermedad que avanzaba, Ricardo Mon luchó por vivir mejor, nunca dejó de hacer fisioterapia, se sometió a una operación a los 78 años, pero el cuadro estaba avanzado. La llegada de su nieto Valentín le alegró el alma y, tal como Juan Carlos jura: “Le dio cinco años más de vida. Valen le dio cinco años más de vida a mi viejo. La última noche, sin ir más lejos, estuvo jugando con Valentín”.

Luego de esa noche, al mediodía siguiente, Ricardo Mon falleció en su cama, en su casa, al lado de su esposa, abrazado por su hijo, quien así lo despide: “Fue un gran padre que no deja ninguna deuda. No sabés lo importante que era para mí Richard. Era muy importante. Cuando lo vi, me desplomé, me reventé en mil millones de pedazos. Para mí era todo. Fue un padrazo, el más popular de los padres: el que contrataba payasos, el que nos llevaba a tirar bombuchas, el que no creía en pájaros embarazados como frase de cabecera cuando le ofrecían un negocio, el anticareta, el humilde, el que deja un legado académico infinito, incapaz de medirlo, peso pesado de verdad, al que despido con sus palabras: ‘Hasta siempre, viejo, a seguir bien’”.



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