"Son mi lugar de contención": la amistad que se volvió familia para una tucumana
Cuando a Mariana la dejaron sin nada en su departamento, cuando tuvo problemas de presión o cuando le rompieron el corazón, sus amigos estuvieron. La amistad puede ser esa gran comunidad que formamos para sentirnos menos solos y para hacer de este mundo un lugar mejor.
Mariana y sus amigas y amigos.-
Decir que los amigos son la familia que uno elige puede sonar muy cliché. Quién no cantó “Un amigo es una luz” de los Enanitos Verdes abrazado y llorando con su gente. Cada 20 de julio la canción se repite en los boliches, bares, parlantes de autos, casas, celulares. “Que un amigo es una luz brillando en la oscuridad...”, repite reiteradamente la canción.
Como el amor, la amistad es uno de los sentimientos más fuertes que tenemos como seres humanos. Hay mucho amor en los vínculos de amistad, pero a diferencia de las relaciones de pareja, la poliamistad es más bien la regla. También hay celos, rencores, peleas, reconciliaciones, dolor. Hay quienes son amigueros y renuevan su banca con bastante frecuencia, y hay quienes tienen los mismos tres amigos desde hace más de 20 años. No hay fórmulas. Lo que es indudable es que en la amistad hacemos cosas por amor y desinteresadamente. Arriesgamos, metemos las manos en el fuego, confiamos, creemos, nos divertimos, acompañamos.
La relación de Mariana Patti con sus amigos y amigas trasciende todo esto. Decir que los amigos son la familia que uno elige no es para ella una frase cliché, es la realidad más palpable; la que vive día a día. Un día fue a la psicóloga y en medio de una crisis, la profesional le dijo: “Vos no podes dejar de contarle las cosas a tus amigos, porque ellos son tu familia”. Lo que ella ya sabía se volvió evidente. En sus recuerdos se agolparon todas las veces que la amistad la salvó, y esto, tampoco es para ella una frase cliché.
“Una vez volví de trabajar y me habían saqueado el departamento. No tenía absolutamente nada. Me agarró una crisis de nervios muy fuerte. A las primeras personas que les conté fue a mis amigas y todas me decían: 'No te preocupés, ya vamos a ver de dónde sacamos las cosas'. Era fin de mes y no tenía un mango. Aylén, una amiga, se vino con su mamá y me trajo platos, tazas, una banda de cosas, y también empanaditas para comer porque yo había vuelto a trabajar a las dos de la tarde y no tenía ni una pava para hacerme un té. Ese momento fue muy shockeante, me sentí tan sola y desamparada en el mundo, pero estaban mis amigos, así que tan sola no estaba. Fue un gran mimo cuando vino Aylén, porque ella vive lejos, en Lomas de Tafí y se vino hasta el centro solo a traerme eso”, cuenta Mariana.
Hace varios años que esta tucumana, oriunda de Lules, se mudó a la capital. No vuelve mucho a su ciudad, al contrario, es poca la frecuencia con la que visita a su familia. “Mi familia si existe, pero elijo compartir más mi vida con mis amigos y eso tiene que ver porque muchas veces me he sentido más contenida por ellos que por mi familia. Yo sé que mi familia siempre va a estar ahí, no es un ausentismo total, pero siento que tendría que ser algo muy extremo que me pase como para que se los cuente. Todo lo inmediato en mi vida se los cuento a mis amigos”, y agrega: “Siento que con los amigos tenés otro grado de intimidad, de confianza, y en cosas como, cuando te rompen el corazón, por ejemplo, cuando yo estaba muy llorona por amor, siempre me iba a la casa de mi amigo Reinaldo o ,a veces, cuando estaba encerrada depresiva, él me iba a ver para saber qué me estaba pasando”, confiesa, y agrega: “Yo vivo sola. El otro día tuve un problema en el trabajo y a la primera que le conté fue a mi amiga Marcela, así es mi día a día. Ella cumple un rol un poco maternal también”.
Mis cumpleaños los comparto con mis amigos, hace muchos años que no festejo un cumpleaños con mi familia. En mi último cumpleaños que yo iba a hacer en mi departamento, iba a ser un cumpleaños colaborativo porque todos querían aportar algo para que pueda festejar mi cumpleaños. Esa es mi familia, mi factoría.
“Son mi lugar de contención”, dice mientras reflexiona sobre la amistad. Mariana tiene una carcajada fuerte y, aunque la mayoría del tiempo tenga el ceño fruncido, es muy carismática. A sus cortos 28 años, hace bastante tiempo que logró independizarse, es lo que se dice, una adulta. Sin embargo, más de una vez al día necesita que la abracen, que la guíen y que le digan que todo va a estar bien. “Tengo amigos de diferentes ámbitos, pero lo que los une a todos es que me escuchan. Me escuchan una banda, si me pasa algo bueno o algo malo a los primeros que les cuento es a ellos y lo que más amo es eso, yo voy a mandar un 'amiga, ¿estás?', y siempre, siempre me van a contestar. Nunca me van a dejar en banda, así sea que me pase una pelotudez, lo mismo van a estar ahí para prestarme atención, para descargarme o para putearme. Cada uno puede estar muy ocupado con sus cosas, pero siempre se hacen un lugar para escuchar las pelotudeces que digo”, cuenta.
En los momentos más difíciles, la contención también estuvo. El día que a su mamá le agarró un ACV estuvo absolutamente acompañada. La fortaleza vino de esas personas que la acompañaron minuto a minuto y le facilitaron su rutina como llevándole los apuntes de la facultad. Cuando a ella le tocó estar enferma, el cuidado también estuvo: “Un día yo me levanté y me sentía muy mal. Había tomado un té con galletas y me dieron ganas de vomitar. Vomité y sentí un zumbido en mi oído. Lo primero que hice fue llamarla a mi amiga Cler que vive más o menos cerca. Le pregunté si podía pasar el día con ella porque me sentía muy mal, no sabía muy bien que me pasaba. Ese día fui y luego llegó mi amiga Aylén. Estuvimos toda la tarde juntas y mis dolores se fueron un poco. Me alivió un montón estar con ellas más allá de que me sentía mal físicamente. La presión, en mi caso, es nerviosa y, estar con ellas me ha calmado un montón”.

Mariana y Cler, un día de lloración cualquiera.
En el día a día, en las cosas más mundanas, en las rutinas que todos tenemos, los amigos son su compañía. “Con Reinaldo tengo una relación particular, vivimos tan cerca que todos los días es, '¿Querés almorzar?' Una vez hice humita y obviamente le guardé un plato de humita para él. También vamos a merendar o al gimnasio. Yo iba a lavar la ropa a su departamento cuando no tenía lavarropas. Está bueno porque es hacerte compañía para nosotros que vivimos solos”.
“En los momentos en los que estuve muy pobre, mi amiga Micaela averiguó mi CBU para pasarme plata, porque yo no la quería recibir. También le preguntó a mi psicóloga si ella me podía dejar pagada las sesiones porque yo no estaba yendo porque no tenía plata”, cuenta Mariana, emocionada al recordar cada actitud de sus amigas y amigos en los momentos difíciles, y cotidianos, que le tocaron atravesar.
La amistad puede ser esa gran red, esa gran comunidad que formamos para sentirnos menos solos, para ser felices, para la dicha, para hacer de este mundo y de las circunstancias más hostiles, un lugar mejor. “Tengo muchos amigos de distintos ámbitos, del trabajo, de la facultad, de tela, del colegio, pero he logrado que entre todos se conozcan. Me encanta que entre ellos también se conozcan”, dice, al finalizar la entrevista.

Uno de los cumpleaños colaborativos de Mariana.








