Gagarin en Malvinas
El historiador Federico Lorenz, uno de los grandes referentes sobre las Islas Malvinas, recupera la mirada de los primeros argentinos que visitaron las islas y cómo proyectaban la cuestión de nuestra soberanía.
(Foto: Getty Images/AFP/D.García)
Es probable que la actitud del viajero que descubre, que no es la misma que la del viajero que meramente visita, sea una de las más fructíferas para abordar de manera diferente el tema de Malvinas.
Cuando llegué a las islas por primera vez, en 2006, me sorprendió, al poco tiempo, encontrarme con los mismos apellidos que había leído en una obra de un viajero argentino escrita en la década de 1930. El apellido Biggs, por ejemplo, era el de un hombre que ante el destrato de los funcionarios coloniales británicos, había dicho en una reunión que preferiría la administración argentina, por lo que fue severamente reprendido.
Juan Carlos Moreno es un intelectual nacionalista que viajó a las Islas Malvinas a mediados de la década de 1930 y publicó en 1938 Nuestras Malvinas y la Antártida. Viaje de estudio y observación becado por la Comisión Nacional de Cultura, una obra que, desde su primera edición, alcanzó una gran difusión gracias a numerosas ediciones, a la actividad de difusión de su autor y a su inserción en el sistema educativo.
El libro de Moreno es un buen exponente de cómo el tema de las Malvinas comenzó a ser tomado con fuerza creciente por sectores nacionalistas argentinos a partir de la década de 1930. En el Prólogo al libro, los promotores de la obra, agrupados en la Junta de Recuperación de las Malvinas, denunciaban un estado de cosas preocupante para la causa nacional: “Este libro ha venido a remover un terreno semiabandonado y a cubrir la necesidad imperiosa de reflejar con fidelidad los valores económicos, sociales, y político-militares del archipiélago argentino”.
Lo que Moreno había descubierto en 1936, al viajar a las islas, era preocupante. La creciente intensidad del sentimiento malvinero y su presencia cultural en la vida política nacional en el continente no era proporcional al precario vínculo material entre la Argentina y las islas. Las Malvinas estaban tan lejos materialmente como cerca simbólicamente: “Cuando inicié los preparativos para emprender el viaje, me hallé ante esta extraña situación: en la actualidad no existe puerto argentino desde donde partan barcos que se dirijan al archipiélago patagónico. Mis averiguaciones me llevaron a establecer que las embarcaciones que mantienen tráfico directo con las Malvinas zarpan desde Montevideo o desde Punta Arenas”.
Para poder llegar a las islas, Moreno tuvo que dar el domicilio de Mario Luis Migone, un salesiano residente en las islas, como un requisito indispensable para la visa de entrada. El religioso, de nacionalidad uruguaya, era el autor de un libro que también tuvo amplia circulación en la Argentina gracias, entre otros, a Moreno que lo prologó: 33 años de vida Malvinera. El libro del salesiano pasó a ser parte de la biblioteca básica malvinera, presentado como “imparcial” dada su nacionalidad, aunque el sacerdote era un fervoroso defensor de los derechos argentinos.
Al sacar su pasaje, Moreno constató que era el primer argentino que en cinco años tomaba un barco con destino a Malvinas. Tras cuatro días y medio de navegación, en los que nunca divisó la costa argentina, llegó a Port Stanley: “Todo es nuevo, distinto para mí. Pueblo extraño, lengua extraña, rostros extraños. Me siento solo, cohibido. Me parece haber invadido una jurisdicción ajena. Confieso que experimento una angustia indefinible. Evidentemente soy un extranjero. ¡Y acabo de pisar tierra argentina!”.
La primera conmoción fue constatar que las islas podían estar usurpadas, pero no estaban ni despobladas ni abandonadas. Todo lo contrario. A ojos de Moreno estaban mejor dotadas que los puertos continentales argentinos. De paseo por el puerto: “Llama la atención a quien ha visto estos muelles y conoce los pueblos patagónicos, la despreocupación de las autoridades argentinas por dotar con buenos puertos las costas del sur, donde generalmente el desembarco de pasajeros y la descarga se realizan con medios dificultosos (…) Stanley cuenta con todos los recursos de una ciudad continental: aguas corrientes, cada vez más extendidas, alumbrado eléctrico: obras sanitarias; una red telefónica local conectada con los puertos más importantes y los establecimientos ganaderos; una estación radiotelefónica oficial (…) un gimnasio y una sala de baños públicos, y centros deportivos y culturales, con estadios para ejercicios al aire libre”.
Moreno encontró unas islas tan intensas en la memoria y en el anhelo de recuperación de sus compatriotas como desconocidas y separadas de la vida argentina. Para Moreno los isleños eran un grupo social particular. Eran “malvineros” a los que definió por oposición a los funcionarios británicos: “Conviven en las Malvinas dos tipos de distinta psicología, aunque de un mismo origen racial: el inglés y el malvinero (…) El inglés es, en realidad, para el nativo, un extranjero, un individuo enviado por la corona o por una agencia comercial británica, ilustrado, elegante, si es posible, que va a las islas para desempeñar cargos superiores que no puede o debe desempeñar el malvinero”. En la crónica asombrada y honesta de Moreno, defensor de los derechos argentinos sobre las islas, aparece sin embargo la descripción de un pueblo particular: “El malvinero nativo está allí en las islas en su elemento. Nació allí, se crió allí, conoció ese cielo azul, esas colinas coronadas de blancas rocas, esos vientos silbadores, ese mar de olas atronadoras, esa llovizna familiar, esas largas nevadas invernales. Es humanamente dichoso. No sería extraño, pues, si desarraigado de su terruño, al no resistir la atmósfera cálida de los pueblos del norte, ni el bullicioso tráfico ni la agitada vanidad de las grandes ciudades, donde su espíritu se siente solo, fuera de su ambiente, como el pez fuera del agua, deseare el pronto retorno a la quietud acogedora de su isla natal”.
Para Moreno los británicos son una cosa y los isleños otra. Si desde el punto de vista de la posición diplomática argentina los isleños son británicos que habitan (o, más agresivamente “ocupan”) territorio nacional usurpado, el viajero argentino afirmaba, tras pasar un tiempo en las islas, que ha “sacado en limpio la siguiente conclusión: los ingleses defienden ciegamente la posesión británica y lo expresan sin ambages. El nativo, en cambio, es más reservado en su opinión, porque él no es inglés, porque a él no le interesa defender la situación inglesa”.
Son dos ideas fuertes, cargadas de sentido y problemáticas para la posición argentina que niega el principio de autodeterminación que invocan los malvinenses en el presente: para Moreno en Malvinas hay nativos, a quienes la posición colonial inglesa no les interesa. Agrega que “fruto de su mismo aislamiento” la situación de los insulares en lo que atañe a su nacionalidad es ambigua. La mayoría desconoce con fidelidad los antecedentes del litigio. Tienen una vaga noción de la legitimidad de las pretensiones argentinas, a través de breves historias falseadas. Han oído en el curso de muchos años que la Argentina reclama las islas y sostiene sus derechos de soberanía, pero como no se ha producido ningún suceso trascendental que lo justifique, acaban por no dar importancia a la cuestión.
A diferencia de los viajeros modernos, Moreno tuvo oportunidad de visitar los restos de las viviendas construidas por Luis Vernet (comandante político y militar de las islas desde 1829) y fue el primero en acuñar un símbolo que todavía hoy con frecuencia se recuerda como favorable a la posición argentina: “En las Malvinas no se llaman las cosas camperas como en gran Bretaña, sino como en la Argentina. Se dice allá comúnmente campo, estancia, recado, apero, palenque. Los caballos son denominados, hasta por los mismos ingleses residentes, por el color del pelo, como nosotros lo hacemos: zaino, alazán, tordillo, malacara. ¡He aquí una auténtica tradición criolla todavía latente después de un siglo de la usurpación!”..
Está claro que esta constatación, más que probar la soberanía argentina sobre el territorio, llama la atención, desde el punto de vista historiográfico, de la importancia de atender a fenómenos históricos sociales y culturales más extendidos en el tiempo y que no son sincrónicos con el desarrollo de los estados nacionales ni respetan sus límites geográficos. Una preocupación que, por supuesto, no le podemos pedir a Moreno en la primera mitad del siglo XX, antes de la guerra. Moreno, más bien, se asombra ante una realidad particular, marcada por la experiencia del lugar que se habita: “tan cómodamente vive el malvinero dentro de su reducida esfera, como el porteño en medio de la afiebrada y compleja sociedad moderna”..
Ya en aquel entonces Moreno señalaba que la resolución del conflicto y la recuperación de las islas llevaría tiempo, y que no sería fácil: “La hipótesis de una penetración paulatina con el propósito de constituir un sector de argentinidad en las islas, debe ser descartada por irrealizable. No niego que ese procedimiento llegaría a formar una conciencia nacionalista reivindicadora con la afluencia de trabajadores y de patriotas argentinos, es que el gobierno inglés impedirá desde el comienzo esa penetración (…) Hay quienes piensan en la conveniencia de medidas radicales, de hechos consumados, como por ejemplo, de una invasión por sorpresa, con el apoyo o sin el apoyo de las fuerzas navales. Esta es una actitud aventurada y destinada a fracasar, si no se tienen presentes los recursos defensivos con los que cuentan las islas y la posición de las relaciones diplomáticas existentes entonces entre los gobiernos argentino y británico”.
Para Moreno la falta de realización nacional iba más allá de Malvinas. Más allá de la presencia británica en las islas, los territorios australes aún no tenían el lugar que les estaba reservado en el desarrollo nacional: “La Patagonia dejará de ser un desierto inmenso y hostil, una tierra de expoliación y miseria, para convertirse en la anchurosa región de las grandes realizaciones sociales del porvenir, en un centro laborioso, donde se exploten honradamente sus enormes fuentes de riqueza, cuyo florecimiento ya se vislumbra en el horizonte. La Patagonia será el principal territorio de enlace y de intercambio comercial, cultural y espiritual con las Islas Malvinas, ya incorporadas definitivamente y en marcha armónica con los demás estados argentinos”.
Con la memoria de una guerra, pero también de las notables políticas de acercamiento, la mirada de los viajeros argentinos a Malvinas de la primera mitad del siglo XX arroja varias preguntas: dónde se torcieron los caminos, de qué manera adherimos a los símbolos y a las causas, qué es lo que vuelve propio un lugar. En la mirada de Moreno, por ejemplo, los malvinenses son isleños que tienen características propias como un fueguino, un porteño, un tucumano, un cordobés. Desde el pasado, desde Malvinas, Moreno nos interpela acerca de las formas en las que nos entendemos como parte de un país.
En 1961 Yuri Gagarin, el astronauta soviético, fue el primer ser humano en salir al espacio exterior y ver la Tierra desde allí. Alguien que extendió la presencia humana hacia una dimensión desconocida, que estuvo allí donde sus semejantes sólo podían dirigir sus miradas y la imaginación. Comprendemos mejor la eficacia de la forma en la que José Luis Muñoz Azpiri, autor de la monumental Historia completa de las Malvinas, llamara a Moreno el “Gagarin argentino”: el hombre que llegó primero a un espacio (habitado) y que a la vez, difundió información sobre un lugar, las Malvinas, que siempre convocó imaginaciones y sueños, pero del que los argentinos sabían poco y nada, salvo que estaban usurpadas. En 1936 Moreno llegaba a un lugar tan exótico como podía ser el espacio exterior. ¿Cuánto más hemos agregado a esos saberes hoy? Tal vez, así como Moreno fue Gagarin, el primero, todos estamos en una suerte de viaje inaugural en relación con las islas, y por eso mismo sería bueno viajar dispuestos a la sorpresa.
*Fragmento de Malvinas. Historia, conflictos, perspectivas, Buenos Aires, SB Editorial, 2022.
Federico Lorenz
El autor es historiador, escritor y docente especializado en la cuestión Malvinas.








