Guillermo Oliver, el científico que nutrió a la infancia tucumana: la historia detrás de la Leche Bio
La ciencia al servicio del pueblo: en los años 80, desde Tucumán se gestó un producto revolucionario y adelantado a su época, a partir de estudiar la diarrea infantil severa en el Hospital de Niños.
Guillermo Oliver.
En la actualidad, parece que hablar de probióticos y salud digestiva está de moda. Y es que las maneras en las que se estudia la microbiota intestinal han tenido un salto tecnológico impresionante, llegando al punto de que hoy cada vez más áreas de la medicina afirman que el intestino es el segundo cerebro, y como tal, es un órgano que debe ser cuidado y protegido, ya que influye en la salud integral.
Sin embargo, en nuestro Tucumán de los años 80, estábamos adelantados: aquí se gestaba una idea innovadora, avanzada y que iba a cambiar la historia de miles de familias al salvar la vida de sus niños y niñas.
Era la década del ochenta, en los pasillos del Hospital del Niño Jesús de Tucumán, las estadísticas eran alarmantes: las diarreas crónicas y la desnutrición severa se cobraban la vida de decenas de niñas y niños cada año. Ante la desesperación de médicos y pediatras, la ciencia tucumana respondió con una innovación que trascendió fronteras: la Leche Bio. El protagonista de esa revolución silenciosa fue Guillermo Oliver, un investigador de perfil bajo, pero impacto monumental, cuya historia merece ser contada y recordada.
Nacido el 8 de febrero de 1927 en Manuel Ocampo (Buenos Aires), Oliver llegó a Tucumán en 1964, en plena ebullición del movimiento científico del norte argentino. Químico, doctor en Ciencias y microbiólogo formado en Francia, fue cofundador del Centro de Referencia para Lactobacilos (CERELA) y motor de una línea de investigación que transformaría la salud pública local.
“Nos pidieron ayuda porque no podían parar la diarrea con nada”, relató Oliver en una de sus últimas entrevistas. Lejos de optar por un medicamento, su respuesta fue bacteriológica: diseñó una leche fermentada con lactobacilos vivos, que reconstruía la flora intestinal, fortalecía el sistema inmune y recuperaba rápidamente el peso de los niños internados. Nacía así la Leche Bio, bautizada en honor a su base biológica y probiótica.
El desarrollo fue transferido a SanCor y lanzado comercialmente en 1988. Rápidamente se transformó en un fenómeno internacional: en 1998, recibió el Premio SIAL de Oro en París, como uno de los 25 productos lácteos más innovadores del mundo. Pero en Tucumán, su tierra de origen, el producto nunca tuvo la difusión institucional ni el reconocimiento social que merecía.
La Leche Bio fue una solución temporal para muchas condiciones que hasta el día de hoy se siguen estudiando, como la celiaquía. “Cuando yo era chiquita no sabían que era celíaca, me daban Leche Bío y fue lo que me permitió tener una infancia normal”, dice Marcela para eltucumano.com, recomendando y remarcando la importancia de hacer énfasis en el aporte del doctor Oliver.
Guillermo Oliver fue un investigador incansable: publicó más de 240 artículos científicos, integró consejos nacionales e internacionales de ciencia y tecnología, y recibió 22 premios entre los años 90 y 2000. Fue Profesor Emérito de la UNT, asesor en el CONICET, Investigador Ilustre del Senado y Microbiólogo del Año en 1998. Sin embargo, su mayor orgullo siempre fue saber que miles de niños –como Marcela- recuperaban su infancia gracias a su innovador y acertado producto.
Falleció el 24 de enero de 2013 en Rosario, donde pasó sus últimos años. Desde entonces, su nombre circula más entre científicos que entre la población general, pese a que su creación salvó miles de vidas en Tucumán y se adelantó por décadas a la hoy popular tendencia de los alimentos funcionales.
Leche Bio es la antesala a esos productos que vemos en tanto almacén natural o en la góndola saludable: kéfir, probióticos, yogurt bio, y más. Pero su papel y su rol en la salud intestinal tuvieron una inspiración de base científica y social, en donde los niños de escasos recursos fueron los principales objetos de su estudio, en un Tucumán donde la desnutrición parece estar siempre acechando a la vuelta de la esquina.
La salud intestinal tiene cada vez más cuestiones a tener en cuenta y a proteger. Guillermo Oliver entendió desde la ética que era necesario dedicarse a una línea de investigación que priorizara la salud pública, sin saber que iba a revolucionar la ciencia, desde el Jardín de la República para el mundo entero.
En nuestra provincia, sin embargo, faltan más homenajes a Oliver. En el departamento de Villa Chicligasta, una escuela fue renombrada con su nombre hace 6 años, la Escuela N°65. De la misma manera, la Escuela N° 60 de El Chañar, nombró a su laboratorio escolar "Guillermo Oliver". Es la misma gestión educativa la que reconoce el valor del científico, que sin duda alguna, en nombre del amor y el respeto a la ciencia, merece todavía mucho más.










