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Una obra de arte: de Arco a arco ida y vuelta, así fue el golazo de San Martín

ganó el santo

Iván Molinas culminó una jugada de toda la cancha donde la pelota fue y volvió a lo largo y a lo ancho en nueve toques precisos. A puro fútbol, San Martín encontró la anotación que le permitió abrir un partido durísimo.





Hacía un largo rato que Pablo Hernández y Caco García se había adueñado de la pelota, del juego y de todo el partido. De hecho, la jugada previa a la del gol empieza con un toqueteo de ellos dos que un defensor corta, mandando al lateral. 

Diarte va a hasta la banda, forcejea con uno de ellos la mete dentro del área para que Klusener la aguante, el delantero no puede girar, pero retiene la pelota y se la entrega a Hernández que en el plan de asegurar se la da a Orellana y este vuelve hasta Sand.

La pelota ya recorrió todo el largo de la cancha en una sentido, bastaron cuantro pases para ir desde el área rival hasta el área propia. 

Sand no la retiene y se la devuelve a Orellana que no duda en entregársela otra vez a Hernández. Ya estamos de nuevo en la mitad de cancha cuando Pablo levanta la cabeza y la da Molinas. El volante ya cruzó los tres cuartos de cancha y tiene tiro, la jugada pide el disparo, la finalización con un remate de derecha con un destino tan incierto como inquietante. 

Pero Molinas tiene otro planes, porque ve en la derecha bien abierto a Ulises Vera, que acaba de ingresar  con él, y con esa complicidad que se tiene los que juegan poco, se la abrió nomás y después pica al punto del penal con la fe ciega en que se la vana tirar. 

Ulises domina con algo de dificultad, con los ojos bien abiertos y la marca encima, le mete el botín sutil, sueva debajo del cuero y la pelota flota por el aire al encuentro de Molinas, como si dos segundos después ya lo estuviera extrañando. 

Molinas salta, erguido, se cuelga del aire y acierta un cabezazo medido, de manual, inapelable, inenarrable, impecable, inatajable. Aunque vuele este ignoto arquero y 20 más. Aunque, los de All Boys hayan hecho un esfuerzo bávaro para emparejarle el partido y hasta, por momento, superar al puntero.  Aun así la pelota ya está colgada de las redes, del ángulo y Molinas ya revolea su camiseta y sus compañeros ya los rodean y abrazan. 

En Tucumán las gargantas se quiebran, en ciudadela los vasos nerviosos vuelan por lo aires, y los abrazos se funden en las casa, en las calles, en los barrios. 

San Martín gana uno a cero un partido picante, difícil, duro, en el que casi no tuvo chances para ganarlo, pero para ganarlo, los grandes equipos no necesitan de tantas chances, en general no te perdonan. Y si los de adentro juegan mal, están los del banco, para combinarse y manadarla a guardar cuando el reloj ya está consumido. 

Este equipo, cada vez más grande, puede convertirte un ataque en una jugada que parece morir en la nada misma, en los pies del arquero, pero mientras todos se distraen, en vez de morir en los pies del arquero, está naciendo el golazo de un verdadero triunfazo.