"Descarado total": fue docente en el Sur y volvió a Tucumán para crear su propia cerveza
Lo que para Marcos Salazar comenzó como un hobby, terminó por convertirse en su nueva profesión. Su vida en el sur, sus inicios en pandemia, la apertura de su local y la creación de la cerveza de frutilla. Conocé su historia.
Marcos y su cerveza.-
Hace tres años y después de haber trabajado como profesor de matemáticas en Puerto Madryn, Marcos Salazar volvía a Tucumán para dedicarse a su pasión: fabricar cerveza. Lo que empezó como un hobby el año en el que la docencia de Chubut estuvo con medidas de fuerza debido a reclamos salariales, se convirtió en su nueva profesión: “Ahora al revés, ejercería la docencia por hobby”.
Marcos tiene 33 años y estudió profesorado en Matemáticas en el instituto Lola Mora, cuando estaba cursando el tercer año de la carrera empezó a fantasear con la idea de irse al sur. Una vez que se recibe, Marcos trabaja un año en un call center, “como la mayoría de quienes se reciben de profes”, dice. Junta plata, toma un avión y aterriza en Trelew. Allí comienza la aventura, cuando apenas tenía 25 años y muchas ganas de experimentar y conocer.
“Nunca me fui con la idea de quedarme para toda la vida, pero si hacer una experiencia allá como docente. Mi cuñado en ese momento me comentó que había una ciudad muy linda que se llama Puerto Madryn. Ahí empecé a ver fotos, a imaginarme y después de un año me saqué un pasaje en avión y me fuí sin nada, con un poco de plata, una valija y con lo puesto. Sin trabajo, sin alojamiento, sin nada. Llegue a Trelew y me pregunto cómo me voy de Trelew a Madryn que queda como a 70 kilómetros. Me fui, pare en un centro turístico y le digo: 'Mirá, estoy llegando recién necesito que me digas un hotel que tenga más o menos a mi alcance porque no vengo de vacaciones sino a vivir”.
“La vida en Puerto Madryn es hermosa, yo pienso que si me hubiese ido un poco más grande me hubiera quedado a vivir. Es una ciudad turística, linda, tenes de todo, no es tan hostil como todos piensan”, dice Marcos recordando sus años donde vivió a pocos metros de la playa y trabajando de lo que estudió. Cada diciembre de los cinco años que estuvo viviendo en Madryn se preparaba unos sanguchitos, se compraba una cerveza, caminaba hasta la playa y se sentaba a hacer un balance emocional. De esos resultados dependía el destino del próximo año.
El día que aprendió a cocinar cerveza
En el verano del 2019, su familia entera va a visitarlo a Puerto Madryn. En una de las cenas su cuñado llega con una botella de Quilmes, pero sin etiqueta. “Yo le digo, '¿Te has tomado el trabajo de sacarle la etiqueta?', 'No, yo las hice'. Yo digo, 'No se puede hacer cerveza, ¿quién hace cerveza? Las grandes marcas'. Así que probamos cerveza. Yo ya consumía cerveza artesanal en Madryn pero de gente que yo no conocía, y esta era la primera vez que probaba cerveza de mi cuñado. Después de las vacaciones ellos se van. Ese año, como estábamos sin clases, yo me había puesto en la cabeza que quería aprovecharlo con algo y entonces le digo a mi cuñado que se vengan de viaje, yo ya me había comprado mi primer equipito para cocinar 20 litros de cerveza. Le dije que se venga y me enseñe a cocinar. Después de probar dije tengo que hacerlo yo también, por curiosidad, no tenía idea como se hacía. Así que vinieron un fin de semana a pasear a Madryn y me ayudo un día a hacer cerveza. Él me decía siempre que para hacer cualquier producto que sea consumible uno tiene que tener mucho cuidado, él estaba muy metódico, me decía no fijate que esto, que no le puede entrar nada a la olla porque se puede contaminar, estaba pendiente de que no vuele ni una mosca. Agarrá el pobre y saca una canilla que tenía en ese momento para ver si tenía agua, ya había terminado de hervir el mosto, que es el producto final, que después vos le agregas levadura y se termina la cerveza. Entonces él me dice que tengamos mucho cuidado, agarra una canilla, tenía agua y cae dentro de la olla. Me mira mi cuñado y me dice, 'Me quiero matar'. Tampoco era para ser tan dramático pero son esos momentos que vos tenes todos los miedos… Él había cocinado dos veces antes así que tampoco había tanta diferencia con lo que yo sabía. Así que ahora él siempre me dice: 'cuñado cada vez que hagas cerveza el secreto es la escupida', en realidad era agua que había quedado adentro”, cuenta sonriente.

Marcos haciendo una medición.
Lo que empezó como una curiosidad, por aburrimiento, por hobby, se fue convirtiendo, a partir de ese momento, en la profesión de Marcos. Él no sabía en ese momento lo que lograría años más tarde, pero el deseo se iba instalando lentamente y un día tomó la decisión. Las circunstancias políticas, sociales y económicas en las que se encontraba Chubut en ese momento hicieron que la decisión no fuera tan difícil.
“Llegué a Chubut y desde el segundo año fue una provincia muy conflictiva. El primer año que llegué me tocó inundaciones en Comodoro Rivadavia, no tuvimos agua por dos meses, no hubo clases. Después de los últimos dos años paro todo el año, allá no es como acá, son paros totales de actividades de todos los empleados estatales. No nos estaban pagando en tiempo y forma así que ha sido un problemita heavy allá, con cortes de ruta. Así que de los 5 años habré trabajado full tres años y los dos años siguientes prácticamente nada. Un año estuve ahí, con mi familia y amigos lejos, y uno cuando está aburrido tiene tiempo de pensar todo y yo necesitaba dejar de pensar porque en cualquier momento me tomaba un avión y me volvía. Así que después de un año de paro y movilizaciones, vivíamos yendo a la capital de Chubut, Rawson, íbamos al ministerio todos los días, había de todos los problemas, en algunas manifestaciones con gas pimienta, un lío bárbaro”, cuenta.
La vuelta a los pagos
“Yo sentía que había cumplido mi ciclo allá”, me dice Marcos cuando rememora el día que, sentado en la playa, hizo su balance anual y decidió que quería volver a la ciudad que lo vió crecer: San Isidro de Lules. Y aquí, crear y vender su propia cerveza. Juntó plata, y en febrero del 2020 presentó su renuncia, tomó un avión y volvió a la casa de sus padres, en el fondo de esa casa la fábrica empezó a operar y se convirtió en el primer punto de venta.
Un mes después de su vuelta a los pagos, empezó lo que todos conocemos como “la cuarentena”, es decir, el Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio decretado en marzo del 2020 tras la pandemia de COVID - 19 que ya había llegado a nuestro país. Las circunstancias no lo desanimaron e instalado en la casa de su infancia, empezó la producción y la venta. “Vendía en mi casa, en plena pandemia la gente iba a cargar hasta las tres de la tarde porque no se podía después, la gente llevaba sus botellones y yo les recargaba en mi casa los fines de semana y así fui vendiendo y así arrancó Wayra. Una empresa en mi casa, un negocio familiar, en ese momento todos nos dedicábamos, estaban contentos porque todos participaban del emprendimiento. Cuando yo le dije a mi mamá que me quería dedicar a esto, ella docente se debe haber querido matar, en ese momento me preguntó si estaba seguro. Yo estaba muy seguro, sabía que era por acá, aparte también sabía que acá, en la provincia, ser docente es complicado y yo estaba decidido totalmente, así que bueno, ahí arranque”, cuenta.
Después llegó el momento de ponerle nombre, de crear su propia marca. El origen de la cerveza y sus propios orígenes estuvieron en esta decisión: “Era muy difícil encontrar un nombre, hasta que un día se me cruzó por la cabeza Wayra, que significa viento en quechua. Quería una palabra que tenga un nombre norteño, como somos nosotros, pero a la misma vez algo que represente algo típico de allá que fue donde aprendí a hacer cerveza, entonces Wayra significa viento, que es algo típico de la patagonia y a la misma vez es una palabra en quechua, entonces para mí ha sido el nombre justo”.
Y así, con un nombre, su equipo y su familia, prendió motores y arrancó la venta. “Acá fue la primera vez que vendí cerveza, descarado total yo, hecho el vendedor de América. Vendí un estimativo de 15 mil litros de cerveza que para mi era una locura, no tenía ni idea la cantidad de cerveza y bueno así arranqué, vendiendo, probando. En la etapa en la que esto fue un hobby yo consumí toda mi birra así que sabía muy bien los estilos, experimentaba. Cuando arranque a vender ya sabía qué estilos le gustaba a la gente”, dice Marcos sobre sus inicios. En un momento su hermana le propone poner un lugar de recarga más céntrico, con su ayuda, alquila un espacio a la que le llama “cerveza al paso”, como todavía estábamos en fases de aislamiento, la idea era que la gente pueda pasar a recargar únicamente. Con el tiempo las mesas en la vereda fueron más, y hoy, los fines de semana explota de gente.
“Lo lindo de Wayra es que es un ambiente muy familiar, hay mucha gente conocida, salir un día acá es como salir un domingo a la plaza, me encanta eso del luleño que es que te saludas como si no te hubieras visto nunca, eso es lo lindo de acá”, afirma. En su experimentación y deseo de elaborar algo típico de su tierra decidió crear la cerveza de frutilla: “Tenía la idea de hacer una cerveza típica de Lules, y que era lo típico de nuestra ciudad, la frutilla, así que una de las primeras cervezas que hice fue una fruit ippa que tenía una cantidad exorbitante de frutilla, abusa, la verdad que me había encantado como había salido”.
“En Puerto Madryn aprendí el sentido de la palabra añorar, estas en otro lugar, si bien no me fui del país pero en el sur la gente tiene otras culturas, tradiciones, si bien la gente es amigable pero no es como acá, la gente acá es muy cálida, extrañaba estar cerca de mi familia, de mis amigos”, reflexiona Marcos convencido de su decisión y el cambio que dió en su vida. “Me quedaría acá para toda la vida”, dice, antes de despedirse.









