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Fervor monero en Tucumán: La Mona Jiménez, un viejo arruinador que siempre te hace sopar

Crónica

El paso del ídolo por la provincia dejó escenas de devoción, pasión y locura arriba y abajo del escenario. Crónica de la apoteosis de un fenómeno popular arrasador. Por Exequiel Svetliza.

El Mandamás desató la devoción monera en Tucumán. Fotos: Matilde Terán. Instagram: @matildetrn.





El sonido es tribal. Un golpeteo animal, salvaje, primitivo. Una cadencia antediluviana que atraviesa la epidermis y repercute bien adentro, en la memoria atávica de la sangre. Acaso un llamado telúrico anterior a eso que llaman música. Como un aviso de guerra. Como un rito de apareamiento. Como una bacanal arcaica. La noche se presta para todo eso y todavía más. A fuerza de azotes, el bongó escupe el ritmo del encantamiento y a Carlos La Mona Jiménez el cuerpo se le sacude con unos espasmos frenéticos. Un cuerpo trajinado de escenarios y noches, de bailes y derroches, de fiebres y fervores a lo largo de más de medio siglo. Un cuerpo de 74 años serpenteando ante una multitud extasiada que asiste con devoción y asombro al fenómeno. La luz lo sigue, el sonido lo sigue, más de diez mil pares de ojos lo siguen mientras se zarandea como un poseso. Hipotónico en su danza, no le pesa ni el tiempo que todo lo corroe ni la esfinge de su propia leyenda ni la angurria antropofágica de la idolatría. Desde el fondo de la muchedumbre, un hombre desaforado y sin remera le grita, le pide, quizás le ruega: “hacé sopá, viejo culiao”. Todos buscan empaparse en esa energía y quieren llevarse un poco de esa vitalidad embriagadora. Una dosis de felicidad. O algo en qué creer. Y nadie se irá de acá esta noche con las manos vacías. El Mandamás, el viejo culiao y arruinador, nunca te deja a gamba. 

La noche del sábado pasado el Parque Cultural de Lules fue el epicentro de la apoteosis monera en Tucumán. Como anunció uno de los animadores sanjuaninos que llegaron para preparar el clímax de la velada y compartir escenario con los locales: “Hay gente de todo el mundo… Catamarca, Salta, Jujuy, Mendoza…”. Claro, ni un suizo ni un escandinavo entenderían muy bien esta liturgia que convoca bondis repletos procedentes de distintas latitudes del país y miles de agitadores locales; familias completas de abolengo monero, del abuelo hasta el infante en brazos. Barriadas unidas por el profundo amor que profesan al amo y señor del cuarteto. La verdadera casta, la más terrenal, la más mundana. 

Fotos: Matilde Terán. Instagram: @matildetrn.

El evento también reúne a los perpetuos sobrevivientes de la economía popular; laburantes que buscan ganarse el mango con un puesto de chori, cuidando autos o con la venta de pilusos y remeras del ídolo. Con La Mona se canta, se baila, se bebe y se come. Se sufre, se llora, pero también se aprende; como reza el antiguo adagio carnavalero. Y esto tiene mucho de carnaval, de cuerpos entregados al goce y al ritual compartido porque, como bien dijo alguna vez otro gran tótem de la cultura popular argentina: no se puede ser feliz en soledad. Y a la máquina de ser feliz -esa que tuvo el Papa y que todavía conserva Charly García- esta noche la pone a funcionar el Mandamás. 

La Mona es de esos ídolos que no necesitó del privilegio de la hegemonía para convertirse en ícono. Su estampa plebeya de mocho morocho –categoría que comparte con, nada más y nada menos, Diego Armando Maradona- se ha convertido en un emblema que se traduce en tatuajes, banderas, remeras, calcomanías, stencils, gorras, llaveros y cualquier cosa que pueda funcionar como un signo de pertenencia a la grey monera. Desde las líneas nerviosas de un escracho en tinta china hasta esa factoría inagotable de la reproducción masiva y del souvenir. La Mona ha sabido transformar su masividad en un fenómeno de marketing sin perder el aura popular que lo encumbró entre sus fieles. Como cualquier culto contemporáneo, en estos tiempos de iglesias universales y fenómenos barriales, el cantante ha levantado su propia marca; un emporio que incluye festivales musicales, ropa, museo, su vino tinto en cartón –el famoso Mandamás- y hasta su propia moneda. Sí, el peso monero; billete convertible en escabio con su imagen y la Casa Histórica de fondo (masterclass de marketing y guiño local) que el público adquiere en las cajas y cambia luego por bebidas espirituosas en las barras (donde también venden el vaso monero). Un detalle que algunos decidieron no canjear y conservar como recuerdo dando cuenta de la confianza en esta moneda que no se devalúa ni necesita de ninguna intervención en los mercados para mantener su valor. 

Con la economía formal e informal a todo vapor, a pesar de ser fin de mes y con un agosto de 45 días según la percepción del ciudadano de a pie, los más fieles exprimieron los últimos mangos, se endeudaron y empeñaron lo que había para empeñar para decir presentes una vez más. Acá no hay equilibro fiscal que valga porque amor con amor se paga y, una vez perdido el mango, que se pierda también el filo. Esta noche, la vida por La Mona. Y en la previa del show del ídolo no faltaron los brindis compartidos. El combo de vino Mandamás y Pepsi – maridaje a priori objetable y hasta temible- no defraudó a las huestes moneras y sirvió para ir aceitando los engranajes de una fiesta que se respiraba en la atmósfera luleña desde la tarde. Había mucha sed en el ambiente; una sed que ni el viento ni los amagues de la tormenta de Santa Rosa lograron aminorar ni persuadir. La mesa estaba lista para el banquete. 

En el preludio, entre vaciada y vaciada, mientras los moneros iban copando el predio, a la música la pusieron los tucumanos. La Plazoleta All Stars con el contagio rítmico de su cumbia latinoamericana y los exponentes locales del cuarteto: el consagrado Walter Salinas y el pequeño Iker Díaz; presente y porvenir del género por estas latitudes. Dos artistas que han logrado meter a Tucumán –provincia de tradición cumbiera- en el mapa cuartetero nacional, con todo lo que eso implica fuera de Córdoba. Si la voz de Salinas se ha vuelto familiar tanto en los grandes festivales como en las ranchadas y previas del Santo en Ciudadela, lo de Iker parece un salto consagratorio en una carrera que no tiene techo a la vista. El changuito de doce años oriundo de Villa Amalia salió a comerse la cancha en el escenario de la leyenda máxima del género. Histriónico y lookeado con todos los brillos que la ocasión ameritaba, “El Poderoso” se despachó con algunos grandes clásicos y un par de temas propios y la descoció.

Lo que sigue es historia. Esa que los padres les cuentan a sus hijos y que estos luego les contarán a los suyos porque así se construyen las leyendas. Y Jiménez es una leyenda en tiempo presente, en la tangibilidad inmediata del aquí y del ahora. Verlo cantar es ser parte de una mitología, como aquellos mortales privilegiados que escucharon a Gardel, a La Negra Sosa o vieron en una cancha a Maradona. Un fenómeno extraordinario. Una pieza fundamental de la cultura popular argentina. Un cometa Halley atravesando la órbita de nuestro tiempo histórico. Todo eso sucediendo aquí y ahora.

Fotos: Matilde Terán. Instagram: @matildetrn.

El que sale al escenario es un personaje llegado del futuro o de otro planeta: traje verde esmeralda con plumas en brazos y piernas, anteojos de esquiador, gruesas cadenas de oro al cuello y dedos repletos de anillos. Una especie de extravagante cruza entre hombre, mono y loro intergaláctico. Exactamente lo que uno espera de un ser mitológico. Ese que ahora se magnifica en las pantallas entre flashes y colores psicodélicos como si fuera un superhéroe de animé. Con las primeras estrofas de “Jaque mate” el público inicia un trance de éxtasis. Y después… después llegate despacio Jiménez. Lo que sigue es un hit tras otro: “Ruleta rusa”, “Ramito de violetas”, “Locura total”, “El Federal”, “Tinta china”, “Muchacho de barrio”; por mencionar sólo algunas de las gemas de un repertorio que los fanáticos recitan de memoria. Canciones que se cantan con lágrimas en los ojos, gargantas enturbiadas de alcohol y golpes enfáticos en el pecho. Canciones que se sienten como esquirlas. Con una obra titánica que abarca casi cien discos –incluyendo su etapa como solista y como cantante del Cuarteto Berna y el Cuarteto de Oro- y alrededor de 1200 canciones registradas, La Mona es parte del selecto grupo de artistas que puede brindar un show de dos o tres horas de puros clásicos.

Aunque la noche está fresca para chomba, la vanguardia de la feligresía monera no duda en despojarse de sus prendas para exhibir en sus torsos desnudos los tatuajes que homenajean al Mandamás. Algunos de trazos precisos, otros tan difusos como las enigmáticas manchas de un test de Rorschach; exponen una cartografía de devoción en la piel. No faltan tampoco las chicas en corpiño subidas en hombros ni esos rituales propios de la liturgia futbolera. Los trapos con nombres de barrios y de grupos de fans: Soeme, San Cayetano, El Cruce, Barrio Victoria, Villa 9 de Julio, Los Monadictos, Los Jimeneros y tantas otras facciones del monerismo llegadas de todas partes. Y aquellas canciones que se han transformado en cantos de cancha, como “Beso a beso” devenido en el himno ciruja que reza: “Ciudadela hoy te venimo’ a ver/ en las buenas y en las malas también/te llevamos dentro del corazón/porque el Santo es el pueblo y la pasión”. Otro signo inequívoco de canonización popular. La Mona también es pueblo, pasión y locura. 

Con La Mona en la piel y el corazón. Fotos: Matilde Terán. Instagram: @matildetrn.

El Mandamás pega, pero no castiga. Tal vez La Mona lo sabe porque, llegado el momento del popularísimo “Quién se ha tomado todo el vino”, se manda un contundente chorro de vino al garguero y luego lo socializa entre sus músicos como Jesús con sus discípulos. Si es una publicidad del vino con sello propio, funciona. Dan ganas de salir a quemar todas las reservas de pesos moneros en cartones de Mandamás. Si es una performance artística, funciona. Es la poética y la estética más acabada del placer y la exacerbación. Si es una alegoría sociopolítica, funciona. Es un hecho maldito para el país burgués: un negro gozando; un negro gozando mientras toma vino. Acaso es sólo sed; la sed de quien ya anduvo demasiado y necesita de algún combustible espiritual para seguir en carrera. Lo cierto es que a Carlos La Mona Jiménez le sobra la nafta. 

Como ese Renault 12 cagadísimo a palos, pero bien batallador, que te llevó tantas veces al laburo y de vacaciones y nunca te dejó tirado; ese que aparece en las fotos familiares y se cuela en tantos recuerdos felices, en 55 años de carrera -y haciendo durante muchos años nueve shows por semana, de martes a domingo- se estima que Jiménez carga con alrededor de 10.000 presentaciones en vivo sobre el lomo. Y ese prodigio de aguante y continuidad lo convierte en uno de los artistas con más horas de escenario en todo el mundo. Un fenómeno global. Pero viejo es el viento y sigue soplando y viejos también son los caminos que siguen echando polvo. El Mandamás siempre lo da todo y, una vez más, demostró que todavía le queda resto para seguir sumando kilometraje. Quizás por esa persistencia vital y artística. Acaso por la innegable influencia que ejerce en su ejército de fieles. Tal vez como un homenaje cargado de afecto, sus seguidores lo han bautizado como “El viejo arruinador” que es lo que cantan a coro ahora los moneros en la noche de Lules.

Le dicen viejo arruinador, pero La Mona es de esos dioses profanos que arruinan sin látigo. Dicen que te arruina el sueldo en baile y vino, pero esa es una mejor inversión que la cripto $Libra. Dicen que te arruina de amores - tanto legales como furtivos-, pero en la calle sigue garpando más querer que odiar. Dicen que te arruina a placeres, pero gozar es muy parecido al amor (y más barato), advierte un filósofo. Dicen que te arruina en excesos, pero siempre es mejor que sobre y no que falte. Dicen que te arruina, pero nunca como los arruinadores ruines. Porque hay ruinas y ruinas y mandamases y mandamases y monstruos y monstruos. Hay una ruina que es la borra del paso de la alegría por el cuerpo. Un estrago benévolo, como el de la resaca de Mandamás. Apenas un chancletazo de madre. El castigo de una travesura sin dolo. Las copas rotas de una fiesta. Y hay noches en que romperse es una cucarda de vitalidad. Una ofrenda sacrificial. Un acto de fe. 

En el estigma radica la certeza de todo milagro: La Mona te arruina de felicidad. La Mona te arruina y siempre te hace sopar. 

Fotos: Matilde Terán. Instagram: @matildetrn.