La batalla de Tucumán, las batallas de eltucumano
Somos así. No traten de cambiarnos. Por Alfredo Aráoz.
Tan deseados como temidos, el primer grito lo dimos hace nueve años y no nos callamos más. Como toda novedad, fuimos ese niño recién nacido amoroso y simpático. Como esa madre dolorida y feliz por el parto que fue darnos a luz, la vimos comer un sánguche de milanesa en la puerta de la Maternidad. Nos emocionamos con el primer bocado. Con los bolones abiertos y todavía balbuceantes, vimos y celebramos que el pueblo coma, que el pueblo trague, que el pueblo escupa, que el pueblo baile, que el pueblo se preocupe, que el pueblo brinde, que el pueblo gane plata y que el pueblo no sea olvidado cuando lo endeudan.
Hasta ahí, una parte de esta historia escrita sobre teclados y registrada por cámaras con unidad básica en una redacción pecera que justo quedaba a metros de la Chacapiedras, la esquina más feliz de Tucumán, y nosotros ahí, viéndolos sigilosos y emocionados, viéndolos a ustedes, todos empapados en plasticola y savora, en glitter y fernet, cortando las calles para bailar en las esquinas al compás de Mi Rey, nuestro primer amiguito, ese chango tucumano como Palito pero con un vozarrón que hasta hace temblar a Tribunales.
Esa devoción que sentimos por la tucumanidad a diario quiso ser imitada pero jamás supo ser igualada. Es simple: si no la entendés es porque no la sentís. El acento del barrio te sale bien cuando ponés play, pero el acento del tucumano no. Nadie aquí finge cómo se habla ni marca las erres. Nadie aquí sobreactúa las formas de contar quiénes somos. Y cuando al acento lo ponemos nosotros, comienza la primera batalla de todas las batallas que decidimos librar.
Ese tucumano simpático y risueño que no molestaba a nadie, de repente, empezó a incomodar. Se convirtió día a día en ese niño grande que pregunta todo y que expone a quienes no tienen respuestas. Es ese niño enorme que se sienta en tu mesa de fin de año, que le roba la sidra al abuelo, que le manotea el pan dulce a la tía y que no ve las horas de que se empiece a hablar de política para que vuelen platos y cohetes soplen besos a la luna.
Cuando la política se convirtió en uno de nuestros caballos de batalla, ardió Troya. Nos balearon a cartas documentos, nos sacaron la Norte de la mesa y nos quisieron ver muertos, en el olvido, amontonados junto a los otros grandes diarios que vio a luz esta provincia y que no supieron o no pudieron plantarse ante el enemigo por casi una década de vida.
El error, justamente, fue darnos una vida más. Y si es cierto que lo que no te mata te fortalece, bueno, salimos fortalecidos, con armas y herramientas para meternos en el barro sin botas ni nada que tenga que ver con un borcego que haya caminado por estas tierras. Nos metimos en el barro (no lodo, ni fango) y empezamos a patear puertas, empezamos a buscar los planos, a desvelar las estrategias, a descifrar las maquinarias paraestatales impunes y podridas enquistadas en lo más bello que tiene esta provincia: nuestros cerros.
Nos chorearon una Ciudad Universitaria y les dimos nueve años de ventaja a los otros para que dijeran algo y nunca lo hicieron. Pusimos en la mesa de discusión a Los Intocables y hasta una jueza nos quiso poner una mordaza ante el silencio alarmante de los que se indignan cuando les conviene.
Somos así.
No traten de cambiarnos.
Ya tenemos nueve años. Ya hemos vivido un par de cosas. Nos falta mucho camino por recorrer, mucha Martita por ayudar, mucha Ciudadela por vivir, mucho 25 y Chile por andar, mucha calle, algunos fantasmas en las rutas, pero mucho folklore, cumbia y rocanrol, eso, mucho folclore, cumbia y rocanrol, mucho tucumano, mucha tucumana, de día, de tarde, de noche, en el diario, en la radio, siempre así, siempre hinchando las pelotas. Hasta que nos canten el cumpleaños. Hasta que se nos cante.








