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El maradonismo después de Maradona: elegimos creer

OPINIÓN

En el mundial de Qatar asistiremos a la perpetuación de una religión futbolera en su trance de canonización definitiva: el maradonismo. El fin de una era y el pedido al Diego nuestro que está en los cielos.





- ¡D10S ha muerto! ¡D10S ha muerto!

Los gritos irrumpen furiosos en el barullo habitual de El Bajo. El anuncio apocalíptico obliga a las vendedoras de camisetas truchas y a los senegaleses resplandecientes de oro catorce a mirar hacia donde ese hombre desencajado, lloroso y con la casaca patria manchada de vino barato vocifera la novedad extemporánea; la noticia que ya no es noticia. Lo observan con cierto gesto socarrón; esa atención entre fascinada y divertida que suscitan los locos. Hace dos noviembres que Diego Armando Maradona no está entre nosotros y, por esas arbitrariedades de la FIFA y de la industria del fútbol, este es un noviembre mundialista. El primer mundial de un fútbol sin D10S, un juego de ateos, una religión sin demiurgo.  ¿El presagio del fin de los tiempos?

A la escena la pudo imaginar Friedrich Nietzsche si fuese tucumano y contemporáneo. Pero aquí y ahora, en las vísperas del mundial de Qatar y cuando la fiebre mundialista marca su ápice más alto en el termómetro futbolero, hay una ausencia que puede interpretarse como el signo inequívoco de un cambio de era. Es el primer mundial que se juega sin la presencia, corpórea al menos, de Diego. Se trata, nada más y nada menos, de la inminente consumación de un maradonismo sin Maradona. Vale preguntarnos entonces: ¿Y ahora quién podrá defendernos? 

Habrá refutadores de leyendas para quienes el fin del maradonismo se remonta a una fecha anterior y a una de las postales más dolorosas que la patria futbolera haya conocido: el 25 de junio de 1994, el día en que el ex capitán de la selección se retiró del estadio Foxborough de la mano de la enfermera Sue Carpenter tras la victoria 2 a 1 frente a Nigeria. Pero ese no fue el último mundial para el Diez. Basta con repasar los recuerdos que dejó el olvidable paso de la selección de Sampaoli en su deambular futbolístico por Rusia 2018 y nos encontraremos con el Maradona dueño de toda la luz del estadio Krestovski. El Maradona de los brazos extendidos al sol. El Maradona iluminado y eterno. El Maradona siempre seductor para las cámaras y protagonista de los memes. El Maradona modo D10S. El Maradona que el futbolero entiende y extraña. 

Lo vamos a extrañar, qué duda cabe, pero ya no con esa nostalgia tanguera que vive del pasado y se llora en el presente. No como queja, sino como celebración. El aura maradoniana se hará presente en el mundial no tanto como el recuerdo de viejos tiempos mejores, sino como una añoranza festiva que acompañará el tránsito de la Scaloneta por Qatar. Si todos nos subimos a la moto de esa ilusión ¿por qué no habría él de hacerlo? Si el maradonismo como teología podía prescindir del Maradona futbolista, el postmaradonismo trasciende al Diego de carne y hueso para consagrarse como liturgia popular y universal. La fiesta mundialista será la misa más grande que podamos imaginar para el más icónico de los dioses, el único que no conoce de ateos. Maradona estará y será omnipresente: será bandera, remera, camiseta, tatuaje, himno de tribuna. Culto y filosofía, símbolo y emblema, ritual y fiesta pagana, el maradonismo es la rabia que pervive al perro; la perpetuación de una religión futbolera en su trance de canonización definitiva. 

Habrá quienes lo vean en el cielo de Lusail con la forma de una nube, en la proyección de una sombra sobre el césped del estadio, en la aureola de transpiración en la camiseta de Messi, en una mancha de humedad, en la borra de un café qatarí, en el rostro de algún hincha perdido en las tribunas, en la deriva de una pelota que pega en el palo y sale o en la azarosa circunstancia de un gol que parece imposible. Como toda religión que se precie de tal, el maradonismo no está exento de prodigios y supersticiones. Por fe y devoción, por procedencia y necesidad, por carencia y angurria de felicidad; nos merecemos sus milagros. Solo hay que creer. 

Así como el maradonismo nos obliga a estar atentos a las señales del cielo, también deberíamos proceder de igual manera con las advertencias terrenales. Los gritos desaforados del loco de El Bajo tienen algo importante para decirnos. El de Qatar es el primer mundial sin Diego, pero también el primer mundial con VAR y el último que se jugará con 32 equipos. Un mundial donde la tecnología y las pantallas atragantarán goles en las gargantas, suspenderán pulsos vitales y le otorgarán suspenso cinematográfico a la angustia visceral de los hinchas en Qatar y en Bangladesh, en Moscú y en Villa Alem. 

La implementación del VAR le ha sumado una agonía sádica a la encrucijada existencial que supone el desenlace de una jugada, pero ni siquiera se trata de un sufrimiento necesario para la reparación de un desequilibrio y la restitución de la justicia. Hasta ahora, la tecnología no hizo otra cosa que volver más evidentes y obscenas las injusticias que atraviesan al fútbol. Un fútbol donde los goles se festejan con un delay insoportable. Un fútbol panóptico plagado de vigilantes. Un fútbol pura pantalla a lo Truman Show. Un fútbol con cámaras y estrellas, pero sin D10S. 

El grito del loco es un estertor que nos anuncia el fin del fútbol tal como lo conocíamos. Sólo nos queda aferrarnos al bastión de fe que nos ofrece el maradonismo como un último salvavidas en medio del naufragio. Persignarnos frente al televisor y rezarle al Diego nuestro que está en los cielos, al Diego nube, al Diego fútbol, al Diego D10S…

Y líbranos del VAR. 

Amén.