En Tucumán el genocidio comenzó antes del 24 de marzo de 1976
Además de un plan sistematico de exterminio, el genocidio supone una forma de dominar a quienes quedan vivos. La historia del terror empezó a escribirse en nuestra provincia y dejó estigmas aún vigentes.
Menéndez, Videla y Bussi. Foto: Archivo Histórico de la Provincia de Tucumán
Cuando el 24 de marzo de 1976 las Fuerzas Armadas derrocaron al gobierno de María Estela Martínez de Perón, en Tucumán ya habían sido secuestradas y trasladadas a distintos Centros Clandestinos de Detención al menos 868 personas, aproximadamente la mitad del total de víctimas.
Con el golpe de Estado cambiaron muchas cosas en la provincia: asumió un gobernador de facto, el genocida Antonio Domingo Bussi, fueron clausuradas las cámaras legislativas, se prohibió toda actividad política y la lista podría seguir. Lo que no cambió fue la manera en que el Estado ejercía su castigo: el secuestro, las desapariciones, los campos de concentración ya formaban parte del paisaje tucumano desde hacía un año.
Lo que pasa es que en Tucumán el genocidio no comenzó el 24 de marzo de 1976, sino en febrero de 1975 con el Operativo Independencia. Esto lo saben bien las víctimas y sus familiares, que desde la Comisión Bicameral y la CONADEP lo vienen denunciando. Esto está incorporado en el saber popular tucumano, que no casualmente nombra aquellos años con términos que carecen de una referencia temporal precisa: la época de los militares, los años de la subversión.
Por eso creo que en este espacio no hace falta tanto argumentar que el Operativo Independencia es el comienzo –algo que sí hay que hacer en otros parajes. Creo que es mejor ahondar en qué significa que sea el comienzo del genocidio.
Probablemente, señor/a lector/a, la primera palabra que acuda a su mente al leer el término genocidio sea muerte. Quizás exterminio o destrucción, si es afecto a vocabularios más complejos. Es lógico: sin aniquilamiento no hay genocidio. Se trata de una condición necesaria pero no suficiente porque el genocidio no es una forma de matar, sino una forma de dominar a quienes quedan vivos. Una manera de destruir los patrones identitarios del grupo oprimido para imponer los del grupo opresor, dirá Rafael Lemkin, el jurista polaco que creó el término.
¿Pero qué significa destruir/transformar un grupo humano? En términos generales, quiere decir cambiar la manera en que producen y reproducen su vida, y con ello, cambiar las formas culturales y de conciencia que de allí se derivan.
Todo esto quiere decir que el genocidio produce desaparecidos, sobrevivientes, asesinados, niños apropiados y toda una amplia lista de represaliados, pero que no se detiene allí. Al mismo tiempo y utilizando el terror que eso produce, transforma a quienes quedan vivos. Aspira a producir obediencia, a modificar de manera duradera aquello que las personas solían considerar bello y feo, bueno y malo, justo e injusto.
La construcción del estigma
Insistir en esto tiene cierta importancia porque desde su mismo lanzamiento, el Operativo Independencia fue publicitado como un operativo antiguerrillero. Esto no fue una simple mentira: efectivamente, existía en Tucumán una guerrilla rural y las fuerzas represivas la persiguieron. Como también persiguieron a integrantes de las guerrillas urbanas, de organizaciones revolucionarias no armadas, de sindicatos, de cooperativas, de centros de estudiantes, de partidos políticos no revolucionarios y la lista podría seguir. Y persiguieron también a personas que no estaban organizadas.
Todos ellos fueron el blanco inmediato de persecución, pero a través suyo se buscó algo más: fueron el vehículo de un mensaje aterrorizante que tenía como destinatario a quienes no fueron secuestrados. Ese mensaje parecía decir: “miren lo que les espera a quienes nos desafían”.
Por eso, el Operativo Independencia fue también un momento fundacional en la construcción del estigma que aun pesa sobre la actividad política y organizativa, aquel hecho humano tan elemental que consiste en agruparse para resolver los problemas que plantea la vida. Ese estigma no necesariamente perdura a través el temor, a veces, funciona bajo nuevos ropajes.
La lucha por memoria, verdad y justicia sostenida por décadas en Argentina ha generado condiciones para que las víctimas, sus familiares y las generaciones que vivieron aquellos años puedan contar lo vivido. Hemos abierto la transmisión de esa experiencia dolorosa, que las nuevas generaciones pueden utilizar para entender su presente. Lo que aún sigue siendo difícil es la transmisión de aquello que el genocidio quiso destruir. La palabra que más cuesta es aquella que logra atravesar el estigma y hacer aparecer aquello que el pueblo supo conseguir, cómo lo supo conseguir y cuánto debió organizarse para ello.
Lo bueno es que las experiencias históricas nunca se pierden ni quedan del todo sepultadas. Siempre están allí, como una cantera abierta para el momento en que las luchas presentes busquen donde echar raíces y armar tradición.
Ana Jemio
La autora es socióloga y autora del libro "Tras las huellas del terror. El Operativo Independencia y el comienzo del genocidio en Argentina" ( Prometeo, 2021).








