"Ocurrió el milagro": el reencuentro vivido por una docente de la UNT que emociona
La profesora Vanessa Lucero ha relatado uno de los momentos que más anheló en los últimos años. Cómo fue la antesala del día tan soñado.
La Facultad de Derecho recupera la normalidad.
Ese mensaje que tanto tiempo esperó, esa noticia que tantas veces anheló, por fin llegó. Luego de ver tantas veces la pantalla con tantos titulares tristes, con tantos contagios, con tantas olas y variantes, Vanessa Lucero sonrió cuando sonó su celular. Era el grupo de WhatsApp de la cátedra de Litigación Oral en la Facultad de Derecho de la UNT y contenía la palabra mágica: “¡Volvemos!”.
El regreso a clases en las aulas ha merecido un relato conmovedor de la docente que ha generado su merecida repercusión: “Generalmente me gusta escribir sobre situaciones cotidianas, relatos, cosas que a todo el mundo le puede pasar, en tono gracioso. Pero ahora necesitaba poner en palabras lo que viví con el regreso presencial. Después de dos años muy productivos, donde la facu no se paró, mantuvimos la tradición académica de Derecho. La pandemia implicó no cortar, cargar todo el contenido por zoom, pero implicó una gran distancia”.
Esa distancia, esa vida remota en la que de repente vivimos durante tanto tiempo, generó un mundo de sensaciones en la docente: “Las clases remotas generaban esa distancia: no saber si los alumnos estaban divirtiéndose o no con la clase, no poder vernos entre todos, ver las grandes diferencias entre personas como yo que tuve la oportunidad de dedicarme de lleno a estudiar y ver chicos que estaban en clases mientras trabajaban, muchísimas cosas juntas a la que no estábamos acostumbrados. No tuve el dolor que sufrió otra gente durante la pandemia o enfermedades graves, pero he vivido como todos con la incertidumbre de no saber cuándo iba a pasar y de repente adaptarnos a una rutina a la que nadie se terminó de acostumbrar. Creo que todos vivimos un momento oscuro y ojalá que no vuelva, aunque en este mundo no podemos hacer predicciones”.
En su posteo en Facebook, Vanessa dice: “Levanté la mirada y miré el aula vacía, y me dí cuenta que estaba nerviosa. Que el nudo en la panza de hace veintisiete años volvía. Y allí ocurrió el milagro, ese que en algún momento creímos – en medio del miedo, la enfermedad y la angustia -, que no íbamos a volver a ver. El aula se empezó a llenar de alumnos”.
“Cuando nos dijeron que podíamos volver a dar clases presenciales fue una fiesta, una felicidad. Saber que nos íbamos a volver a encontrar fue una gran alegría. Hay una diferencia abismal entre una clase virtual o presencial. Por eso lo que viví con la noticia lo quería escribir sin caer en lugares comunes. Fue ahí que me di cuenta de que nunca me había ido de la Facultad y volver a sentir esa perfume después de dos años, volver a compartir una clase con los chicos, compartir la alegría de ver sus caras en el aula y no iniciales en una clase de zoom, verlos cara a cara, ver si me estaban prestando atención, realmente fue una enorme felicidad. Y es un sentimiento mutuo: mi cátedra es optativa pero asistencial y ver a 130 personas que sí o sí tenían que ir, a 130 alumnos con la necesidad de estar en contacto, demuestra que teníamos que volver a vernos. Si bien esta forma de tomar clases virtuales nos ha hecho que hagamos muchísimos cursos, posgrados, y compartir charlas con profesores de todas partes, no se compara con la calidez y la calidad de la enseñanza presencial”.
Hay un mundo que parece comenzar a dar vuelta la página de la pandemia. Y la profesora Vanessa Lucero está convencida de que hay cosas de este mundo que los alumnos son capaces de cambiar. A ellos y a ellas les insiste en cada clase que creer en ese cambio no es una quimera, que cada uno puede ser mejor y cambiar la realidad: “Quizás hemos sostenido demasiada expectativa en la humanidad durante la pandemia, y los hechos actuales que el mundo está viviendo dan cuenta de ello. Pero durante un pasaje del texto digo que ‘Ninguna batalla está perdida’. Y es porque ealmente lo siento así. Es una expresión de deseo y de esperanza".
"Siento que esos chicos que están ahí sí pueden ser el futuro de un mundo que funcione mejor, de una justicia que funcione mejor, de una República con instituciones más transparentes y una democracia más participativa. Necesitamos que piensen que son capaces de cambiar algo, que pueden ser parte de instituciones al servicio de la comunidad y no de grupos políticos o de poder, que la Justicia no tiene ser una puerta blindada de difícil acceso, y que la justicia penal no tiene que ser selectiva y caer sólo sobre los pobres. Que entiendan que los abogados no tenemos coronita, y que los ciudadanos deben participar en el justicia a través del juicio por jurados. Y que los fiscales, jueces y defensores somos servidores públicos que nos debemos a la comunidad, no funcionarios privilegiados del Estado".
Leé el relato completo publicado por la profesora Vanessa Lucero:
Todavía puedo sentir el nudo en la panza y esa sensación de que no sabía nada de nada. La escena se repetía cada vez que tenía examen, y salía de mi casa para rendir en la Facultad de Derecho. Creo ver a mi mamá - más nerviosa que yo, pero creyéndome siempre más inteligente de lo que en realidad era-, aprovisionándome de café, bizcochos de avena recién hechos, y jamón crudo con pan amasado (para que no le baje la presión a la pobre alumna). Me veo a mí misma cargando apuntes hechos con lápiz mina (como hasta el día de hoy) y libros llenos de marcas de felpones de todos colores. Antes de eso, y como el guerrero que acomoda las armas para la batalla, vivía un orgulloso ritual en cada examen. Perfume, ropa impecable recién planchada y cadenita de la suerte. Cómo no hacerlo, si cada tenebroso bolillero me acercaba más al sueño de ser abogada.
La Facultad fue mi casa durante esos seis años y desde el día en que entré, nunca he podido dejar estas paredes. Hice amigos y amigas que hoy son mis hermanos y conocí profesores a los que admiré y de los que hoy sigo aprendiendo. Estudié como una nerd y me reí como nunca antes. Aprendí que el derecho puede servir para construir una sociedad más justa o, al menos, para que la que tenemos sea menos cruel con los desiguales. Enseño - o intento hacerlo -, desde antes de recibirme.
Los rituales han cambiado, pero los sigo teniendo. Mi mamá ya no vive conmigo, pero sigue mandándome sus bizcochos y su pan; y yo sigo haciendo los resúmenes y preparando las clases con lápiz mina. Sigo acomodando las armas para la batalla, aunque ahora se hayan transformado en una computadora llena de power points, videos, cuadros y felpones para dar clases.
Después de los largos meses de pandemia, la angustia y las restricciones, ayer nos tocaba volver a dar clases en la Facultad.
Desde hacía dos años, mis armas descansaban en la mesa de comedor de mi casa, desde donde daba las clases por zoom. La computadora abierta, sobre la mesa, y los felpones tapados, en un bolsillo de la mochila. Durante todo ese tiempo le había hablado a una pantalla, tratando de encontrar nombres, rostros y ojos que me miraran entre decenas de cuadritos.
Ayer recorrimos el pasillo de la casa Remis como quien llega a una fiesta que esperó por meses (años), en el lugar más lindo del mundo. Las mesas de las agrupaciones estudiantiles ayudaban a los que llegaban y los no docentes nos saludaban como si volviéramos (todos, ellos también) de la guerra. La facultad estaba impecable, las aulas listas y limpias, y Roque y Emilio preparados con los cables para conectar los proyectores.
A Litigación Oral le tocó el Aula Norte, aunque creo que terminamos entrando a la Sur (aclaro que eso no fue obra de los nervios, suelo tener problemas con los puntos cardinales). Los docentes llegamos antes que los alumnos, y prendimos las luces como el director que enciende las de algún teatro hermoso, cerrado por mucho tiempo. Tocamos las sillas como quien reconoce una casa suya, controlamos que la mesa estuviera alineada y movimos el pizarrón para que se viera bien desde todos los puntos del aula. Saqué mis felpones y los puse en fila sobre la mesa. Levanté la mirada y miré el aula vacía, y me dí cuenta que estaba nerviosa. Que el nudo en la panza de hace veintisiete años volvía.
Y allí ocurrió el milagro, ese que en algún momento creímos – en medio del miedo, la enfermedad y la angustia -, que no íbamos a volver a ver. El aula se empezó a llenar de alumnos.
Y yo - ya olvidada del nudo de mi panza -, sentí que eso que estaba por hacer era lo que más me gustaba en el mundo, que estaba en la Facultad de Derecho (en “mi” Facultad), en una Universidad Pública, parada frente a decenas de chicos y chicas que habían elegido estar ahí, que me escuchaban atentos y que se creían capaces de mejorar nuestro sistema de justicia. Que no había ninguna pantalla y que ellos no eran un nombre, ni unas iniciales en un cuadrito negro. Que estaban con nosotros, preguntando e interpelándonos, entusiasmados con los desafíos que tenían por delante.
Y en ese momento, tuve la certeza de que ninguna batalla estará perdida mientras podamos entrar a estas enormes y dulces casas que nos formaron, caminar sus pasillos y encender sus luces, y pararnos a esperar que se llenen las aulas. Y ahí, con las aulas llenas, poder decirles a esos chicos y chicas que ellos son el futuro de nuestro país, que eligieron la más apasionante de las profesiones y que están estudiando en la mejor Facultad de Derecho, la de Tucumán.








