La casta, Castolo y las paredes de la libertad
Hablan las paredes de nuestra ciudad y me voy corriendo a ver que escribe en mi pared la tribu de mi calle. Si Homero de Viejas Locas te parece un temazo, no podés bancar nada de este gobierno. | Por Santiago Sibaja.
"Aquí Play Station 2. $2 la hora"
Hablan las paredes en todas las ciudades, y en la nuestra también. Testigos privilegiadas del paso del tiempo, atesoran lo que dijimos y lo que sentimos, lo que gritamos tan fuerte que necesitaba hacerse carne sobre el ladrillo o el cemento, con sangre de pintura o aerosol, para nada más y nada menos que dar cuenta de nuestro tiempo, de aquel ahora. Y cuando sobrevive al barniz de la voracidad del negocio inmobiliario, son la voz del ayer que perdura. Para cada tiempo su música; para cada era, su pared.
"Aquí Play Station 2. $2 la hora", escupe una pared de este barrio, que es el barrio de tantos. Nos traslada de forma inmediata a los 2000, con su tiempo, y su música, que fueron los nuestros. La consola más vendida de la historia. Y ahí, en esa caja mágica gris o negra, nace nuestro héroe, prócer inmortal. Castolo es quizás el ídolo virtual más grande de todos los tiempos, un símbolo de felicidad, gambetas, goles, libertad. El destinatario del pase triángulo que deja tieso al rival y rompe el talud de la defensa para abrir las puertas de la alegría de aquel tiempo pasado y -por supuesto- mejor.
La Liga Máster, el recuerdo aquellas noches y madrugadas adolescentes y juveniles, desafiando nada más y nada menos que a la máquina. El poder. La mayor expresión jamás imaginada de superación y meritocracia (¡cuak!), la quimera de la movilidad social ascendente hecha partida de Play 2, para todos y todas: derrotar a la consola que sabe y conoce todos los trucos, que tiene al árbitro y toda la superestructura de su lado. La utopía del tipo común, de los Homeros.
Dentro de ese mundo (real), Castolo es grito de rebeldía y liberación, el nombre de la gambeta y el gol, nacido en Brasil y destinado a hacer realidad los goles que soñaste y que -ahí- son inmortales, eternos laureles que supimos conseguir. De la mano y los pies de Castolo, podés ascender, ganar la Liga, comprar a los mejores, ganar la Champions League e ir por más. El crack sigue siempre ahí, no se vende, porque hay cosas que la guita no puede comprar, y porque hay amores a prueba de plata, tiempo y poder. Los valores, la cosa sana.
Si hay Castolo es porque había Winning Eleven o PES (Pro Evolution Soccer) en la Play 2 de tu casa, en la de un amigo, en el cyber o donde mandaba la ocasión. Son esas batallas (solitarias o compartidas) que libramos las que han forjado el carácter y coraje que hoy nos permite hacer frente a los temores y terrores que nos infunde la adultez, la coyuntura, la muerte y la vida adulta que no se parece nunca a la que soñamos. Pero, como Castolo, ahí vamos, contra todo y contra todos.
Si algo nos han enseñado aquellas campañas es que nadie se salva solo: Ximenez, Minanda, Valery, Ivanov, Ordaz son algunos de los ¿nombres? ¿apellidos? que retumban en mi cabeza y me recuerdan que no hay héroes solitarios y que nadie es feliz en soledad. Con alguien se abrazaba siempre nuestro Castolo para festejar sus hazañas, aquellas que le permitieron ser leyenda.
Y hay mucho más que tardes y noches de vicio detrás de aquellas proezas. Porque esa Liga Máster es un desafío, una afrenta a las reglas del mercado, al negocio del fútbol, al vil metal. Porque nos enseñó (y sigue enseñando) a amar a los nuestros, a los que defienden nuestra bandera, a los que respetan a nuestra Patria, nuestro suelo, nuestra gente. La legión libertadora no se rinde ni se aplasta, y cuándo se grita "basta", inaplazable es la hora.
Somos gente simple, sepan disculparnos. Nos gusta la cerveza fría, la tele fuerte, los goles de Castolo y los gobiernos normales. La vara está por el piso en este último apartado. Salir del trabajo y pasar por el bar de Moe, como Homero; saber que es así, aprendemos a ser felices así, la vida del obrero es así, y pocos son los que van a zafar. Como Homero. Creo firmemente que si Homero de Viejas Locas te parece un temazo, no podés bancar nada de este gobierno.
Castolo, leyenda.
Qué bastardeada está hoy la libertad. Las paredes de nuestra ciudad y las de todas las ciudades hablan y nunca callan, no las van a callar. Esas paredes, más pronto que tarde, van a repudiar y condenar este experimento de Gobierno (anti) nacional que nos pisa y escupe en nombre de la libertad. Ya se lo dijo la calle, y las paredes no van a ser menos, no tengan dudas. Milei vino a llevarse puesto a los Homeros, nuestros Homeros. “¿La casta viaja en bondi?”, se pregunta una pared de este mismo barrio, y la respuesta es harto conocida.
El Presidente podrá pasar horas y horas de sus (nuestros) días en Twitter, repartiendo likes a las imágenes creadas con inteligencia artificial que lo muestran fornido, varonil, pie grande y vigoroso. Pero el muro que de verdad le habla (y debiera escuchar) está en la calle, en tus calles y en las mías, donde la realidad pesa y pisa fuerte, aplasta y arrasa. Ahí donde las paredes no lo van a perdonar.
Esta semana le tocó al INADI y al gobernador de Chubut, que se le plantó y recibió el respaldo de casi todos los gobernadores, salvo el tucumano Osvaldo Jaldo. “Me gusta Jaldo”, dice un amigo filomacrista devenido en libertario. Cosa e’ mandinga. Se confunde Milei al desconocer el principio de federalismo que nos rige, al ignorar que las provincias son preexistes a la Nación y principalmente que la legitimidad que él aduce, presume y cree lo hace poderoso e inmune (hasta del ridículo) también la tienen cada uno de los gobernadores en su tierra y ante su gente. No la ve, como dicen los nuevos cancheros.
Lo cierto es que del DNU desregularizador a la Ley de Bases de los grupos de poder concentrados, todavía no se le conoce medida contra la casta que vino a combatir al pretenso líder de la revolución libertaria, que recicló (otra vez) a Bullrich, Sturzenegger y Caputo y sus amigos, el que citó a Alberdi y coqueteó con Menem. Al riojano lo puteaba la cultura, pero hizo oídos sordos y abrazó a los artistas populares de Charly a Palito Ortega hasta al Diego, que vive para siempre en esas mismas paredes, tatuajes y banderas y hoy sabemos (¡qué duda cabe!) de qué lado de la mecha se encontraría.
Si Milei tuvo la osadía de querer emular los tan romantizados, vilipendiados, sobreanalizados años '90, con su cruzada contra Lali Espósito y otros artistas se fue a la banquina y no hay lancha de Scioli que lo rescate. El resabio menemista que hoy aflora es el rock contestatario, siempre rebelde y de éste lado, aunque él juegue al despeinado. De Las Manos de Filippi y Los Fabulosos ayer, a Dillom y Lali y todos los que los bancaron en esta parada. Los nuestros de este lado, y allá ellos. “Milei sos un hijo de mil puta”, dicen sin eufemismos las paredes del Conservatorio Provincial de Música. Más que las fuerzas del mercado, Milei vino a desatar la furia de los Homeros.
Nuestros Homeros: el que sale del trabajo y viene pensando que al bajar del colectivo esquivará unos autos, cruzará la avenida, se meterá en el barrio, pasará dando saludos y monedas a unos vagos; el que se planta con Lisa y su guitarra en la puerta de la fábrica, porque ellos tienen la planta pero nosotros tenemos el poder, mientras el jefe no pueda creer que cantan sin lavadoras y sin licuadoras. Siguen cantando y siguen pintando porque ellos de verdad son libres. Y no los van a parar con palos y represión.
Porque te dijeron que ibas a ganar en dólares y que el ajuste lo pagaba la casta, para después licuarte el sueldo y los sueños. Pero calma (sin romantizar la resistencia) que la historia nos ha enseñado que no pudieron con nuestros Homeros, no pudieron con Castolo y no van a poder con la Libertad, la de verdad: la de jugar a Play 2 por $2 la hora y salir a ver que escribe en mi pared la tribu de mi calle. Los que siempre la ven.











