La ley del más fuerte
La Paz mundial está en riesgo, y uno de los principales agitadores de esta zozobra es el presidente de los Estados Unidos. Por Sisto Terán.
(Foto: sistoteran.substack.com)
Nicolás Maduro era, a mi juicio, un dictador.
Cientos de miles de venezolanos, quizás millones, tuvieron que exiliarse de su país, muchos por las condiciones económicas imperantes, y otros por persecuciones políticas.
Reprimió con dureza y crueldad las manifestaciones en su contra dejando un triste saldo de muertos. El azar quiso que ayer mismo leyera un libro, “Los tres mundos” de Lisette Mehl, al que accedí involuntariamente a raíz de la homonimia de su título con la última obra de Santiago Posteguillo.
La autora, de vida laboral intensa y “estresante”, a sus treinta años de edad sufrió un ACV gravísimo que la tuvo al borde de la muerte. Su proceso de rehabilitación todavía inconcluso es el objeto central de sus escritos. Curiosamente, uno de los capítulos nos habla de “la política y mi rehabilitación”, donde asigna un rol importante en el proceso de su recuperación a la visión política que quiere transmitir al mundo.
“El mundo está, como yo, dividido. El odio y el resentimiento está de los dos lados: de los buenos y de los malos, y solo se necesita un populista que despierte ese odio en el pueblo. Adolf Hitler lo logró. ¿Lo logrará también Donald Trump?”, se interroga Li, mientras nos exhorta a dejar un legado de amor. Se autoimpone la consigna de transmitir amor, ya que considera que es la única manera de salvar al mundo.
Esa misma mujer es crítica feroz de Maduro. Bajo el título “Personas que me mandan energías desde otra dimensión”, simplemente confecciona un listado con los nombres, apellidos y edades de quienes murieron víctimas de la represión en los años 2014 y 2017 en su país. Treinta y tres personas en el primer caso y ciento treinta uno en el segundo.
Leer esos nombres anónimos me produjo la misma angustia emocional que me produce cada vez que, en el parque de la Memoria, me detengo a repasar los nombres de las víctimas de la represión de la Dictadura Argentina.
Vidas humanas aniquiladas de manera absurda como consecuencia de los fundamentalismos políticos y una represión que es moralmente inaceptable.
Michelle Bachelet, ex Presidente de Chile, luego Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, el 5 de Julio del 2021 elaboró un informe final de su labor en lo concerniente a Venezuela. Con lenguaje diplomático y esperanzador, típico de este tipo de informes, pero con realismo, nos habla de centros de detención de personas por sus protestas políticas contra el régimen, y también de muertos. Certifica la falta de procedimiento jurídico racional y celebra liberaciones parciales de prisioneros merced a las gestiones efectuadas por Naciones Unidas.
O sea que, objetivamente, el régimen de Maduro constituía una dictadura.
Para mayores males, las últimas elecciones del año 2024 plasmaron un fraude colosal para permitir que Maduro siga detentando el poder en su país.
El 31 de Julio de ese año 2024, Joe Biden y Lula da Silva, presidentes de los Estados Unidos y de Brasil, exigieron a Maduro la presentación de los originales de las actas de los comicios. El 30 de agosto del 2024, en una declaración conjunta el mismo Lula y su par colombiano Gustavo Petro volvieron a exigir que se muestren las actas electorales y admitieron la posibilidad real de un fraude por parte del mandatario venezolano.
La misma Cristina Kirchner, en una disertación pública en México, se sumó al reclamo y exigió que se transparentaran los resultados electorales. La reacción del gobierno venezolano no se hizo esperar. Diosdado Cabello, uno de los más prominentes líderes del gobierno bolivariano se despachó diciendo que Cristina Kirchner y a Alberto Fernández eran unos “traidores”. Adjunto estas declaraciones formuladas públicamente el día 5 de agosto del 2024.
Uno de los más trágicos errores del progresismo latinoamericano es no haber enfrentado con mayor decisión las serias desviaciones dictatoriales del régimen venezolano. Tarde, pero, a la luz de los hechos objetivamente demostrados, finalmente aceptaron y repudiaron la comisión del fraude electoral perpetrado por Maduro y sus seguidores.
Toda la introducción precedente me resulta indispensable para deslindar racionalmente los temas e impedir que la polarización extinga de antemano la posibilidad de pensar con equilibrio los sucesos mundiales que hoy nos conmocionan.
Hace tan solo unos pocos días, unilateralmente, por su propia y omnímoda decisión, sin autorización del Congreso estadounidense, Donald Trump ordenó bombardear Caracas, capital de Venezuela, y en una operación de militar de aceitado espionaje y eficacia, secuestró a Nicolás Maduro y su cónyuge, trasladándolos esposados a territorio norteamericano.
La imagen de las columnas de humo y fuego en la capital venezolana me produjeron un impacto brutal. Imaginé el ruido ensordecedor de las bombas, el calor abrasador de los incendios, la caída de escombros gigantescos sobre seres humanos, y la agonía y la muerte de los infortunados que se encontraban en el lugar.
Nadie me convencerá de que eso será motivo de festejo. El asesinato y las bombas siempre merecerán mi repudio, fueren quienes fueren víctimas y victimarios.
La segunda impresión que me embargó fue de absoluta y total sorpresa. Me resulta inconcebible que en tierras latinoamericanas se desarrollaran objetivos de guerra al estilo de los que vemos en las películas de acción centradas en los conflictos del Medio Oriente.
Con paciencia me contuve y decidí mantener mi rutina de escritura, a pesar de que los acontecimientos me impulsaban casi coercitivamente a expresar mis pensamientos en alta voz.
Esperé a ver las reacciones de la prensa internacional y nacional, de los políticos del mundo, pero, por sobre todas las cosas, me interesé muchísimo por escuchar las explicaciones que Donald Trump iba a dar al respecto de las motivaciones de su accionar belicoso.
Por suerte para la comprensión argumental de todo lo que está sucediendo, Trump es un individuo de una simpleza vulgar, sus dichos envueltos en una prepotencia burda dejaron al descubierto sus intenciones, casi sin necesidad de interpretaciones. Veamos:
1.- A Trump no le importan ni Venezuela, ni los venezolanos, ni la Democracia
Quiere tan solo un régimen vasallo que esté supeditado a sus órdenes y quiere confiscar fácticamente todos los recursos naturales del país bombardeado, en especial el petróleo.
Lo primero que dejó bien en claro es que pretende hacerse cargo de la administración de Venezuela por el tiempo que resulte necesario. No explica nunca como lo hará, solo lo da por un hecho sentado. “Vamos a gobernar el país hasta que podamos llevar a cabo una transición adecuada y sensata”, “Ahora estamos allí, y lo que la gente no entiende, pero entenderán cuando digo esto, vamos a quedarnos hasta que podamos gestionarla adecuadamente”.
A confesión de parte, relevo de prueba. Trump en primera persona anuncia que los Estados Unidos se van a encargar de administrar y gobernar Venezuela. ¡Increíble, pero real!
2.- Trump prefiere a todas luces pactar con el chavismo residual antes que propiciar un liderazgo opositor
Los periodistas, conmocionados por una confesión tan grosera, intentaron mitigarla y le preguntaron al presidente por Corina Machado, flamante premio Nobel de la Paz y líder opositora venezolana, como para asignar algún rol inmediato a la oposición en materia de gestión de la transición.
Trump de nuevo fue directo y brutal: Después de confirmar oficialmente que no estuvo nunca en contacto con Corina Machado, insólitamente afirmó que “creo que sería muy difícil para ella ser la líder. No cuenta con el apoyo ni el respeto dentro del país. Es una muy buena mujer, pero no goza de respeto”.
La condescendencia y el machismo despectivo con que se refiere a Machado es llamativa. En realidad prefiere a todas luces pactar con el chavismo residual antes que propiciar un liderazgo opositor. La limpieza del operativo militar para extraer a Maduro habla de algún grado de complicidad encubierta de sectores afines al gobierno que, en un gatopardismo extraordinario, se desembarazaron del lastre de un líder molesto y siguen ellos en el poder, al menos por ahora.
3.- El fin justifica los medios
En un mensaje directo dirigido a Delcy Rodríguez, la vicepresidente de Venezuela ahora a cargo de la presidencia de la Nación, Trump amenazadoramente indicó que “necesitamos acceso total a Venezuela, necesitamos acceso al petróleo y a otras cosas en su país”.
Deja muy en claro que las acciones bélicas dirigidas contra Maduro tienen como objetivo prioritario el apropiarse de las riquezas naturales de Venezuela, en especial de su petróleo. Es tan grosero su mensaje que impresiona y asusta.
El precedente que se está dejando es que, si los Estados Unidos desea la riqueza natural de otro país, puede proceder a apropiarse de la misma por la fuerza.
Es la aniquilación del Derecho Internacional y un retroceso al inicio mismo de la gesta humana, donde el predominio de la fuerza era la base de la riqueza de los poderosos. Sin tapujos, sin disfraces, a cara descubierta, porque si no haces lo que te digo, te secuestro, te bombardeo, y quizás te mate.
Cuando le preguntan a Trump que va a hacer con el petróleo venezolano, con desdén prepotente contesta: “nos lo vamos a quedar, y también nos vamos a quedar con sus barcos...”.
4.- El Presidente Trump no está pasando un buen momento en su país
Reclamos sociales intensos y multitudinarios, una política de deportaciones brutales y antipopulares, violencia y asesinatos políticos, elecciones perdidosas a lo largo y a lo ancho del territorio norteamericano, y una guerra comercial con China cuyos resultados hasta ahora no son del todo favorables. Ni hablar de sus vinculaciones con Jeffrey Epstein, el pedófilo de alta gama que se están dando a conocer poniendo al descubierto sus perversiones sexuales delictivas.
Se aferra entonces a la política exterior, y entiende que allí está la veta para recuperar su prestigio alicaído. Recupera para sí y para su país el rol de gendarme mundial y reparte mandobles y amenazas a diestra y siniestra. Le importa un bledo el Congreso y sus autorizaciones bélicas. Actúa espasmódicamente y confía en el efecto sorpresa que sus disparates generan. El “cow boy” norteamericano y el mafioso de Chicago confluyen en su persona y él les añade el pintoresquismo de un lenguaje directo que llega a las vísceras de aquellos enfermos de odio, rencor y amantes de las doctrinas supremacistas.
Desempolva entonces la “Doctrina Monroe”, un esperpento mesiánico que data del año 1823. El entonces presidente James Monroe, unilateralmente declaró el hemisferio como área de influencia estadounidense y acuñó el lema que lo trascendió. “América para los americanos”. De esta manera justificaba así políticas intervencionistas en países de la región como una forma de preservación de los intereses propios de los Estados Unidos.
La crítica, réplica y contrapropuesta a dicha tesitura fue elaborada por un argentino, Roque Sáenz Peña que plasmó sus ideas con la consigna “América para la Humanidad”, una manera de propiciar la unidad latinoamericana y oponerse al modelo hegemónico estadounidense (año 1889).
Este contrapunto doctrinario es de estudio obligado en la materia Derecho Internacional Público, pero Trump seguramente desconoce el hecho, y tampoco tiene interés en el debate jurídico. Lo único que le interesa es encontrar fundamentos absurdos para justificar sus actos peligrosamente antijurídicos.
Puesto en el papel de autócrata mundial, Trump dispara amenazas por doquier. Si ha sido capaz de bombardear la capital de un país vecino sin declaración de guerra y secuestrar a su presidente, es obvio que parece capaz de cualquier cosa.
Es un hombre peligroso, al frente del país militarmente más poderoso del mundo, que ha ordenado la muerte de personas a la distancia y disfruta el espectáculo en las pantallas de su reducto personal en Mar A Lago.
Es evidente que el secuestro de Maduro le ha generado un éxtasis, un subidón que lo tiene envalentonado hasta la exasperación. Y da muestras cabales de su enajenación tan complicada.
Anuncia con desparpajo que Groenlandia tiene que ser suya, que Dinamarca no ejerce adecuadamente su protectorado en esas tierras, y que “por razones de estricta seguridad nacional, Groenlandia debe pasar a poder de los Estados Unidos”.
De pie, en el mítico Air Force One, sus declaraciones saltan desordenadamente, en un caos mental vertiginoso, de Venezuela a Groenlandia. Dinamarca es un país de la Unión Europea, aliado tradicional de los Estados Unidos, pero a Trump eso no le importa nada. Está fundando en torno a su persona mesiánica un nuevo orden internacional. No admite pares, se hace lo que él dice y punto. Así que, según sus palabras, tarde o temprano los daneses deberán ceder Groenlandia por razones de seguridad nacional que nadie entiende ni comparte.
Sus exabruptos fluyen sin solución de continuidad, parece haber perdido el control de sí mismo y estar inmerso en un desorden mental extraño, en una megalomanía preocupante.
Sin solución de continuidad arremete groseramente contra Gustavo Petro en Colombia. Eleva el dedo acusador, y le anuncia que será el próximo en ser intervenido. Le imputa participación por acción u omisión en el narcotráfico y le amenaza de manera directa, como hace años que no se veía en la diplomacia internacional.
“Es mejor que Petro se dé cuenta o será el siguiente. Espero que me esté escuchando, será el siguiente”.
Arremete luego contra Cuba, y anticipa que “literalmente están a punto de caer, todos sus ingresos dependían del petróleo venezolano y no sé si van a aguantar, ya no reciben nada…”.
Y expande casi sin respiros sus amenazas contra Irán, cuyo régimen está envuelto en serias protestas sociales y la amenaza de Trump es explícita, está esperando cualquier suceso interno que le justifique intervenir por la fuerza en ese país. “Los estamos observando muy de cerca. Si comienzan a matar como lo hicieron en el pasado, creo que recibirán un golpe muy duro por parte de Estados Unidos”.
En menos de una semana los aires belicosos de Donald Trump se han hecho sentir de manera estruendosa y explícita.
No podemos negar que Trump está reconfigurando el mundo conocido. La Unión Europea ha perdido absolutamente todo tipo de influencia real en los acontecimientos mundiales. Ni siquiera es furgón de cola de los Estados Unidos. Los europeos son despreciados e ignorados por los dueños del mundo.
Estados Unidos, China y Rusia disputan la contienda internacional, los demás países son actores secundarios del drama que vivimos.
La Paz mundial está en riesgo, y uno de los principales agitadores de esta zozobra es el presidente de los Estados Unidos
Sus agravios y faltas de respeto ya no tienen solo contenido verbal o económico. Ha traspuesto un límite. Las armas y la violencia se abren paso como herramienta de apropiación de riquezas ajenas. Vladimir Putin se siente a gusto en este hábitat y sus apetencias de expansión territorial encuentran en Trump el émulo perfecto. Xi Jinping y Kim Jong-Un empiezan a preguntarse si no ha llegado el momento de anexar respectivamente Taiwán y Corea del Sur. Y Benjamín Netanyahu, sobre quien pesa orden de captura por crímenes de guerra y lesa humanidad, dictada por la Corte Penal Internacional, respaldado en todo momento y circunstancia por Trump, ve incentivadas sus pretensiones de avanzar a sangre y fuego en territorio gazatí.
Los poderosos del mundo, los países militarmente más equipados están haciendo despliegue y ostentación de armas, y amenazas que han dejado ya de serlo, para transformarse en cruentas realidades.
Analizar el secuestro de Maduro como si fuera un episodio de la política interna de Venezuela, es no entender nada. Las implicancias de lo acontecido son gravísimas y sientan un precedente que asusta. Todo vale, mientras sea avalado por la fuerza bruta. No hay respeto por las jurisdicciones nacionales. El mundo es un tablero donde los que tienen poder de fuego dan las órdenes.
El problema es que estos megalómanos que manejan los países bélicos pueden en cualquier momento tener intereses divergentes, y una confrontación entre ellos puede desencadenar la tan temida Tercera Guerra Mundial.
Suena tremendista, pero es posible, y hay que elevar nuestras voces contra tamaño dislate contra la humanidad.
Víctor Gao, abogado, empresario y académico chino, vicepresidente del Centro para China y la Globalización, en forma pública ha realizado una advertencia que aterroriza, más proviniendo de una nación que no se ha caracterizado por una grandilocuencia bélica.
“Si quieren tener guerra, tendrán guerra. Si quieren destruir a China, serán destruidos. Si quieren imponer una guerra nuclear a China, serán aniquilados con armas nucleares. La política de China es clara, China no disparará el primer tiro, peo China no dejará que ustedes disparen el segundo. China es el único país que tiene una bomba de hidrógeno que puede alcanzar cualquier rincón del mundo en menos de veinte minutos y destruir cualquier objetivo sin ninguna posibilidad de ser interceptado. ESPERO QUE WASHINGTON HAYA APRENDIDO LA LECCIÓN” - Víctor Gao.
Vladimir Putin tampoco se anda con chiquitas. En recientes declaraciones públicas manifestó que si Europa quiere entrar en guerra con nosotros, estamos preparados. “Eso no sería Ucrania, en Ucrania actuamos de forma quirúrgica… no es una guerra en el sentido directo y moderno de la palabra. Si Europa quiere iniciarnos la guerra, es otra cosa…”.
Hace minutos el diario Clarín publica la noticia de que Estados Unidos ha incautado los buques petroleros Bella 1 y Sophia, vinculados al régimen de Maduro. Rusia ha enviado entonces un submarino para escoltar estos barcos. La tensión entre Estados Unidos y Rusia es extrema.
Con cierta tristeza veo a algunos festejar el secuestro de Maduro, como si de una reivindicación épica de las libertades democráticas se tratara, y no como una vulgar maniobra destinada a generar las condiciones políticas para apropiarse de las riquezas naturales de Venezuela. No entienden tampoco el efecto dominó, esa cascada de sucesos que el episodio está empezando a desgranar, y cuyas consecuencias son todavía imprevisibles. Hace mucho tiempo, desde los años más tensos de la Guerra Fría, que la paz mundial no estaba tan en riesgo.
El Derecho Internacional Público, tal cual lo conocemos, ha emitido en estos días su certificado de defunción. Naciones Unidas demuestra una vez más su ineficacia a la hora de armonizar los intereses entre los países del mundo. Ha nacido un nuevo orden, basado en el más primitivo de los axiomas: “La ley del más fuerte”.
Andrés Malamud lo dijo con mayor precisión en un reportaje. “El derecho internacional no existe más se terminó el momento en el cual teníamos la ficción de que había una autoridad que terciaba los conflictos, es la ley del más fuerte, pero esto no es la novedad, la novedad es que volvimos a la adquisición territorial por la fuerza como en el siglo diecinueve. Hoy Israel se está apoderando de Cisjordania, Rusia se está adueñando de Ucrania y Estados Unidos está mirando Groenlandia. Quiero poner el foco en esto, Venezuela es un ensayo general… es el camino del futuro, nosotros hacemos lo que queremos y donde queremos…no existen las reglas. Fíjate que no hicieron ningún intento de justificar lo que hicieron, Bush iba a Naciones Unidas, al Consejo de Seguridad…hoy no necesitás justificar nada. El ataque a Irán lo hicieron sin necesidad de justificarse en el derecho internacional, estamos viviendo la ley del más fuerte… y la cuestión es ver hasta dónde llega. Llega a la ampliación territorial por las buenas o por las malas”.
No hay formulación ideológica alguna, ni de derechas ni de izquierdas que justifique aceptar este estado de situación. En el seno mismo de cada nación, en especial en las más poderosas y cuyas apetencias imperialistas aparecen más ostensiblemente, es donde hay que librar la batalla.
La fuerza bruta como argumento de resolución de conflictos es garantía de muerte, dolor y privaciones universales. No podemos consentir, ni aún cuando pudiera convenirnos transitoriamente, acciones cuya peligrosidad es notoria.
El panorama internacional es aterrador y preanuncian tormentas calamitosas. Solo nos queda apelar a esa vitalidad integral del humanismo, esa percepción del universo como un todo integrado y armónico, para apelar a un pronto retorno al raciocinio y la prudencia.
8 de Enero del año 2026
Sisto Terán Nougués
Artículo publicado originalmente en sistoteran.substack.com.
Sisto Terán
Tucumano. Abogado. Político. Escritor. Fue vicegobernador de Tucumán, legislador, director de la Casa de Tucumán en Buenos Aires, entre otros cargos públicos. Ha publicado los libros "Cartas a mi hijo que está por nacer" (1999), “Yo no creo en la muerte” (2009), "Camino de Santiago" (2000) y "Hitler, un pecado Colectivo" (2023). Pueden leer sus últimos escritos en sistoteran.substack.com.








