"En su despedida dimensionamos lo que fue": adiós a Bigote, adiós a Don Jorge, almacén y corazón de Barrio Sur
Jorge Ricardo López Isla atendió al mundo con una sonrisa y un pedazo de tiempo que ya no se compra. "La gente iba a charlar con él y se quedaban horas. Él les ofrecía un café, una gaseosa, una cerveza y se quedaban ahí. Si entraba un chiquito, siempre se iba con una golosina. Fió hasta el último día. Y para los estudiantes de otras partes fue un papá postizo", cuenta Gabriel, su hijo. Qué pasó y por qué fue tan querido. | Por Alfredo Aráoz
"Abrió en pandemia. No descansaba ni los feriados".
Hay un cuento popular donde un turco, ya en su lecho de muerte, pregunta si todos sus hijos fueron a despedirlo. Cuando sus hijos le responden que sí, que están ahí, el turco les pregunta: “¿Y entonces quién está atendiendo el negocio?”.
El 16 de julio a las ocho de la mañana, sonó el celular de Gabriel López Isla: “Tu papá está transitando un infarto, está internado, aquí en el CPC”. Guiños de la vida, Gabriel vive cerca del Centro Privado de Cardiología de calle Virgen de la Merced, le colgó a la mujer de su padre, llamó a sus hermanos y corrió esas cuadras para verlo.
“Cuando llegué, me dejaron pasar, lo vi, nos pusimos a charlar y me dijo: ‘Nunca sentí un dolor así, pensé que me moría’. En ese momento, intenté calmarlo y le dije: ‘Papá, tranquilo, ya vas a salir’. ¿Sabés lo que me respondió? ‘Sí, bueno, ahí tengo la llave del negocio, andá abriendo’. El médico escuchó todo, nos cagamos de risa y le recordé a mi viejo: ‘Papá, me estás haciendo lo mismo que el turco del cuento’”.
Jorge Ricardo López Isla no fue ningún cuento. Nacido cerca del Parque Guillermina, se enamoró tanto de una joven de la calle Ayacucho al 700 que entre naranjos y adoquines se pusieron de novios, se casaron y tuvieron a Jorge Alejandro, a Agustín y a Gabriel, el menor de los tres hijos que este viernes le cuenta a eltucumano: “Y mi papá también fue el padre postizo de muchos chicos más”.
La historia cuenta que Jorge, George, Jorgito, Don Jorge, Vikingo o simplemente Bigote fue el hombre que, además de encontrar el amor y la familia en Barrio Sur, supo ver en esas calles a la gente de Barrio Sur, entendió a los vecinos de Barrio Sur, a los familieros y a los solitarios, a las señoras con changuito y a las maestras de la escuela Miguel Campero, a los médicos del Hospital de Niños y a los estudiantes foráneos que también soñaban con un diploma: “Mi viejo vio la esencia del barrio, la de un barrio familiar, y vio la oportunidad de alquilar y ahí abrió su negocio, primero con la verdulería, después con el almacén, con este punto de encuentros al que todos llamaban lo de Bigote o lo de Don Jorge. Había empezado con la verdulería en Rioja y Rondeau en 2002, se mudó a La Rioja y Jujuy en 2015 y en 2017 volvió a la Jujuy entre Bolívar y Rondeau, corazón de Barrio Sur”.
Abierto de nueve y media hasta las dos de la tarde y desde las seis y media hasta las diez de la noche, durante la siesta de Bigote no volaba una mosca, pero antes y después todo su tiempo, toda su energía, toda su atención era para los vecinos-clientes que iban con la excusa de comprar algo y se quedaban siempre un rato más para apoyarse en un rincón del mostrador a intentar descifrar nada más y nada menos de qué se trataba la vida: “Era un lugar de encuentro. Era como un bar, pero sin mesas ni sillas. La gente iba a charlar con él. Se quedaban horas. Él les ofrecía un café, una gaseosa, una cerveza y se quedaban ahí. Cuando entraba una familia con chiquitos, se enloquecía mi papá: siempre les daba un caramelo, un chupetín, un chicle. Tenía una sonrisa muy agradable, pero a veces los chiquitos no le aceptaban el caramelo entonces él redoblaba la apuesta y los chicos se iban con una galleta o un alfajor. Lo mismo con la gente grande: él identificaba el perfil de cada uno. Sabía lo que querían. Y si no tenían plata, te imaginarás lo que hacía”.
Si la vida se divide entre las personas que fían o no fían, ya sabemos de qué lado se encuentra Jorge: “El fiado es algo que mi viejo mantuvo hasta el fin de sus días. Era una forma de ser. Hasta en los feriados nos explicaba por qué abría el negocio: ‘¿Qué pasa si algún cliente no tiene para comer?’. Él era así. Tenía muchas cuentas de fiado. En Barrio Sur viven muchos estudiantes que vienen de otras partes. Como a mi viejo siempre le había quedado el bichito de no haberse podido recibir, los veía solitos, con la familia lejos, y les flexibilizaba la comida. Hasta les ayudaba a pagar el bondi. Una chica de Salta cuando se recibió de veterinaria fue al almacén con el diploma a sacarse una foto con él”.
Carla Sarapura es la doctora veterinaria de Salta que fue ese día con el diploma. Y es quien le escribió hace un mes: “Vuele alto Don Jorge, siempre estaré agradecida por todo su cariño, apoyo y ayuda en mis años de estudiante, por el amor a mis perritos y el jamoncito para malcriarlos, lo vamos a extrañar mucho por estos lados”.
Después del llamado a las 8 de la mañana aquel 16 de julio, después del chiste del cuento del turco, después de la cargada del doctor al fanático hincha de Racing (‘Usted es paciente de riesgo si es de Racing, Jorge’), después de transitar con cierta calma el post-infarto, tres horas después de la internación, las cosas se complicaron en el CPC. Llegó el procedimiento del cateterismo, los estudios no fueron los esperados y, al mediodía, la noticia tan triste como inesperada: Don Jorge, el almacenero de Barrio Sur, Bigote, el hincha número 1 de Lautaro Martínez, Jorge, el papá de tres hijos, fallecía a los 71 años.
“La noche anterior a su muerte habíamos ido a verlo y a comer unas pizzas con mis tres hermanos. Él nunca nos dejaba poner un peso. Siempre nos invitaba. Y siempre nos dijo: ‘Lo más importante es que ustedes se reciban. Es muy desgastante este trabajo’. Y los tres hijos nos recibimos. Lo hicimos. Somos profesionales. Mi hermano mayor es ingeniero, el del medio es abogado y yo soy geólogo. A todos los chicos les fomentaba el estudio. Era como un papá postizo”, recuerda Gabriel, quien esa mañana fatídica del 16 de julio le comunicó lo que estaba pasando a Javier, un empleado del almacén.
“Javier les contaba las novedades a los vecinos que se acercaban a preguntar cómo estaba mi papá. Cuando nos comunicaron que falleció, vimos cómo vecinos de toda la vida empezaron a acercarse al CPC, a confirmar la noticia. Entre tanto dolor, no dejaba de sorprendernos la gente que se acercaba a darnos el pésame. Y ni hablar lo que fue esa tarde el velorio. Ahí terminamos de dimensionar todo esto que te cuento. En su despedida dimensionamos lo que fue. Haber visto todo el cariño, haber vivido una despedida así a mi viejo te sensibiliza, te hace sentir orgulloso de lo que hizo con su vida, de lo que hizo con la vida de los demás. Este viernes fue la misa por el mes, en la Iglesia del Sagrado Corazón. Seguramente con el paso del tiempo seguiremos descubriendo más historias de mi viejo. Fue un tipo al que ibas a ver detrás de un mostrador y siempre volvías con ganas de volver a visitarlo. Él era así. Y el negocio seguirá abierto. Los vecinos del barrio saben por qué".

Gabriel con el título y su viejo orgulloso. Miren esa felicidad.

Gabriel, Jorge y Guido Alonso.

"Cuando entraban perritos al negocio a todos les daba retazos de fiambres que le quedaban".

Carla Sarapura, una estudiante salteña que le llevó el título a Don Jorge y le dedicó una conmovedora despedida.








