"Le ablandó la cabeza a Tucumán": el recuerdo coral de Rufino Requejo y su estampa inolvidable
Personaje y mito urbano, Ricardo Rufino Requejo fue el primer gay notorio que tuvo la provincia y la Mirtha Legrand de las travas. En su último libro, el escritor Patricio Dezalot reconstruye nuestra mirada sobre este ícono: “Era una perfo del día a día”. Por Exequiel Svetliza.
Fotos: archivo revista Muta.
En la peatonal Muñecas, en los alrededores del Mercado del Norte o por las calles de Villa Muñecas. La pañoleta colorida siempre al cuello, el maquillaje notable, las alhajas resplandecientes y la huella fragante que dejan a su paso las celebridades. Estampa de estrella y cadencia de diva. Deleite del ojo. Manjar del rumor. Oropel del paisaje. Héroe de nuestra mitología urbana, dicen que fue el primer gay notorio y orgulloso que tuvo esta ciudad de caretas. Dicen que fue el puto más hermoso y la Mirtha Legrand de las travas. Dicen que andaba en una Vespa, en una Rumi o en una Zanellita. Dicen que manejaba de costado, que le gustaba la timba, que ganó alguna vez la lotería… Tantas cosas dicen de Ricardo Rufino Requejo y tan pocas dijo él mismo, celoso custodio de su historia y su cosmogonía, que su memoria es ya un legado cultural intangible de los habitantes de la capital tucumana. En ese prolífico acervo indaga Patricio Dezalot en su último libro “Un milagro de lo cotidiano”; un experimento biográfico que rescata la figura del recordado prócer local.
Como quien cartonéa en el inagotable canchón del ciberespacio, Patricio rebusca en las redes y encuentra auténticas joyas de orfebrería testimonial que dan forma al recuerdo coral de Requejo. “Un milagro de lo cotidiano”-el libro que ya se encuentra disponible en la tienda virtual de la editorial La Cascotiada o a través de sus redes- está zurcido con retazos de memorias, datos, miradas y equívocos que forman parte de la llamada “chatarra digital”; una materialidad multiforme y efímera que el autor convierte en un tesoro. A casi diez años de su partida, Rufino nos sigue interpelando. Hay quienes dicen que se merece su monumento en la peatonal y también se rumorea de una película sobre su vida, por lo pronto, este libro comienza a hacerle justicia a su figura y a su aura imperecedera.
¿Cómo organizar y contar una vida a partir de ese rejunte? ¿Cómo miramos y recordamos los tucumanos a este personaje entrañable? ¿Cuál es el legado vivo de Rufino Requejo y cuál es su importancia en estos tiempos donde la comunidad LGTB se ha vuelto blanco permanente del relato estatal y sus discursos de odio? De esas y otras tantas cuestiones charló Patricio Dezalot con eltucumano.com.

-¿Por qué Rufino Requejo? ¿Cuál es tu vínculo con el personaje y cómo surgió el proyecto de “Un milagro de lo cotidiano”?
-Rufino murió en 2016 y se llenó todo de comentarios. Yo comencé a hacer capturas de esos recuerdos, sobre todo, porque me parecía que tenían mucho humor y ternura. Se lo recordaba especialmente. Era la “chatarra digital” más tierna del mundo. Y le digo así porque todo lo que se escribe en redes termina sepultado por información nueva, permanente, y se pierde. Era muy bello cómo entre todos esos recuerdos se iba dibujando un Rufino. Fabricio Jiménez Osorio me sugirió compilarlos, y de a poco, con los años, se fue armando un libro que más que un conjunto de intimidades, se trata en realidad de cómo recordamos a coro, o de cómo Tucumán recuerda a Rufino y por qué.
Siempre me aparecía el nombre de Rufino en las entrevistas que hacíamos para nuestro archivo. “El puto era hermoso”, dijo Walter Tabera hace unos diez años atrás, “La Mirtha Legrand de las travas”, dice la Tere Guardia, “La comadrona del Maxim’s”, dice Ricardo Gutiérrez… Y bueno, a mí me gusta mucho esta idea que viene de la moda, esa que dice que “todo collar te conecta con Cleopatra” o algo así. Y un poco es eso, asumirte trolo te conecta con Rufino de alguna manera. Es como si fueras parte de una tribu que necesita tirar de la historia de los ancestros para su derecho de estar en una tierra. En este caso ese lugar sería la ciudad.
Pero mi lazo con Rufi viene de más atrás, con mi abuela Aida, que murió hace unos años ya. Ella me pedía que siempre que lo viera en la calle le dijera que la fuera a visitar. Lo había heredado como amigo, porque fue primero amigo de mi bisabuelo, Pedro Lobato, guitarrista del Maestro Avelino. Parece que Pedro y Rufino, y el pianista Titi Tapia, fueron muy cotidianos, compañeros de timba.

-¿Qué queda de Rufino entre nosotros los tucumanos? ¿Cuál considerás que es su principal legado?
-Creo que es muy probable que las personas de más de 50 años se acuerden de Rufino sí o sí. Es una figura fijada en la cabeza, como una cicatriz bonita en la mente “sanmiguelense” más que tucumana, porque creo que es un recuerdo compartido capitalino, del Gran San Miguel. Es casi estadísticamente el primer “gay” que vieron. A Rufino le dicen “personaje urbano” porque no hay otra forma de catalogarlo, estaba El Paseo Español, el Mercado del Norte y al lado Rufino Requejo, que era como una escultura con patas, otro edificio del microcentro. Estaría bueno comenzar a pensar en una cultura “sanmiguelense”, ¿no? Porque es el suceso capitalino. Cada ciudad tiene su memoria, no sé si lo recordarán a Rufi en Concepción o en Tafí Viejo.
-Al igual que en tu libro sobre Tere Guardia, hablás de esta obra como un experimento biográfico ¿Cómo se tensa el relato biográfico con la ficción?
-Es que no sé decir si es una cosa o la otra, por eso le termino diciendo “experimento biográfico”. Me pasa mucho que hay convocatorias en las que me rechazan y calculo que hay argumentos para que no entre en “novela”, “cuento”, “ensayo”, “biografía”. Hay una teatrista que habla de “ficciones de grado bajo” en el “biodrama”, en el teatro. Creo que “Un Milagro cotidiano” y “Archipiélagos del deseo” entran ahí, entonces es un poco el encontrarme con “lo teatral” en una historia de vida de alguien como Tere o Rufino y terminar un poco intensificando y buscando cómo contar, cómo ponerle un marco.
-Son momentos en los cuales la comunidad LGTB es uno de los blancos predilectos de la llamada batalla cultural que lleva adelante el gobierno nacional. En este contexto ¿considerás que tu libro es un libro político? ¿Cómo se les hace frente a los discursos de odio desde el arte y la cultura?
-Hace unas horas intenté publicar en los dos grupos más grandes de Facebook sobre historia tucumana las fotos de la juventud de Rufino. En los dos grupos me las rechazaron dos veces. Lo único “notorio” en las fotos (que recuperó Revista Muta hace unos años) creo que es que es que se ve “muy gay”. Que era algo que Rufino parece nunca haber querido ocultar. En el grupo hay fotos de señores con trajes y sables, fotos del casamiento de padres y abuelos con vestidos feos, hasta de un gordo sin remera en ojotas en el Cadillal en los 70… Pero las fotos de Rufino son tratadas como si fueran una obscenidad. Hay toda una serie de fotos del Mercado del Norte donde aparecen cientos de personas, pero si hay alguien que era reconocible en esos lados, era Rufino.
Es algo que suele pasar mucho con la gente gay. Kikín Díaz me dijo una vez: “Te morís, te clavan una cruz y dicen que has sido devoto toda la vida”. Hay un manejo de lo que se puede y no recordar, y también de lo que se debe resignar y olvidar. La historia de Tucumán es en ese sentido deliberadamente heterosexual, como la de gran parte de las provincias del país, y creo que en el fondo hay unas ganitas de exterminio para nuestra “tribu”. Es algo fascista en la forma de ver las cosas, como un “higienismo libertario” o algo así.
Creo que si hay algo que te da derecho a una tierra es la historia. Pero me parece que hay que pensar la historia como el elástico de un calzoncillo, hay un tira y afloje permanente, va y vuelve muchas veces hasta que, finalmente, se afloja del todo y lo cambiás. Pienso que todavía tenemos el calzoncillo nuevo y quiere volver “a su forma”. Por ahí tener una historia escrita como “pueblo gay” (como decía un activista) es un poco engordar y forzar el elástico. Eso no se ha dado todavía porque, si hablás de “historia gay”, siempre se van a buscar los activismos, como en Buenos Aires… y no se encuentra nada antes de los 2000, muy probablemente porque no hubo nada de eso. Lo que sí se encuentra en las provincias es un “Rufi”, un “Noni”, un “Toni”, un “Dante” …hay historias y es porque no necesariamente lo que transforma tiene una forma militante, obvia. A veces trasformar una ciudad es sólo caerle bien a alguien y que te quiera. Creo que eso es algo para tomar nota en momentos en los que el elástico aprieta. Rufino fue un poco eso, un “estratega” de la amabilidad, de la conversación, la seducción, así le ablandó la cabeza a medio Tucumán. No hubo pancarta ni marcha, él era una perfo del día a día. Y yo creo que él ganó, ¿o no?










