"Yo necesito escribir antes que pensar": entrevista de José Villafañe a Mariano Llinás, de visita en el FILT
El pasado domingo 27 de julio, en el marco del Festival Internacional de Literatura (FILT), el director de cine y escritor brindó una charla en el MUNT con docentes de la Escuela de Cine. Luego, este imperdible mano a mano. | Por José Villafañe
Mariano Llinás por José Villafañe.
Luego de haber estrenado su primera película, Balnearios (2002), Mariano Llinás pensó que necesitaba un grupo. Para él, la grupalidad es poco habitual en el cine y, en su caso, le aporta una intensidad diferente: lo libera del territorio del egoísmo. Ese grupo es El Pampero, la productora donde realizó todas sus películas y que, según confiesa, no sabe cómo sería su vida o su relación con el cine si no existiera. Así lo dijo en la charla que mantuvo con Pedro Gómez y Pedro Ponce Uda, docentes de la Escuela de Cine, Video y Televisión de la UNT, el pasado domingo 27 de julio, en el marco del Festival Internacional de Literatura (FILT).
Para Llinás, la literatura no es algo ajeno: hijo del escritor surrealista Julio Llinás, siente que en todas sus películas ha aprovechado la facilidad que tiene con el oficio de escribir. Al final de la charla, ante un salón repleto en el Museo de la UNT, decide cerrar con una reflexión sobre su carrera. Imagina que, si alguien tuviera que escribir su biografía, le gustaría que comenzara así: “Hizo un grupo”.
En los últimos cinco años, Llinás cambió su forma de producir: dejó atrás las grandes realizaciones como La flor (una película de 14 horas que llevó una década de realización) para concebir obras más pequeñas, con menor tiempo de elaboración. “Advertí que había un problema en el mundo del cine contemporáneo: los directores teníamos cada vez menos películas”, me comenta sentado en el bar del hotel donde se hospeda. “Había un fenómeno, el de los directores de pocas películas, que tardaban cinco o seis años en hacer cada proyecto. Eso implicaba que no tuviéramos algo que pudiera considerarse una obra. Sí una filmografía, pero no una obra. ¿Qué es una obra? Un sistema de pensamiento en el cual uno va poniendo las cosas que a uno le van pasando”.
Las películas de este nuevo período no poseen la misma ambición de sus obras anteriores, pero responden al mismo impulso: la búsqueda de la aventura. Mientras que en La flor o Historias extraordinarias esa ambición se expresaba a través de viajes y encuentros con lo exótico, ahora la aventura se desplaza hacia lo poético y lo reflexivo. En el documental Clorindo Testa, dedicado al arquitecto argentino pero atravesado por la figura de su padre, se lee una página de un libro de Julio Llinás: “No puede haber poesía donde no haya una aventura del espíritu”.
Conocí a Mariano Llinás en Córdoba, el 27 de octubre de 2010, cuando yo dictaba un curso sobre el trabajo con archivo y él un taller de producción de cortometrajes, en el marco del festival Cortópolis. Su objetivo era que esas obras, hechas sin dinero y de forma independiente, tuvieran una factura artística igual o mejor que un cortometraje financiado por el INCAA. Cuando le menciono ese encuentro, él recuerda que no logró semejante objetivo. Pero la anécdota permite entender una crítica central que Llinás y El Pampero formularon al Instituto: el intento de instaurar un sistema de producción industrial que ignoró las estrategias de la cultura independiente en Argentina. Para Llinás, esa discusión “no la entendieron, y no la quisieron dar en ningún momento”.
—¿Pero es entonces tu grupo, El Pampero, un modelo a seguir?
—No sé, es muy difícil pensar eso. Si lo pensara, supongo que no lo diría por una cuestión de decoro. Pero yo no pienso que pueda ser un modelo porque no es modélico. Porque no es repetible, es decir, no es fácil.
En 2024, en el Senado de la Nación, participó de una comitiva de personalidades de la cultura que expresaron su rechazo al proyecto de Ley Bases y al desfinanciamiento del INCAA. Allí leyó: “Tal vez alguien sepa que en los últimos 20 años, en el grupo de cine del que formo parte, tuvimos ante el INCAA una posición crítica y disidente. Sin embargo, estoy aquí para defender al instituto y al cine en general de un ataque malintencionado y falaz, avalado y promovido desde el mismo gobierno que pretende al mismo tiempo obtener olímpicas facultades de intervención”. Aquella discusión que nunca se dio, ahora se encontraba degradada entre ataques y verborragia de redes sociales.
“A mí me interesaría saber qué pasa con el cine tucumano”, comenta. Su referencia inmediata es El motoarrebatador (2018), dirigida por Agustín Toscano. Cree que nadie puede ignorar que algo está surgiendo en la provincia desde hace unos años, con el advenimiento de películas, actores, actrices y directores que comienzan a tener relevancia en la cinematografía argentina. “No sé hasta qué punto el INCAA es capaz de comprender eso. De mirar y decir: hay que entender esta experiencia, por qué pasa, cómo lograr que suceda en otras ciudades. ¿Cómo podemos apoyar? Eso es lo que tiene que hacer: entender qué pasa con el cine. El INCAA nunca promovió la federalización de forma eficaz y sensata; nunca vio lo que estaba ocurriendo con los movimientos o las industrias del cine”.
Durante la entrevista, un hombre se acerca a regalarnos un paquete de cigarrillos y un encendedor: está intentando que su amigo deje de fumar. Rechazamos el obsequio y, enseguida, aparece el amigo en cuestión. Se acerca, magnetizado por la presencia de Llinás, y comienza a contarle su vida. Llinás escucha con amabilidad. Al observar esa escena, pienso que el director de Concierto para la batalla de El Tala, guionista de Argentina, 1985, que actualmente trabaja en un documental sobre Jorge Luis Borges, tiene un imán para las historias. Es decir: su presencia atrae la ficción.
En YouTube circulan tres clases de Llinás que un estudiante de la Universidad del Cine grabó completas: una sobre El eclipse de Antonioni, otra sobre El rayo verde de Rohmer y una tercera titulada “Rompiendo la transparencia”. En una de ellas se aborda la escritura de diálogos. Un estudiante interrumpe para preguntar cómo se escriben buenos diálogos. Llinás no recuerda su respuesta, pero cuando se la menciono, se ríe. Fue irónica, pero no por eso menos certera: “Primero hacelo durante 30 años y después nos juntamos a tomar un café”.
Aprovecho para preguntarle, ahora que se aproxima a los 30 años de trabajo, hacia qué ideas lo lleva el oficio. “Uno se va alejando de las ideas”, responde rápido, apurado porque debe irse a la charla de su pareja Laura Paredes en el FILT. “La idea es propia de la juventud, tiene que ver con la fantasía: me gustaría hacer esto, lo otro, lo de más allá. Yo, en cambio, pienso en la forma de la materia. Para darte un ejemplo: vos me hablás de los diálogos, y a mí cada vez me cuesta más escribir diálogos con alguien, y eso que con eso me gano la vida. Me cuesta, cuando trabajo con alguien, por ejemplo Santiago Mitre, explicar lo que quiero hacer. Necesito escribirlo primero. Me pasa eso, que es sorprendente y muy irritante para los demás. Pero yo necesito seguir escribiendo. Es decir: escribir antes que pensar. Es casi una confirmación del ideario Dadá, lo cual haría muy feliz a mi padre. Es como si el surrealismo hubiese triunfado. Pero yo necesito escribir antes que pensar. Cada vez voy más hacia una zona en la que las películas están menos pensadas. No tengo posibilidad de entender qué estoy haciendo, más que haciéndolo bien”.









